El gatopardo

Una mirada hacia dentro. Baile y coreografía: Pepa Montes. Baile y palmas: Abel Harana, Manuel Bellido, El Oruco, Miguel el Rubio. Guitarra y música: Ricardo Miño. Percusión: Juan Ruiz. Lugar: Teatro Central. Fecha: Sábado, 22 de septiembre. Aforo: Casi lleno.

Es un animal extremadamente ágil, aunque de movimientos elegantes y pausados. Tan sólo se agita cuando es estrictamente necesario. De hermoso y colorido pelaje. Es la Escuela Sevillana de baile. Sería un animal en peligro de extinción si fuera cierto que este magno festival es el escaparate de las últimas tendencias flamencas. En el fondo, lo que más he echado de menos estos días, lo que caracteriza de una manera definitiva esta forma de bailar llamada Escuela Sevillana, es el saber escuchar: el bailar el cante, bailar las falsetas de la guitarra. El saber escuchar exige silencios, exige el necesario encuentro de interlocutores. Eso tan raro, en toda época: un diálogo. A tres: cante, guitarra y baile. Concederle espacio, y crédito, al otro. Eso tan raro, ese animal supuestamente "en vías de extinción", es lo que representa en el baile actual el nombre de Pepa Montes. Clásica hasta la médula, tanto en la estructura de los bailes, impecables, como en la puesta en escena. Una baile por caña ejemplar de lo que esta escuela es, con un equilibro fundamental entre los rasgos característicos del baile de Sevilla, y el dominio rítmico propio de la bailaora de Las Cabezas.

Me acordé de la novela de Lampedusa: "Cambiarlo todo para que todo siga igual". En el baile de Montes nada ha cambiado, todo sigue igual: tanto la caña, como las cantiñas y el garrotín son números habitules en el repertorio de la bailaora. Tampoco faltaron los recurrentes toques solistas de Miño: en las bulerías dio la medida de su capacidad como concertista. Quizá los fandangos que dan título a la propuesta fuera lo único novedoso de la noche. Quizá Pepa Montes sea una de las últimas representantes de esta forma de bailar, el final de una época que, según vimos ayer, no consiente en ceder a las nuevas tentaciones coreográficas. En la Escuela Sevillana, todo sigue igual. Es lo que es, no engaña a nadie.

Y las nuevas generaciones, esas que lo están cambiando todo para que todo sea aún mejor, han aprendido de esta Escuela de Sevilla el difícil arte de escuchar.

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