Un revolucionario burgués

  • La entrega de Engels a los proyectos de Marx desdibujó su figura. Tristam Hunt reivindica su importancia.

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El gentleman comunista. La vida revolucionaria de Friedrich Engels. Tristam Hunt. Barcelona, Anagrama, 2011. 435 páginas. 21,50 euros.

En el arranque de La situación de la clase obrera en Inglaterra Engels afirmaba que "la revolución industrial (tenía) la misma importancia para Inglaterra que la revolución política para Francia y la revolución filosófica para Alemania". Sin quererlo estaba definiendo lo que habrían de ser las principales etapas de su vida revolucionaria, como califica el historiador y diputado laborista Tristam Hunt la trayectoria de un pensador que mantuvo un pulso constante entre la voluntad de transformación del mundo que nacía de su idea de la marcha inexorable del proceso histórico y la secuencia real de una Europa que marcaba sus propios tiempos.

Engels, el gran táctico, el General, apodo que le valió su intervención en las guerras revolucionarias de 1848-49, había nacido en un ambiente pietista alemán que aborreció muy pronto trasladándose a Manchester donde su familia poseía una fábrica de hilatura de algodón. Su paso previo por la Universidad de Berlín le proporcionó los útiles indispensables para esbozar una teoría de la expansión del capitalismo industrial y su voracidad depredadora, que dibujó como una aberración desfiguradora de la esencia del hombre, necesitado de un nuevo credo que lo redimiera de su postración. Sin embargo, el campo de ensayo para poner a prueba este bagaje teórico fue Manchester, la ciudad de las grandes fortunas del algodón y de la extrema miseria. Cuando el joven Friedrich avistó por primera vez el paisaje negro de la colmena industrial comprendió que había encontrado la base empírica sobre la que edificar una economía política radicalmente crítica con los postulados de la escuela liberal, a la vez que diferenciada de los vagos horizontes de la nueva sociedad que postulaban Owen y los utopistas. La tercera etapa en la formación de Engels fue París. El corazón revolucionario de Europa, la ciudad de que le llevará al encuentro con otro recién llegado a la capital francesa, el joven Karl Marx.

Marx y Engels. La fuerza del análisis racional y la pasión del visionario romántico. Engels siempre fue el segundo violín y no le importó. Pero esta actitud de admiración y entrega a los proyectos del gran genio ha desdibujado injustamente su figura. Tristam Hunt la reivindica, devolviéndonos al joven vanidoso, al periodista mordaz, al mujeriego de la bohemia parisina y al polemista de las reuniones obreras, con toda la riqueza de matices que caracterizó su vida, pero partiendo de un presupuesto discutible: que Engels se habría inmolado para que triunfase Marx y la causa del socialismo. Hunt presenta las décadas centrales de la vida de Engels, una vez establecido en Inglaterra después del fracaso de la revolución de 1848, como un continuo sacrificio, entregado de un lado a la financiación de los planes del amigo, y volcado, de otro, a mantener la imagen pública del burgués honorable que deseaba su familia. Los datos que nos proporciona el historiador inglés invitan, sin embargo, a una interpretación diferente. Esta "época desdichada... de sacrificios, nervios y desgaste" estuvo amenizada, sin embargo, por frecuentes partidas de caza, reuniones en los clubs y otras delicias de la vida burguesa, actividades que fueron siempre de su elección, como lo fue también, en sentido contrario, la obsesión por cuidar de una imagen externa, evitando que lo vieran en actos sociales con su amante irlandesa, Lizzy Burns, un escrúpulo de clase que fue moderando con el paso de los años y la perspectiva que le dio la vida. Así pues: ¿víctima o verdugo?

Mérito indiscutible de esta biografía es, sin embargo, haber sacado de la sombra intelectual del gran Marx a quien fuera tantos años su protector. La indagación por el pensamiento de Engels, desde su gestación en Manchester, hasta las obras más maduras de la etapa final, después de la muerte del fundador del socialismo, es una interesante aventura en la que el autor sabe combinar la descripción del contexto político con la maduración interior de la teoría del materialismo histórico. Engels no sólo aportó su experiencia como empresario a la redacción de conceptos fundamentales de El capital como la plusvalía, sino que mantuvo su propia trayectoria intelectual en dos temas esenciales del pensamiento comunista posterior: el principio de resistencia colonial como parte de la estrategia de insurrección de la clase trabajadora y la denuncia del patriarcado familiar que, según él, había nacido con la propiedad privada. En ambas teorías rectificaba una postura inicialmente desconfiada respecto a los pueblos primitivos o ahistóricos, que siempre había considerado un obstáculo en el plan del progreso universal regido por la lucha de clases. Una postura revisionista de sus propias ideas que también se aprecia en los años previos a la Segunda Internacional, cuando se interesa por las huelgas de los muelles de Londres o sigue de cerca la línea ideológica del SPD (el Partido Socialdemócrata Alemán) pensando tal vez que el triunfo del proletariado debía pasar por la política de partidos. De este modo el héroe de 1848 se adaptaba en su senectud a la época de la democracia de masas. Y el gentleman comunista, atado toda su vida a los prejuicios de clase, superaba sus contradicciones internas.

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