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Belén Maya, única en su especie

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Manolo Sanlúcar, en una entrevista reciente, dijo que reía con sorna cuando le hablaban de mestizaje. "Mire usted", declaraba, "eso lo hacemos en el flamenco desde hace muchos años. Somos mestizos". Como prueba evidente de este mestizaje, de este lenguaje universal, reconocemos el baile de Belén Maya. Sin salirse del marco flamenco, la bailaora recorre otros mundos, se sumerge en el jardín borgiano donde los caminos siempre se bifurcan. Lo más evidente es la huella orientalizante con que impregna sus bailes. Unos movimientos tan sinuosamente quebrados e hieráticos que pueden parecer en dos dimensiones. La tercera, y hasta la cuarta, dimensión se la da el flamenco y esa libertad de mirar al pasado sin ataduras, de acogerse a la tradición con la tranquilidad de quien tiene alas que puede desplegar en cualquier momento.

Así, cuando aborda unos tangos, que recorren todo el panorama andaluz, desde Cádiz hasta Granada, pasando por los del Piyayo, no deja de sorprendernos. Nos recuerda a los que bailó en el espectáculo Mujeres de Mario Maya, pero en pequeño formato. Es tremenda la capacidad de adaptación de esta bailaora: se movía en línea recta, en una hilera que iba de derecha a izquierda y viceversa, agudizando así el concepto bidimensional. Su última entrega fue por seguiriyas. Vestida de negro, como mandan los cánones, sigue arrojando leños al fuego para que la llama no se apague. Fue la misma seguiriya, arriesgada, valiente, dispar, que nos dejó este verano en 'Los veranos del Corral'.

El lado oscuro de esta actuación, y nunca mejor dicho, fue la carencia de luz. La escasa iluminación condena al flamenco a la penumbra de años anteriores. Mejor una luz blanca sobre el escenario que un juego de luces para tiempos de crisis.

Pero el regalo fue doble. José Luis Rodríguez, a la guitarra, dio un pequeño gran concierto como preámbulo e interludio de la danza. A diferencia de otros tocaores, sobre todo de los de concierto, que alardean de técnica y velocidad, este onubense impregnaba sus temas de cadencia y armonía. Dejen las prisas para quien tiene prisa. Dejen el virtuosismo para los virtuosos. La parsimonia, modulación y buen gusto no están al alcance de cualquiera.

Con unas mineras y bulerías muy personales, José Luis, impone su sello. Es el estigma que nos dibujará una sonrisa en la cara hasta los postres.

Seguidamente se va por Huelva, de ahí a Málaga, y vuelve a Cádiz. Su segunda entrega fueron unos tangos y una soleá. Jesús Corbacho y Juan José Amador, como dos instrumentos más, rematan las piezas del guitarrista con la misma parsimonia y contundencia que marca el compositor. Corbacho liga su cante florido. Amador se queja con su voz gutural. Ana Calí se hace imprescindible marcando el compás. Y Belén Maya demuestra que, de mestizajes, sabe mucho.

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