Diversidad y notas de calidad

  • El ciclo sinfónico y el violín de Anne-Sophie Mutter mantuvieron un nivel óptimo que no alcanzó 'El amor brujo' de la Fura La música completa de 'Egmont' o un Réquiem alemán por los suelos, entre las novedades

Como viene siendo habitual en los dos últimos años, la Fura dels Baus puso rúbrica al Festival, en este caso con una 'reinvención' escénica-musical de El amor brujo, de Manuel de Falla, con motivo del centenario del estreno de la obra, que defraudó las expectativas a las que nos tiene acostumbrado el conjunto catalán, cuya versión comento en otra página. Una edición variada que, dentro de una programación comedida, ha resultado no sólo interesante, sino con momentos de calidad. Aparte del espectáculo de la Fura que siempre tiene una extraordinaria capacidad de sorpresa, el Festival ha vuelto a apoyarse en uno de sus pilares básicos, el sinfónico, aunque sólo se han ofrecido cinco conciertos bajo esta etiqueta. Lo ha hecho con programación no sólo limitada a esquemas conocidos, como ha ocurrido con la interpretación, por vez primera íntegra, de la música incidental que Beethoven compuso para ilustrar el drama del Egmont, de Goethe, con un narrador que en principio era John Malkovich, pero que al final lo sustituyó Charles Dance, en la versión inglesa. Un concierto que prometía más de lo que acabó siendo al final, porque la Orchester Wiener Akademie, dirigida por Martin Haselböck, resultó ser un conjunto demasiado mediocre para abrir el Festival. Su abominable Séptima, de Beethoven, quedará como la peor versión escuchada en la historia del certamen. Menos mal que alcanzó otro nivel más digno en Egmont, cuya célebre obertura tantas veces nos la han mostrado en toda su belleza y dramatismo infinidad de conjuntos sinfónicos.

El ciclo se reconstruyó con la cincuentenaria Orquesta de Radio Televisión Española, con dos octogenarios, plenos de juventud comunicativa, como el pianista bilbaíno Joaquín Achúcarro, apasionado en su Rapsodia sobre un tema de Paganini, de Rachmaninov, y el director israelí Eliahu Inbal, extrayendo a una sólida orquesta una versión vibrante de la Sinfonía núm. 1, en re menor, Titán, de Mahler.

Dos conciertos notables cerraron el ciclo, a cargo de la Orquesta de París, sobre todo el primero, con una profunda y bellísima Segunda sinfonía, de Jean Sibelius, al que otro compatriota, el director Jukka-Pekka Saraste, supo extraerle esa hondura que late en la música del autor de Finlandia, apoyado en la magnificencia de una cuerda admirable y todo un conjunto de la máxima solvencia. Había, además, un excelente violinista, el francés Roland Capuçon, que bordó el Concierto para violín y orquesta, de Max Bruch. Al admirado en Granada Josep Pons lo arrastró un torrente francés desigual con Bizet, Chausson y, menos mal que al final, las dos soberbias suites del Dafni y Cloe, de Ravel, surgieron con potencia y, a veces, hasta con la emoción que se desprende de una partitura tan descomunal para la orquesta. Fue innecesaria la exhibición un tanto circense de otra página de La Arlesiana, como despedida de la agrupación parisina.

Se hubiese completado el ciclo sinfónico -que sigue siendo insuficiente- si se hubiera unido la completa idea sinfónico-coral. Fue una pena que no escuchásemos Un réquiem alemán, de Brahms, en su plenitud: con el extraordinario Rundfunkchor Berlin y una orquesta adecuada, en vez de un pobre piano, en su 'versión de Londres'. Y menos aún en un experimento, un tanto ridículo, de diseminar el coro entre el público y hasta obligarle a los asistentes, con rigor germánico, a que se tiraran al suelo para completar la escenografía, cosa que, naturalmente, me negué a hacer pese a los insistentes requerimientos de algunas integrantes de la tonta liturgia. La mejor manera de escuchar un réquiem de esa belleza y dramatismo y a un coro de tanta calidad es sentado y, a ser posible, con los ojos cerrados, y no pendientes en el suelo, a que pasen sobre tu 'cadáver' -se supone que, aunque luterana, al fin y al cabo, es una misa de difuntos- los coristas. La música hay que oírla, al menos, con dignidad. Respeto a los esnob que afirman haber descubierto, tirados en el suelo y revueltos con los intérpretes, una nueva forma de escuchar música. De todas formas todos sabíamos a lo que íbamos a asistir. No había sorpresa, sólo que me parece una lástima desaprovechar una jornada para una simple experiencia extramusical.

Una estrella

Con el que llamé 'violín embrujado' de Anne-Sophie Mutter, en perfecto diálogo con un pianista de la calidad de Lambert Orkis, en un programa con Brahms, Beethoven y un espectacular Tzigane, de Ravel -otra vez el genio del francés llenando de luz propia un programa- reaparecían las estrellas que han sido otro de los pilares fundamentales en el Festival que están en la memoria de todos, en el Palacio de Carlos V y en el Patio de los Arrayanes. Me parece que es el único recital que iba a dar en España la alemana, por lo que siempre es de agradecer que el evento tenga referencias de la máxima cualificación. Las primeras figuras deben estar presentes en el Festival porque son las que se recuerdan a lo largo del tiempo, aunque sea a costa de suprimir rellenos y hasta fechas. Los Karajan, Mrawisnki, Rubinstein, Richter, Norman y tantos otros nombres sí tienen sustitutos, hoy, en el panorama internacional. Con sólo una estrella no se hace firmamento.

danza, flamenco y otras cosas

Las veladas de danza -las llamo veladas por la insistencia de la música enlatada, salvo excepciones- han tenido variedad y han estado a un nivel estimable. Mencionaré, a modo de ejemplo, la calidad del Wiener Staatballet, sobre todo en su primera actuación, con obras maestras de la danza, bajo la sombra de Nureyev, con Luzmila Konovalova y Denys Cherevycho, en un brillante paso a dos de El Corsario. También el Ballet Nacional de Noruega nos ofreció una digna Carmen, en la coreografía de Liam Scarlett, con una sensible y comunicativa Melissa Hough. Desde los fiordos noruegos, Scarlett le transmitió gracia, elocuencia y dramatismo final a la cigarrera sevillana, porque es una excelente bailarina y la 'españolada' que recogió Bizet, sobre los textos de Merimée, rozó lo justo los estereotipos de 'toreadores', gitanos y panderetas.

Dos ballets españoles, el Nacional, y el de Víctor Ullate completaron el ciclo en el Generalife, con solvencia en su especialidad. El Nacional estiliza la escuela bolera y el flamenco, mientras Ullate se mueve en el ámbito de la pura expresividad corporal, con un recital de excelentes bailarines, de alta escuela, para dar vida, dramática, bella y, sobre todo, un canto a la paz, desgarrada por tantas atrocidades, en una profunda reflexión budista sobre la condición humana que cautivó al auditorio.

Ya sabemos que el flamenco es imprescindible en el Festival y buena cuenta de ello la dieron Estrella Morente, Vicente Amigo y Juan Habichuela 'Nieto'. El alma de la guitarra española clásica la desnudó Pepe Romero, con un programa popular y muy español en el que reveló su maestría.

Son ya habituales los conciertos minimalistas, representado este año por Win Mertens, y la voz popular de la israelí Noa, acompañada por la OCG ocupó otra jornada con músicas no estrictamente académicas. Las referencias en este periódico al concierto de la israelí subrayó la calidad de la velada.

Y, naturalmente, no habrá que olvidar ni al Ensemble Plus Ultra y a Blanca Portillo, recordando a Teresa de Jesús, ni a La Grande Chapelle y su incursión por músicas del tiempo del primer alcaide de la Alhambra, Iñigo López de Mendoza, segundo conde de Tendilla. Y menos todavía a los conciertos matinales en San Jerónimo ni, por supuesto, el ciclo de las 31 sonatas para piano, de Beethoven, en un lugar tan inapropiado y de insoportable calor como el Corral del Carbón, en el que jóvenes, pero muy preparados pianistas, ofrecieron notables lecciones de estos monumentos musicales, que casi cuentan la evolución técnica y humana del genio alemán. Betthoven merece un recinto más apropiado para escucharlo, por ejemplo el Auditorio Manuel de Falla.

Visto el programa del FEX, con la cantidad y diversidad de actuaciones, consigue cada año acercarse más a todos los públicos, en una misión importante para un Festival que, como es natural, no olvida tampoco la atención académica y el análisis en los Cursos Manuel de Falla.

Las exigencias del crítico, que ha seguido estas sesiones durante 57 años, sólo deben estimarse como un empuje a instituciones, patrocinadores y organizadores para que cada año, sin perder de vista el pasado, tengamos un Festival mejor, más interesante y renovado, trazando las líneas rojas -como dicen los políticos- entre lo importante y lo mediocre o secundario. Son los retos a los que tantas veces me he referido.

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