Vivir

Los veranos, el verano

  • Juan vida Nacido en Granada en 1955, es un artista que decidió dedicarse a la pintura en un momento de efervescencia cultural ­los 80-. En las fotos de aquellos veranos ochenteros se aprecia un aire como de siesta o duermevela, que luego estaría muy presente en sus obras de entonces.

En mi memoria, los mejores recuerdos suceden siempre en verano. El verano eterno de las horas sin tiempo de la infancia; el de la adolescencia, lánguida y hormonada; el de la juventud vigorosa a la sombra de los altos álamos. Los veranos luminosos de cobalto, cloro y piel; síntesis de la vida misma, ida y vuelta, fulgor y muerte en ochenta días.

Con el paso de los años, los recuerdos se empiezan a ver como en trávelin de fechas imprecisas. Si acaso, se agrupan sin orden en décadas o en edades biológicas, olvidando lo malo y reinventando lo bueno. Por ejemplo, los veranos de los ochenta son para mí un largo verano de diez o doce años vivido en compañía de un grupo estable de amigos junto a los que me formé como ciudadano y como artista. Eran los años del músculo y del comienzo de todo, porque todo estaba por hacer. También el amor. Un largo verano que emerge de un álbum de fotos felices, en las que se repiten los mismos rostros de jóvenes sonrientes. El rostro de Javier Egea, con su gorra de marinero de caseta de feria; el de Luis, ligeramente distraído contando sílabas; el de Mariano, explicando a Bola de Nieve, la Ópera y el Universo en general; el rostro de María José, terso y distante, tal vez enamorada; el de Mari Carmen, ligeramente melancólico y a punto de enfadarse. Y Bárbara, Irene, las titas, los primos y una perra callejera que anidó para siempre en mis cuadros.

Con el paso de los años, los recuerdos se empiezan a ver como en trávelin de fechas imprecisas"Las mañanas de aquellos veranos nos empeñábamos en perder el tiempo para encontrarnos con la vida"

En algunas fotos de aquellos veranos se aprecia un aire como de siesta o duermevela, que luego estaría muy presente en mis obras de entonces. En otras fotos anteriores, las de los primeros ochenta, el ambiente es decididamente feliz y explosivo. Unas y otras reflejan con precisión el tránsito de la euforia al desencanto de aquellos años, que tiene su expresión más nítida en ciertas fotos del final de la década en las que aparecen con un protagonismo desolador, las ruinas del pasado industrial y algunos edificios de los suburbios fronterizos con la Vega.

Las mañanas de aquellos veranos nos empeñábamos afanosamente en perder el tiempo para encontrarnos con la vida. A primera hora llegaba Luis a mi estudio de la Carrera del Genil y nos acercábamos a la imprenta de Pepe Villegas que era nuestra puerta de entrada al momento concreto de la realidad concreta. Después de charlar y bromear con las fuerzas del trabajo, recogíamos a Quisquete en su oficina de la Plaza de las Pasiegas y quedábamos con Mariano para desayunar en cualquier cafetería de la Plaza de la Trinidad. De vuelta, charlábamos con la flor y nata de los matarifes y los guardacoches del mercado. Después, y hasta la hora de comer, tuvimos tiempo de escribir El jardín extranjero y Troppo mare y de pintar Iré a Santiago. A primera hora de la tarde quedábamos en la Piscina Granada para sestear entre endecasílabos y polos de limón, hasta las ocho o las nueve, hora en que nos dejábamos caer por los merenderos cercanos al río Genil. Fue un dolce far niente muy productivo.

Con astucia presumida, he seleccionado dos fotografías memorables de mi álbum. La primera es de agosto de 1982 y recoge una de las visitas a mi estudio después de haber pasado la tarde en la piscina. Javier Egea, Luis García Montero, María José Lara y Mariano Maresca posan bronceados y radiantes entre los cuadros del primer Iré a Santiago. En la segunda, María José y yo estamos sentados en las gradas de la piscina, recién salidos del agua, en la tarde de algún verano de mediados los ochenta. Representa, salta a la vista, el triunfo de la Biología frente al óxido implacable de la Historia. Fue el effimero incanto della giovenezza.

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