Jerez entra hoy en El Rocío tras superar el camino de ida

  • Agradable y tranquila penúltima jornada en la que el obispo de la diócesis, José Mazuelos, ofició la Eucaristía en el impresionante Cerro de los Ánsares

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El tercer día de camino se desarrolló bajo los parámetros habituales de la jornada que deja a la hermandad muy cerca de El Rocío, casi al final de Doñana y mirando el final de lo que han sido tres días en los que ha imperado la normalidad y la ausencia de incidentes notables. Ahora toca la otra romería, la que tiene lugar en la aldea y donde el bullicio sustituye a la intimidad del camino. Es ese otro Rocío que desde hoy empieza a vivir Jerez con su entrada en la aldea y la presentación ante la Virgen, rindiendo así el camino de ida.

Como es habitual, el viernes está marcado por la dureza de un sendero pleno de arenas pero que al mismo tiempo nos fue regalando algunos de los parajes más hermosos del Coto, como el emblemático Cerro de los Ánsares y más tarde la Laguna del Sopetón, Palacio y finalmente la eterna Raya hasta el Guaperal donde se hizo la última noche. El día fue de menos a más en cuanto a las temperaturas; del frescor de la mañana se fue pasando al calor amable del mediodía sin que aparecieran las nubes, en un día de cielo celeste y el sol pegando con fuerza, motivo por el que se vieron hoy más que ayer las cremas solares en los rostros.

La acampada en Carboneras fue tranquila y sin demasiada fiesta. Solo lo justo y en familia. Muy temprano las carretas echaron a andar para buscar el Cerro donde tuvo lugar la misa que un día más ofició el obispo. Atrás se quedaron los que siguen sin tener prisas y que 'pasan' de ir en la comitiva. Tras el mediodía se reinició la marcha hasta alcanzar el rengue de almuerzo que tuvo lugar en las postrimerías de la zona de bosque de pinos que deja paso a una estepa de matorral bajo que va señalando el tramo final por la tediosa raya, tras superar el palacio, que es el cortijo que se convierte en residencia presidencial en tiempo de vacaciones y que es compartido con la jerezana familia González.

Allí se abrevan los caballos y mulas en una breve parada para dar un respiro y mirar con resignación el último esfuerzo que queda por delante para rematar el día en la temida raya cuya belleza es diferente a lo que ha quedado atrás y acogiendo espacios de enorme valor biológico como las Pajareras donde anidan miles de especies de aves.

Descubrir Doñana con el Rocío tiene la ventaja de que se disfrutar de él de manera diferente a como se hace con las excursiones programadas. Ahora se tiene cierta libertad de movimientos y la independencia que ofrece poder tomar la senda caminando o a caballo o en un vehículo. No significa que pueda hacerse lo que venga en gana, pero sí permite buscar el entorno por sí mismo e ir descubriendo cada paraje que va saliendo al paso. Parajes que son tan diferentes como de importante es el ecosistema que reúne el Coto, que hasta que no se entra en él no se es capaz de valorar.

Las arenas volvieron a poner a prueba la destreza en el volante de los vehículos y la preparación de los tiros de mulas para superar las dificultades. Siempre es la tracción mecánica la que más problemas plantea y más aún los enormes tractores que tiran de remolques-casas en los que no falta detalle alguno y que a duras penas superan los tramos más difíciles. Cuando hace años se hablaba de que lavarse en el camino era una operación que se lidiada con un buen bidón de agua y algo de jabón, ahora las tornas cambian por remolques en los que se instalan aseos perfectamente dotados, con calentadores de agua a gas y con depósitos de hasta mil litros de agua.

Ese es el Rocío que surge para los que no quieren prescindir de las comodidades diarias, aunque esa ausencia dure tan sólo cuatro días mal contados. En el lado contrario están los que con poco se las apañan, como hacían los 'antiguos' aquellos para los que simplemente con ir con lo justo era suficiente, pioneros que con poco vivían perfectamente el camino. Hoy las cosas son diferentes y las posibilidades están más al alcance de la mano.

La hermandad jerezana dejó prácticamente atrás la ida y quedó en el Guaperal, rodeado de los últimos eucaliptos que afortunadamente van quedando en Doñana, sin la presencia de los temidos mosquitos -muchos menos de los que se decía de antemano- y durmiendo con los ecos lejanos de cohetes que fueron anunciando la entrada en la aldea de las primeras hermandades que llegaron a sus casas para preparar la presentación de esta mañana. Pero al Simpecado morado aún le restan unas horas de arenas y naturaleza antes de meterse en la vorágine de la romería de casas y porches.

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