Letras hoy

Carta abierta a la rata Firmin

  • La historia de Firmin es capaz de renovar la capacidad de asombro del lector hodierno; inolvidable e imprescindible para cualquier bibliófilo

Estimado Firmin:

Te escribo ésta para decirte que me compadezco de tu suerte, pero sólo hasta cierto punto. Comprendo que ser el decimotercer retoño de una ratesa (que, como todos sabrán, únicamente tiene doce tetillas) tuvo que ser duro; incluso, muy duro. Me ha conmovido el relato de cómo eras excluido a la hora de comer y vivías de las sobras, de esas gotillas de leche que tus hermanos dejaban en las ubres como cosa perdida. No obstante, coincidirás conmigo en que, si uno está dispuesto a aprender, el infortunio o la marginación suelen poner al individuo en una posición ventajosa, lo digo sin ironía, pues nada hay como observar las cosas desde fuera; por ejemplo, contemplar la camada desde atrás, como en tu caso, mientras los demás se saciaban y a ti te gruñía la tripa. No me he molestado en consultarlo, pero creo que fue San Agustín quien afirmó aquello de que es malo decir "Sufro", pero bueno decir "He sufrido". Conocer el sabor a lentejas apelmazadas que tiene el mundo cuando las cosas van mal, preparan el paladar (y el aparato digestivo) para el gustillo a uvas frescas de las cosas cuando van bien. Y te ayudan a ser sensato. Y agradecido.

Sermones aparte, yo, que también soy agradecido, no sabría cómo pagarte el que hayas renovado la capacidad de asombro del lector hodierno. Es preciso, ¿sabes?, y precioso, que cada cierto tiempo alguien te conduzca (por las buenas o por las malas) hasta un mirador insólito, aquel escorzo, aquella perspectiva, desde donde la realidad vuelve a sernos revelada. Esta vez, hemos tenido que ponernos a tu altura, a ras de suelo, para redescubrir este ancho mundo ajeno, tan ancho, tan ajeno, que nos alberga. Tu peripecia ha sido sencillamente asombrosa, querido Firmin, ¡a-som-bro-sa! No debió ser fácil combatir tus instintos primordiales de roedor y pasar de zamparte libros, válgame el cielo, a leerlos y amarlos como se debe. Pues sí, con las tripas. Esto hubiera sido harto más difícil de haber vivido tú una infancia regalada. La adversidad te hizo lúcido, Firmin, ¡lú-ci-do! ¿Acaso no conoces El aprendizaje del dolor de Carlo Emilio Gadda?

En cuanto a Norman Shine, el dueño de la librería, perdónale que intentara deshacerse de ti; ¿cómo podía saber que no eras una rata del montón, sino una convenientemente alfabetizada, con propensión a la melancolía y con una irreconciliable, aunque reconciliada, afición a las películas pornográficas y a los musicales protagonizados por Fred Astaire? No se lo tengas en cuenta. Ni siquiera el bueno de Jerry Magoon, a pesar de su predisposición hacia lo insólito, supo ver en ti algo más que una simpática alimaña, ¡reconócelo! Y hablando de Jerry, qué mala suerte la suya, ¿no? Eso de caerse rodando por las escaleras y abrirse la cabeza de la manera más tonta, la verdad, no me lo esperaba. No creo que él quisiera nuestra piedad, pero tampoco despreciaría nuestras lágrimasý Estimado Firmin, no me malinterpretes, pero a veces me pregunto si no seremos, todos y sin excepción, más que un puñado de simples ratas.

Al transcribir tu historia, Sam Savage ha tendido uno de los ejercicios metaliterarios más entrañables que he leído en años. Díselo de mi parte, que me ha encantado. Ha sumado su voz a la tuya sin agasajos, sin atropellos, con finura, con inteligenciaý Ah, Firmin, no puedo contarte todo cuanto querría; se me acaba el espacio. ¡Una última cosa! Según parece, el hastío pudiera llevarte a recaer en el vicio de antaño. Puestos a comerte algunos libros, si quieres, yo podría darte alguna indicación. No séý Así de pronto, me acuerdo de Kafka en la orilla de Haruki Murakami. Puedes comerte cuantos ejemplares suyos encuentres. También todos los de Gothika de Clara Tahoces. Y para acallar voces que pudieran echarme en cara semejantes consejos, cómete también estas páginas. Que no quede ni una.

Un fuerte abrazo:

José Abad

Posdata: Ah, estoy completamente de acuerdo contigo cuando dices que los libros saben a lo mismo que huele el café. Me parece que jamás se describirá de manera más acertada nuestra común bibliofilia.

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