Empresas del nuevo siglo

  • Las compañías que quieran perdurar en el tiempo deben avanzar hacia modelos organizativos que concedan más importancia a las personas e incorporen valores como la ética y el compromiso

EL siglo XXI ha emprendido su andadura con fuerza, abriendo una etapa de cambios que no tiene marcha atrás. Para muchos, el nuevo siglo se inauguró oficialmente en septiembre de 2001 con los atentados de las Torres Gemelas de Nueva York, que marcaron un punto de inflexión con repercusiones globales en todos los ámbitos. Conflictos globales, retos globales, respuestas globales.

El mundo de la empresa, desde luego, no puede estar al margen de este proceso de cambios. La manera de relacionarnos se está modificando a una velocidad de vértigo, las nuevas tecnologías -sobre todo en materia de comunicación- marcan nuevos ritmos y exigen nuevos hábitos, y las organizaciones que pretendan perdurar deben ser capaces de adaptarse a los nuevos tiempos.

En el mundo empresarial -y a mi juicio también en el ámbito personal- es imprescindible estar atento a las nuevas tendencias y adelantarse a los acontecimientos. Caer en la rutina, en el aburrimiento, conlleva una muerte mental prematura simplemente por desidia. El movimiento y los cambios siempre nos harán innovadores, siendo la innovación factor clave para perdurar en el tiempo y ser sostenibles empresarialmente hablando.

La mayoría de las organizaciones, igual que la mayoría de las personas, tienden a acomodarse en el bienestar o en lo que en un tiempo y un espacio resultó beneficioso. Ahí se quedan, viéndolas venir y sin capacidad de reacción. El sistema de organización de nuestras empresas sigue siendo el mismo que el del siglo XIX. Organizaciones estructuradas de forma jerárquica, piramidalmente. Los "jefes" colocados en lo más alto de la pirámide son gestores que se mueven por objetivos y por alcanzar cifras a toda costa, pues para la mayoría de las empresas los resultados y la rentabilidad económica son máximas, únicas en muchos casos, prioridades.

Este modelo, que en su momento funcionó, se está quedando desfasado principalmente por ignorar las inquietudes, necesidades y circunstancias de las personas, el verdadero motor de las empresas.

Por este motivo, es necesario avanzar hacia la conciliación entre el legítimo interés del beneficio económico y la satisfacción de los profesionales, de las personas y equipos que hacen realidad a las empresas. Es decir, hay que avanzar hacia la fórmula del "ganar todos", tanto empresas como trabajadores, proveedores, clientes...

Está claro que del dicho al hecho hay mucho trecho y que, especialmente en estos difíciles momentos de crisis, la prioridad absoluta para la mayoría de nuestras empresas es mantenerse a flote. En este sentido, las siguientes líneas son sólo una reflexión a largo plazo y no recetas ni consejos de bolsillo para consumir en el corto plazo.

Pero se hace camino al andar y se puede empezar por lo aparentemente más fácil, aunque en realidad sea lo más complicado: un cambio de mentalidad y de actitudes. Hay que asumir que la autoridad jerárquica es menos efectiva, a la larga, que la empatía. Los líderes de las empresas tienen que curtirse en nuevas habilidades, que desgraciadamente no se enseñan en nuestras universidades, como las sociales y comunicativas. Su comportamiento y lenguaje deben incorporar conceptos como la credibilidad, la confianza, la sostenibilidad o la comunicación. En esta línea están trabajando todos los estudios relacionados con la inteligencia emocional, muy en boga a nivel académico pero todavía con pocas aplicaciones prácticas concretas.

Es necesario que los responsables de las empresas perciban a sus profesionales como lo que son, como personas. Esto implica un trato específico, más humano. Deben preocuparse por cuestiones que rebasan sus competencias profesionales; es necesaria mayor formación sobre el entorno social, económico, político y cultural en el que nos desenvolvemos.

Los empresarios, desde luego, son los primeros que deben estar convencidos de las ventajas de abordar las relaciones laborales desde esta nueva óptica, para poder luego transmitir estos valores de manera sólida a través de los distintos eslabones jerárquicos.

Para gestionar el trabajo que se realiza en las organizaciones, se tienen que potenciar valores como la ética, el compromiso y el liderazgo; liderazgo que se sustenta en la motivación y que se basa en la influencia y no en la autoridad. El liderazgo debe ser entendido como las capacidades de dotar al equipo de las herramientas y la confianza suficiente para que tome sus propias decisiones y asuma sus propias responsabilidades. Poco a poco, esta forma de entender y actuar derivará en empresas menos piramidales.

El problema, claro, radica en cómo llegar a este estado tan lógico pero a la vez tan difícil. No es sólo una cuestión de formación, de conocimientos en habilidades directivas que se transmiten en una, dos o tres sesiones. Es una cuestión de cambios profundos de mentalidad y actitudes que deben empezar desde lo más alto de la pirámide para caer como cascada hasta consolidarse en toda la organización.

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