¿Para qué tanto afán?

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Rosa metal ceniza. Olga Pericet. Baile: Olga Pericet, Jesús Fernández, Jesús Caramés. Cante: Miguel Ortega, Miguel Lavi, José Ángel Carmona. Guitarra: Javier Patino, Antonia Jiménez. Dirección escénica: David Montero. Dirección, producción, coreografía: Olga Pericet. Lugar: Teatro Lope de Vega. Fecha: Sábado, 8 de septiembre. Aforo: Tres cuartos de entrada.

Me sorprende y me enoja que, mientras que los discípulos ocupan los lugares de honor de este festival, los maestros de lo jondo, que son personas que tienen que dormir sus horas y tomar sus medicinas, queden relegados a las tantas de la madrugada, en sitios de condiciones regulares, con barras que expiden bebidas alcohólicas y otras sustancias letales. Digo esto porque, mientras que esta joven cordobesa, que por cierto abrió con un delicioso homenaje a la escuela bolera, se enseñoreaba de las tablas del Lope, el maestro Bobote, que lleva 40 años marcando el flamenco contemporáneo, tomaba posiciones en el Hotel Triana. Y no es la última vez que el caso se va a dar en esta Bienal. Esto no puede traer nada bueno: conviene no ofender a las momias. Ha sido una gran idea darle una noche de protagonismo al Bobote, pero no se ha tenido el valor de llevarla a su cabo.

Me emocioné en el paso a dos, antes de la soleá. La parodia no tenía gracia alguna. O sí, pero un fondo de tristeza enorme. Reirnos de nosotros mismos nos provoca esta mezcla de llanto y risa. En la pieza Pericet exageró, llegando al paroxismo, sus movimietnos espasmódicos, el frenesí de sus manos y pies y cabeza, de su cuerpo entero. En las cantiñas y en la seguiriya pensaba "¿a qué tanto afán, tanto agravio?". Si supiera que tanta prisa no conduce a nada, que corriendo tanto no se llega a sitio alguno. Todos los del cementerio tuvieron prisa en alguna ocasión. Aunque era enternecedor contemplar ese deseo infantil por agradar, por mostrarse, nos mostró en varias ocasiones su ropa interior, por colmar nuestra atención. Y resultó que era todo el rato plenamente consciente de lo que estaba pasando. En la soleá quedó ese marchamo, bailó con ese empaque que quedó del paso a dos. Y también la bata de cola, que movió de una forma absolutamente heterodoxa, le ayudó a desprenderse de cosas, a buscar lo esencial, que a veces es el vacío, la nada. Tanto afán, para nada. En ese momento entiendo que sí, que sabe a dónde va. Que ese baile frenético, estresado, espasmódico, no es sólo un mero reflejo de estos tiempos nuestros estresantes, espasmódicos, en donde los ojos no se detienen jamás, y menos sobre otros ojos, sobre otro corazón. Estilizó tanto este sentimiento de orfandad, de esfuerzo en vano, que en la petenera se quedó a solas con la voz. Y luego a solas. Y entendí que ese reflejo de nuetro tiempo frenético, ese espejo del infierno de Dante, el imperio del ruido, era un ejercicio plenamente consciente. Y con la consciencia surge la intención, sea en forma de denuncia o de lamento.

Claro que las dos primeras partes de la obra son extensas en demasía para el mensaje que contienen: las cantiñas no sirven para nada, las seguiriyas no sirven para nada. Cuando llegó la fiesta de Jesús Carmona, las bulerías efectistas del programa de mano, aplaudí enfervorecido, como todo el teatro. Yo también soy de pueblo. Y resulta que no, que ella sabía todo esto. Entonces, ¿para qué alargar el espectáculo durante hora y media, si con cinco minutos del paso a dos fue suficiente para las lágrimas que nos tocaba verter? ¿Para qué maltratar el mantón y el suelo en las cantiñas? ¿Para qué tanto golpe? ¿Para qué tanto intelectualismo en el programa de mano, tanta pedantería? ¿Para qué tanto afán, tanto agravio? El mejor artista que pisó ayer el Lope es Patino, que apenas tuvo espacio para expresarse.

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