Dos alcaldes para la partida

  • Monteseirín realiza su última ofrenda floral al simpecado de Sevilla mientras Zoido recibe el afecto de los romeros · La banda militar volvió a interpretar la Marcha Real.

Resuenan los ecos por el patio del Salvador. Dos peregrinas llegan tarde a la misa de romeros. Un percance de última hora con el atavío flamenco es el causante de la demora. El templo está lleno. Santiago Gómez Sierra, obispo auxiliar hispalense, pronuncia la homilía: "El camino tiene algo de penitencia, hay que dejar las comodidades para quedarnos con lo esencial". Comodidades aparte, lo que sí tienen claro los rocieros de Sevilla es que la elegancia nunca se puede olvidar en casa. Es compañera indispensable en el peregrinar que se inicia a eso de las nueve de la mañana. Moños con sobredosis de laca para soportar siete días de camino, pantalones de pinza perfectamente planchados y pañuelos al cuello de combinación más que estudiada. El deambular de estos romeros es el mejor escaparate de moda flamenca.

Sale el simpecado del templo. Los devotos se aglomeran en la escalinata. La banda militar interpreta la Marcha Real. Cara de satisfacción en algunos y de asombro en otros. La orden establecida por Carme Chacón (ministra de Defensa) prohíbe este himno en celebraciones religiosas. Surgen los comentarios más variopintos en la plaza. Hay quien recuerda que el año anterior la banda se negó a tocarlo y fue el tamborilero quien lo interpretó a instancias del hermano mayor. Más comentarios: "Ha sido decisión del director de la banda, al que le queda poco para jubilarse". Después de la Marcha Real llegan los pasadobles. Y las sevillanas. Se arranca el coro de Sevilla con un popurrí que va alegrando una mañana aún fría cuando el viento se deja notar por Entrecárceles. En la algarabía callejera se entremezcla José Víctor, de Victorio & Lucchino, quien no duda en arrancarse por palmas cuando los peregrinos lo apresan en la turbamulta romera que recorre el centro de la ciudad.

La carreta, por fin, se mueve, se despega del adoquinado de la plaza. Juan Ignacio Zoido presencia este momento en compañía de su mujer, Beatriz Alcázar. Al que será alcalde de Sevilla en poco más de 24 horas lo saluda todo el mundo. Besos, abrazos y algún que otro piropo. "Éste es mi alcalde", grita una flamenca montada a caballo. No sería la única muestra de afecto. Luego vienen muchas más, como la que le brinda un rociero en el Andén del Ayuntamiento cuando le cuelga un pañuelo de yerba en el cuello, a escasos metros de Monteseirín, quien contempla impertérrito la escena.

El alcalde en funciones deposita el ramo de flores blancas que en rara ocasión concuerda con el exorno de la carreta. Se reza la salve y Monteseirín abandona el andén mientras aún se le canta al simpecado. Zoido se queda sólo con sus concejales en la representación consistorial. Se va la carreta y siguen los halagos, felicitaciones y ruegos al futuro regidor hispalense. La comitiva sigue su discurrir. Atrás dejó al Ayuntamiento, con Zoido y Monteseirín. Dos alcaldes para la partida.

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