Ascuas de sentido

  • La artista y poeta granadina Rosaura Álvarez presentará su libro hoy en el Palacio de La Madraza, a partir de las 20 horas.

Rosaura Álvarez Simanca Ediciones. Palencia, 2011.

En su nuevo poemario, Lumbres apagadas -deliciosamente editadoen la colección El Parnasillo por Antonio Piedra en dieciseisavo, como una suerte de devocionario laico, excelente para llevar a cualquier parte, y engañoso, porque a pesar de su tamaño contiene casi setenta poemas-, Rosaura Álvarez vuelve sobre sus principales cualidades como poeta: brevedad, lirismo intenso, acerado, y una voluntad de, a partir de una circunstancia o anécdota mínima, abstraerse hacia un sentimiento o pensamiento general que la trasciende y le confiere un sentido profundo, en ocasiones casi metafísico, lo que poéticamente se traduce en la búsqueda de la palabra precisa. En este sentido, encontramos en el poemario alguno de los estilemas que mejor definen a esta poeta en esa búsqueda de lo esencial: por ejemplo, ese prescindir en ocasiones de los artículos, lo que otorga a los sustantivos una cualidad extrañada, casi abstracta: "Queda esplendente luz de lo vivido"; "constatar evidencia/ en lucha contra el sueño". O el empleo notable de tropos y neologismos, que confieren a los poemas, de una aparente, engañosa sencillez, un atrevido intento de decir lo indecible de la experiencia estética, amorosa o vital: "La lejanía que imprecisa perfiles"; "espumar resonancias/ que flagelen la dicha". En este libro, en el camino de despojamiento hacia una mayor precisión, la poeta ha moderado incluso su tendencia al cultismo o la palabra arcaizante, más presentes en otros poemarios, lo que juzgamos un acierto.

El libro se divide en tres partes: Soledad de la lumbre, Sobre unos labios mudos y Phoenix. En la primera se nos habla, en un tono desolado, implacable, de la experiencia amorosa que pudo haber sido y no fue, y, en general, de la juventud y la posibilidad pasadas: "Todo era flor y era pájaro/ en sueño del ayer". En una ambigüedad calculada no sabemos si el sujeto poético añora lo que tuvo y perdió, lo que ni siquiera llegó a existir, o si todo no se trata más que de "desengaños de amor fingido" (en remedo al título de Elena Martín Vivaldi): "Deseaba seguirte, mas no pude/ ni siquiera sombra tenías". En uno de los poemas más notables del libro, Paseo, se pone de manifiesto lo engañoso de la nostalgia: "Y desanduve frondas/ de fruición compartida./ Atardecían ámbar los cipreses,/ y cantó el agua 'era mentira';/ más que verdad/ mi corazón ardido".

La segunda parte es una reflexión sobre la palabra poética: sus cualidades: "Puede mentir y al par alzar/ dichosos plenilunios"; sus límites y la indecibilidad última de la experiencia estética: "El resto de las horas,/ en aspirar de verso busco/ sabor de aquel adagio/ ausente aún el nombre"; o "este saber que no podré decir". Pero sobre todo es posibilidad de trascenderse, de revivificarse (lo que ya anuncia la tercera parte del poemario, que, significativamente, según hemos dicho, se titula Phoenix): "Habrás/ de contemplar cómo la muerte muere,/ si de tus signos -con pincel o tacto/ o armonía.../ universo/ nuevo / naces." Por último, en Phoenix, efectivamente, se habla de la rebelión o esperanza ante la muerte; es un canto a la vida y a las cosas que nos afirman en ella y, casi, nos hacen inmortales: "Arañar a la vida / incitación perpetua: / saberte, / tú, / la vida". Significativamente, otro de los mejores poemas de libro, perteneciente a esta parte, se llama Disceptación: hay un allí y un aquí, yuxtapuestos en el poema, sin más explicaciones: "Allí, más lejos todavía, allí / donde ni el átomo ni el tiempo. // Aquí la paz, las manos blandas, / los labios; / aquí melodías, / trazos, / danzas, / poesía, aquí". Hay momento poderoso, conmovedor, casi arrogante, de afirmación de la vida humana ante la muerte en el poema Amigos para después, donde el sujeto poético convoca a aquellos artistas que le dieron plenitud en vida ("Liszt, Bártok, Juan de Yepes, Modigliani") a que lo acompañen más allá de ésta: "atravesad conmigo / los atrios de la nieve".

Lumbres apagadas es un poemario valiente, implacable en cierto sentido, al abordar una cuestión fundamental de la existencia humana, como es la presencia siempre al fondo de ésta de la muerte, y de su mayor o menor cercanía en nuestro momento concreto -de ahí la referencia del título-, y de aquello de lo que va a despojarnos, pero también de aquello que no puede arrebatarnos jamás: el haber estado vivos, y haber leído, visto, sentido: amado.

ni sombra siquiera

Deseaba seguirte, mas no pude.

Ni siquiera sombra tenías.

Y regresé sin nombre hasta la casa

sabiéndote seguro en mis espejos,

allí, donde al mirar contemplo

fría dureza de cristal.

puede

Quitemos a las cosas

sus máscaras momentáneas.

Juan Ramón jiménez

Puede un papel abrir las alas,

volar sin tiempo.

Puede decir con canto tenue

aspirar de aromada sangre.

Puede mentir y al par alzar

dichosos plenilunios.

Puede ser el sutil ensalmo

que done a la falacia

una verdad

que nunca presentía.

hoy, desde ayer

en memoria de mi prima maruja

Estáis aquí

aquellos que fuisteis y sois

llama altiva orescoldo amable

en el instante sucedido

en que levanta el vuelo

laxitud de un aroma,

un dejo, el tacto de una piel,

e l timbre de una voz

que en gozo me movía.

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