En la tierra del dios antiguo

  • Rafael Marín recrea en 'La ciudad enmascarada' un juego de ocultamientos y misterio en la capital gaditana

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La ciudad enmascarada. Rafael Marín. Grupo Ajec. Granada, 2011. 300 páginas. 16,95 euros.

Dice el experto fabulador que es Rafael Marín (Cádiz, 1959) que la gestión de esta novela ha durado lustros. Décadas. Que comenzó como una idea de juventud y fue fermentando a lo largo del tiempo hasta adquirir la forma que ahora tiene.

En gran medida, a La ciudad enmascarada se le nota, para bien, ese poso de maceración. Se percibe un cuidado que no es propio de inspiraciones apresuradas ni de fechas a presión. Los detalles encajan para componer una trama que se va montando sedimento a sedimento, y corresponden a una deglución lenta, de selección, rechazo y paladeo.

Como bien indica el título, su protagonista es una ciudad farisea. Una ciudad, digamos, de muchos velos. Ciudad diabla, de experiencia y tablas infinitas, que da el pego con la farsa que se eche encima, que le quieran poner en cima. Con el emblema de ciudad amigable, de enclave cálido, de cintura del sur, suave y cosquillosa.

Lo que resulta realmente curioso es por qué nadie había hecho el intento de contar la verdad, de decir cuál es el pulso que late bajo la superficie. Es una arraigada teoría en Rafa Marín -guionista de cómics y autor de títulos como La leyenda del navegante (1992), Detective sin licencia (2004) o Elemental, querido Chaplin (2006)- la de que la capital gaditana es un escenario digno del goticismo más rampante. Tres mil años de historia nos contemplan -y completan-. Con todas sus grandezas y miserias, su crónica negra y roja y sus nutricios fantasmas. La ciudad enmascarada es un suculento tributo a esta teoría. Y, en gran parte, a los atavismos propios del enclave, tan antiguos que no saben ni dónde colocarse.

Uno de ellos, presente siempre, es el miedo al mar: esa presencia que se sabe todopoderosa, que rodeaba la ciudad y que no ceja en su empeño de horadarla. Quien vive en Cádiz se hace gaditano la primera vez que sueña con un tsunami.

Y esa sensación extraña de deriva, de última Thule al borde del sol: una tierra que es casi Mediterráneo, casi África, casi América. Una ciudad que parece malguardarse las ganas de soltar amarras y salir flotando como un paquidermo descomunal, como una megápolis del espacio. Cádiz como Gades, como fortaleza: como territorio amurallado -esa sensación, y no otra, producen las fotografías de la ciudad en las que se observa el contorno de la muralla que bordea el casco antiguo, libre de los actuales bloques de contención: la de estar frente a un fuerte flotante-. Una fortaleza armada con cien torres, en efecto, destinadas para atisbar quién sabe qué. Quién sabe qué peligro más allá de las almenaras. Y dedicada, durante siglos, a un dios que iba cambiando en desvergonzada línea sincrética: aquel (o Aquel) que todo lo da y todo lo quita, el que trasiega con peces, con oro, con sangre, con almas.

De todo esto habla La ciudad enmascarada, todo esto dice -y eso es lo importante-, bajo las muchas tramas, bajo el mendigo y el misterioso ojo de nácar, en las morgues, en el discurso interior del enfermo corazón de Gabriel, en las cartas de presidio, en las muertes inexplicables sobre las que ha de husmear toda novela de misterio. Un esfuerzo agradecido -en estos tiempos en que parece que estemos condenados a morir de un ataque de tópico- por buscar, de verdad, una vuelta de tuerca. Por ir más allá de la epidermis.

Tal vez, si hubiera algo que achacar a La ciudad enmascarada sería precisamente el desarrollo final de los hechos -quizá, en cierto sentido, inevitable- que hacen perder a la novela su principal fuerte: la sugerencia de lo terrible.

Olvidando esto, el título demuestra ser un muy recomendable ejemplo de espeleología. Un descenso fantástico e inquietante hacia el pasado que nos conforma y que corre, arañándonos sin darnos cuenta, bajo nuestros pies.

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