Besos de cianuro

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Ella tenía unos 12 años cuando lo vio por primera vez. No recuerda ni cómo ni por qué apareció en una pequeña sala de Madrid. Acompañaba a una amiga y desde el momento en que la luz focal cayó sobre él ya no pudo apartar su mirada. Javier Corcobado aparecía desnudo sobre el breve escenario envuelto en una boa constrictor mientras recitaba sus poemas. Un impacto insoslayable para un alma inocente. Desde entonces lo sigue allá donde vaya siempre que su trabajo en un hospital público se lo permite. La fuerza y el magnetismo de este artista extremo obliga a tomar partido. Lo odias o lo amas; te atrae o te repele pero nunca permite que se formen corros ajenos a su actuación al fondo de la sala. Se dice lo mismo sobre otros muchos artistas. En su caso es rigurosamente cierto. La última vez que lo vimos hace unos tres años fue en un Planta Baja mejor poblado de público, pero una fecha atractiva en el calendario aunque discutible en la práctica seguramente fue la causa de que el aforo se resintiera. Ya la noche anterior se había suspendido el concierto programado de los incombustibles Sex Museum por motivos similares. Una difusión defectuosa hizo que muchos no nos enteráramos a tiempo de la actuación del telonero, Jesús Psycoactivo, un grupo formado por algunos miembros de lo que fuera Manía Estéreo. Llegamos cuando se despedían. Habrá que estar más atentos la próxima vez.

En cuanto a Corcobado bastaría con mencionar algunos de los nombres de los grupos que ha liderado (Cuatrocientosveintinueve Engaños, Mar Otra Vez, Demonios Tus Ojos o Chatarreros de Sangre y Cielo…) para dar una pista de por dónde va a los que aún no lo conozcan. Transitando los más escarpados senderos emocionales desde los ochenta, siempre elige el lado salvaje, despreciando atajos porque sabe que las balas que han de alcanzar el corazón han de recorrer necesariamente el largo y tortuoso camino del dolor. Su pop de libre creación admite el susurro y la estridencia y bebe sin prejuicios lo mismo del rock suicida que del bolero enfermo de amor; de la ranchera chulesca o del vodevil de vocación experimental.

Y así pasa de la dulzura a la violencia, repartiendo caricias igual que cuchilladas en una experiencia desgarradora como la muerte y siempre de gran riesgo que lo han convertido en un crooner ruidista único en su especie. Por primera vez tuvimos ocasión de escuchar en directo los temas de su último disco de estudio, Editor de sueños como Susurros o la maravillosa Orquesta de perros, pero también algunos de sus imperecederos clásicos como Dientes de mezcal, Desnuda en el Pacífico o La navaja automática de tu voz. No en vano venía con sus dos últimas publicaciones: Yo quisiera ser un perro, un poemario que compendia su obra y Canciones insolubles 1989-2006 una recopilación de algunos de sus grandes temas.

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