Rosa María. Calaf Periodista

“En Pekín había una ley que impedía contar que estábamos a más de 30º”

  • Esta catalana de 64 años ha sido los ojos y los oídos de los españoles en diversos rincones del mundo durante más de tres décadas, con su visión personal y sarcástica de los acontecimientos. Ahora dice que hay que alertar a los ciudadanos sobre la pérdida del periodismo de calidad, que supone “un atentado contra el derecho a la información”, y califica de “aberrante” que en nuestro país se retire a los periodistas con experiencia. Soltera y sin hijos, nunca quiso tener una familia al uso, ni reniega de su vida itinerante. Hace suya una frase de Hemingway: mi casa es para volver, no para vivir. Prejubilada por Televisión Española, la decana de los corresponsales en el extranjero viajó a Sevilla para participar en los encuentros de La Raza y recibir el premio de comunicación Manuel Alonso Vicedo.

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–¿En cuántos países ha sido corresponsal?

–Corresponsal fija, en siete países. He estado 38 años apareciendo en televisión, dado la vuelta al mundo varias veces y visitando unos 170 países de los 192 que hay en el mundo, según las Naciones Unidas.

–Le quedan veintidós.

–Y espero poder conocerlos. Es casi es un reto: ir a Yemen, Etiopía... 

–¿Cuál fue su destino más difícil?

–China continental, por la mentalidad. Lo peor es el control y la sensación de que te ven como el enemigo. Trabajas en la precariedad permanente. 

–¿Qué le chocaba más?

–La falta de flexibilidad de la gente. Les cuesta mucho salir del marco, improvisar o hacer varias cosas al mismo tiempo. Nada que ver con nuestra mentalidad mediterránea. 

–¿Y decía que hay control?

–En China, por ejemplo, está prohibido informar de las catástrofes. Había una ley, no sé si la habrán derogado, que impedía contar que las temperaturas superaban los 30º. ¡Te estabas friendo viva en Pekín y decían que estabas a 29º! 

–Qué manipulación más absurda...

–A partir de los 30º había que cerrar los talleres que no reunían determinadas condiciones. Se protegía a los trabajadores, pero de una forma ficticia e hipócrita. 

–¿Cómo eludía la censura?

–He utilizado mucho la ironía y el pequeño sarcasmo, o los refranes: estableces una complicidad con el espectador e impides que te siga quien no habla bien tu idioma.

–¿No se fiaba de nadie?

–¡Ni de los traductores! A veces grababa las conversaciones entre mis acompañantes nativos y luego me las hacía traducir. 

–¿Para qué?

–Es muy útil. Así me enteré en Birmania de que no pensaban llevarnos a donde decían que nos iban a llevar, y ese tipo de cosas.

–¿Nunca temió errar en el enfoque?

–Claro que sí, trabajas con una gran sensación de inseguridad, sobre todo por la dificultad de los idiomas y las diferentes culturas. Piensas que no llegas a saber aquello que pretendías saber.

–¿Se angustiaba por eso?

–Procuraba recordar lo que me dijo un padre blanco en África: cuando llegas a un sitio te crees capaz de escribir una enciclopedia; años después, sólo un libro y un cuarto de siglo más tarde, ni un pensamiento. 

–¿Su destino más peligroso?

–En el año 99, en Timor Oriental, viví un conflicto que rozaba la guerra civil, con límites muy difusos y un grado extraordinario de violencia. Allí murió asesinado un compañero del Financial Times.

–¿Cómo ocurrió?

–Regresamos después de la evacuación a la ciudad vacía y estuvimos recorriendo los barrios. Él se metió en una zona que aparentemente estaba desierta y lo mataron. 

–¿Su experiencia más esperpéntica?

–La llegada de Menem en Argentina. Alfonsín había hecho un gran trabajo, con sus fallos. Menem se preocupaba por su imagen y sus implantes de pelo hasta el payasismo.

–¿Qué ha vivido con mayor sorpresa? 

–El desplome de la URSS. Me encontré con un gigante de pies de barro, que no tenía nada que ver con la imagen formada en Occidente. 

–¿En qué aspecto?

–La Glasnost y la Perestroika se veían desde Europa como sinónimos de libertad de expresión y democracia. No eran ninguna de las dos cosas, sólo un avance respecto a lo anterior.

–¿El acceso a los grandes líderes le ha hecho relativizar?

–Muchísimo. He conocido a Reagan, Gorbachov, a casi todos los presidentes latinoamericanos y muchos jefes de Gobierno europeos, incluida Thatcher. Nunca me han producido gran admiración.

–¿Es una escéptica?

–Los grandes estadistas se acabaron. Los políticos de ahora están más preocupados por sus respectivos partidos que por su país. En todo el mundo, no sólo en España. En vez de gobernar, hacen declaraciones. 

–Recién llegada: ¿nos ve muy frívolos?

–Hay mucha frivolidad en Occidente. Hemos perdido la perspectiva de lo que pasa en el mundo. Vivimos en bolsitas de riqueza: el resto del planeta está en la miseria. 

–¿Se considera una testigo privilegiada de su tiempo?

–He vivido el final de una lucha por cambiar el futuro y el principio de una lucha para que el futuro no nos cambie.

–¿Piensa que vamos a peor?

–Soy de la generación del 68, que creía posible un mundo mejor. Ahora hay que preguntarse si vamos hacia un mundo que no tiene nada que ver con lo que queríamos. 

–¿Cuál es el peligro? 

–Que acabemos dividiendo el planeta entre una élite informada y con poder y una enorme masa de gente que no tenga acceso a casi nada.

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