Ahí las ves, enloquecidas

F. J. Erskine. Trad. José C. Vales. Impedimenta. Madrid, 2014. 112 páginas. 14,95 euros

Observamos con estupor cómo el automovilismo es una práctica de riesgo -o de hecho prohibida por ley, en el caso de las saudíes- para las mujeres de algunos países, digamos, poco igualitarios, pero no siempre se recuerda que durante años, en nuestras orgullosas sociedades europeas, las pioneras de la bicicleta fueron acusadas de faltar al decoro o las buenas costumbres, cuando no de entregarse al libertinaje. Algún chiste zafio, por ejemplo a propósito de los sillines, ha pervivido como fósil de una época en la que se consideraba que estos, si eran demasiado confortables, podían estimular más de lo debido las llamadas zonas erógenas, problema que al parecer no se planteaba respecto a los ciclistas varones. De cualquier modo, inequívocamente vinculado a la lucha por conseguir espacios de autonomía, el uso del velocípedo permitió a las mujeres una movilidad entendida en dos direcciones: la derivada del hecho mismo de poder desplazarse libremente y otra, tanto o más emancipadora, que apuntaba a la anhelada jubilación de unas prendas -el corsé o las enaguas, toda esa cacharrería- felizmente incompatibles con el "arte del pedaleo".

Publicado en 1897 por una desconocida "señorita Erskine", Damas en bicicleta es un delicioso manual tardovictoriano dirigido a las seguidoras de una moda importada -explica la autora- de la "alegre y audaz" Francia, que caló hondo en las Islas y coincidió en el tiempo con los albores del sufragismo, la literatura de la Nueva Mujer y todo el vasto movimiento que puso voz a las reivindicaciones del segundo sexo. Como sugieren los editores de Impedimenta, muchos de los consejos de Erskine nos parecen hoy involuntariamente cómicos, así cuando advierte de los excesos de la bicimanía -"¿quién se atreve a decirles que van demasiado deprisa y que deben refrenarse? Ahí las ves, enloquecidas..."- o previene contra las eventuales "molestias ocasionadas por los vagabundos", pero su discurso, típicamente inglés en lo que se refiere a la orientación práctica, refleja muy bien el papel desempeñado por la bicicleta como "máquina de libertad". Ha llovido mucho desde entonces, pero las benditas albertinas -como las llama, a la manera proustiana, el poeta Serrallé, concienzudo peatón donde los haya- siguen siendo, aunque corran más de la cuenta, una parte irrenunciable del paisaje urbano.

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