Sobre la Naturaleza

  • 'EL AMANTE DE LADY CHATTERLEY'. D. H. Lawrence. Trad. Carmen M. Cáceres y Andrés Barba. Ilustraciones de Romana Romanyshyn y Andriy Lesiv. Sexto Piso. Madrid, 2016. 392 páginas. 29,90 euros.

Prohibida por su contenido erótico, El amante de lady Chatterley es, sin embargo, una novela de tesis. Una tesis que comparte con El terror de Machen y La carta de Lord Chandos de Hoffmannsthal, y que no es otra que el carácter unívoco y sagrado de la Naturaleza, y el modo tortuoso en que el hombre moderno ha sabido, o no, relacionarse con ella. Esta Naturaleza sacra es aquélla que se deriva de Wordsworth y el primer romanticismo británico. Pero es, en primer término, la Naturaleza lacerada y secreta que la civilización imagina desde finales del XIX y, en mayor medida, desde la estrepitosa irrupción técnica de la Gran Guerra.

También cabe una lectura social, una interpretación feminista de la novela; pero ambas parten de esa misma falla del hombre moderno y el paisaje que lady Chatterley eludirá mediante el sexo. El sexo es, pues, aquí, un medio de reintegración, una forma de autenticidad, que se desliza bajo la aventura de una mujer liberada. ¿Y por qué, precisa, necesariamente, una mujer? Porque la mujer, desde el simbolismo, pero también en las vanguardias, representará el linaje instintivo que somete al hombre. El concepto de Naturaleza, en todo caso, permanece intacto. Y es ese candoroso prejuicio, común a su época, el que distingue y justifica a esta nueva Eva modernista, ideada por Lawrence. En lady Chatterley la civilización es el opuesto, quizá el enemigo, de la Naturaleza. Y sin embargo, esa Naturaleza unitaria, armoniosa y fértil, es un fruto ideológico nacido con el Renacimiento.

Quiere decirse que lady Chatterley imagina la Naturaleza como un descanso de la civilización. Pero es la civilización, su refinada y omnipresente huella, la que le lleva a concebir un paraíso dócil y amistoso y, en suma, una entidad humanizada, que le devuelva, mediante el sexo, una pureza arcana. En consecuencia, lady Chatterley ignora que ese sueño no es sino un producto cultural, y que su erotismo es lo contrario de una fuerza primordial, de un impulso obrado sobre la inocencia -sobre la perdida inocencia- de los hombres.

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