Letras hoy

Cuentos para este milenio

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En junio de 1984, la Universidad de Harvard encargó al escritor Italo Calvino un ciclo de seis conferencias sobre literatura destinadas al curso académico 1985/1986. Calvino puso manos a la obra de inmediato, englobando el proyecto bajo el título de Seis propuestas para el próximo milenio. Por desgracia, un ictus traicionero lo fulminó en septiembre de 1985 y ésta y otras tareas quedaron inconclusas. Esther Calvino, su viuda, rescató los textos de las cinco conferencias terminadas, una preciosa poética en la cual Calvino expuso los valores que la literatura del nuevo milenio, éste de ahora, debería poner en práctica en una sociedad cada vez más dependiente de los nuevos artefactos tecnológicos y menos pendiente de viejos artificios librescos. Las cinco propuestas completas son la ligereza, la rapidez, la exactitud, la visibilidad y la multiplicidad. De la sexta, sólo sabemos el título: la consistencia.

Vale la pena trazar, someramente, sus líneas maestras. Cuando Calvino defiende la multiplicidad nos advierte de la capacidad cuasi ilimitada de la novela para conectar hechos y personas, una idea fácilmente extrapolable a la ficción en general. Al hablar de visibilidad, en cambio, postula una literatura capaz de interesar a una ciudadanía cómodamente instalada en la cultura de la imagen. A propósito de la exactitud sostiene unas palabras que todo literato debiera hacer suyas: "La poesía, aunque sea hija de la casualidad, es la gran enemiga de lo casual"; o sea, la palabra exacta debe ser el resultado de una búsqueda, no del accidente. Al llegar a la rapidez se fija en el mundo por venir en el que la poesía y el pensamiento deberán apostar por la máxima concentración: "Estoy convencido -decía Calvino- que escribir prosa no debería ser distinto de escribir poesía; en ambos casos, se busca la expresión necesaria, única, densa, concisa, memorable"; la redundancia amenaza con echar abajo el edificio literario. La ligereza, por último, sería una reacción a la insoportable pesadez del ser; la literatura puede enseñarnos a vivir.

De acuerdo con estos postulados, los géneros literarios más capaces de satisfacer estas exigencias y con más probabilidades de supervivencia en estos tiempos acelerados serían la poesía y el relato. Si dejamos para mejor ocasión la poesía y cerramos nuestro foco de atención sobre la narrativa, el tan traído y llevado "microrrelato" -una definición que me resulta especialmente antipática, lo confieso- sería el molde idóneo donde verter la linfa de la exactitud, la rapidez o la ligereza propugnadas por Calvino. No significa esto que la imprecisión, la morosidad o el pestiño no hallen acomodo en el susodicho microrrelato; el problema no está en la teoría, sino en la práctica. No es el caso, por suerte, de Raúl Ariza. Ignoro si conocerá las lecciones calvinianas. Si no las conoce, las ha intuido y aplicado, con aceptable puntería, en el medio centenar de piezas reunidas en un volumen paradójico, Elefantiasis, de título tan desproporcionado, pero de hechuras tan justas. Sea como fuere, Calvino pensaba en autores como Raúl Ariza cuando redactó su poética.

Tal y como aconsejara el escritor italiano, las estampas de Elefantiasis enredan o desenredan los sutiles hilos de la madeja social. En estas breves piezas vemos y sentimos lo que ven y sienten los personajes, guiados por una prosa que siempre aspira al término o expresión más cabales. En bastantes relatos flotan esos aromas delicuescentes que evocan con extraordinaria viveza instantes que son resúmenes de una existencia. En las páginas de Elefantiasis hay vida a manos llenas. De un cuento a otro vemos encenderse apenas o apagarse definitivamente la llamita de un apetito, una esperanza, una ilusión. Aquí impera la ley del deseo. Y, en consecuencia, los argumentos se anudan en torno a la frustración, la traición o el miedo. Hay algún elemento muy sugestivo: varios personajes salen a escena dispuestos a darlo todo por la persona amada, pero acaban abandonando el escenario o bien frustrados o bien engañados, asustados incluso ante la perspectiva de que la persona amada satisfaga sus anhelos.

Leyendo Elefantiasis caigo en la cuenta de que la sugerencia debería haber sido un plausible séptimo argumento en las conferencias antes referidas. En este nuevo milenio, el autor no debe darle la historia terminada al lector, sino el material necesario para que la complete o especule con desarrollos y desenlaces alternativos. El texto debe ser perfecto, pero estar plagado de intersticios estratégicamente distribuidos para que el lector entre si quiere y, si quiere, se pierda en ellos. La literatura de este milenio debe apostar por un lector activo, tal como hace Elefantiasis.

Wells Tower, Seix Barral, Barcelona, 2010.

Julio Ramón Ribeyro, Seix Barral, Barcelona, 2010.

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