En el centenario de su alternativa (16 de marzo de 1919) Ignacio Sánchez Mejías, figura legendaria más allá del ruedo

  • El diestro se adelantó con ‘Sinrazón’, obra freudiana, a su tiempo

  • Magnetizó a la generación del 27

  • Presidió el Betis y la Cruz Roja

  • Protagonista del ‘Llanto’ de García Lorca

Iganacio Sánchez Mejías, descansando en su casa. Iganacio Sánchez Mejías, descansando en su casa.

Iganacio Sánchez Mejías, descansando en su casa. / Archivo

La figura del sevillano Ignacio Sánchez Mejías (1891-1934), en el centenario de su alternativa, que tuvo lugar en la plaza de toros de Barcelona, siendo apadrinado por Joselito el Gallo y con Juan Belmonte como testigo, crece con el tiempo en lo taurino y todavía más en lo que consiguió más allá del ruedo. Aquel 16 de marzo de 1919, Joselito le cede el toro Buñolero, de Hijos de Vicente Martínez y su actuación no puede ser más lucida tanto con el capote, como en banderillas y con la muleta; faena que remató con una buena estocada y por la que le concedieron una oreja. En su segundo volvió a triunfar y salió a hombros en su primera tarde como matador de toros.

En su confirmación, en la Corrida de Beneficencia de 1920 en Madrid, de nuevo es apadrinado por Joselito, completando el cartel Belmonte y Varelito. El toro de la efeméride, Presumido, perteneció a Martínez. Sánchez Mejías, muy valiente, se mostró variado y eficaz en banderillas, pero con la espada precisó de un pinchazo, una estocada contraria y una entera excelente. Pese a ello, dio una vuelta al ruedo. En el otro toro, de malas condiciones, fue ovacionado. Actuación buena, pero que quedó tapada por una pletórica de Joselito, a quien idolatraba.

La tauromaquia de Ignacio Sánchez Mejías, en la que fue clave Joselito, a quien conoce cuando era un chaval y que a la postre será su maestro, su padrino y su cuñado, estuvo marcada por la variedad y el valor, que rayaba en la temeridad, jugángose la vida en inverosímiles pares de banderillas por los adentros y en la que no faltaban otros alardes como torear sentado en el estribo.

Su tauromaquia, con variedad, estuvo marcada por un valor que rayaba la temeridad

Ignacio, de familia acomodada, tuvo un espíritu marcadamente aventurero, viajó como polizón a México, donde trabajó como mozo de cuadra y toreó en festejos modestos. Tras su etapa como novillero pasó a las filas de los banderilleros, destacando a las órdenes de Joselito.

A mediados de la década de 1920, siendo figura del toreo, se cansó de los toros, se retiró y se dedicó a otras actividades para reaparecer el 15 de julio de 1934 en Cádiz. Durante ese período emerge la figura legendaria más allá de los ruedos en la que entramos también a vuelapluma por su interés.

Entre otras obras literarias, dentro de su biografía destaca su perfil de dramaturgo. Con Sinrazón, obra freudiana con varias equiparaciones entre el mundo de los sueños y la locura que estrena en 1928 en Madrid, se adelantó a su tiempo.

Este torero valiente también presidió el Betis y la Cruz Roja, brilló como recitador de poesía y actor de cine y su vida fue la de un pura sangre y conquistador en todos los sentidos. Llegó a examinar sus propias actuaciones en la lidia como crítico taurino. Fue jugador de polo y hasta pilotó avionetas con las que viajó cuando iba a torear;construyendo un aeródromo en Tablada.

Otro de los puntales de su apasionante biografía es el papel de mecenas que juega con la generación del 27, algunos de cuyos miembros eran aficionados a la tauromaquia. La primera vez que se reunieron sus componentes –García Lorca, Gerardo Diego, Dámaso Alonso, Alberti, Cernuda...– sucede en 1927 por iniciativa de Sánchez Mejías conmemorando el 300 aniversario de la muerte de Góngora.

Su carisma como torero y persona arrastró a los intelectuales y artistas de su tiempo. Y su prematura muerte, como consecuencia de una cornada del toro Granadino cuando muleteaba sentado en el estribo en la plaza de Manzanares lo convirtió en el protagonista del famoso Llanto de Federico García Lorca, una de las elegías más conmovedoras de la poesía universal.

“A las cinco de la tarde/ Eran las cinco en punto de la tarde.../ Lo demás era muerte y solo muerte/ a las cinco de la tarde”.

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