Ficción y metaficción

  • La editorial Anagrama acaba de editar el último libro del aclamado escritor norteamericano Paul Auster, al tiempo que ha lanzado en ediciones de bolsillo sus dos novelas precedentes

En la primera parte de Invisible, Paul Auster propone una situación extrema, empero verosímil: corre el año 1967, en Nueva York, y durante una fiesta en la que se habla de Vietnam, Cuba, pacifismo o marihuana, un veinteañero letraherido, Adam Walker, traba amistad con una extraña pareja. Él, Rudolf Born, es profesor visitante en la Universidad de Columbia; ella, Margot, su amante. Él se presenta como un estímulo intelectual para el joven, ella como uno sexual. Born le hace una oferta tentadora: quiere financiar una revista literaria y quiere ponerla en sus manos. Margot también le hará otra oferta irresistible: ella misma. Como adivinará incluso el lector menos curtido, la parejita no es trigo limpio. También Adam lo sospecha, pero sigue adelante, y entra en un juego peligroso desbaratado, antes de llegar a más, por uno de esos azares tan caros a Auster. Sea como fuere, ya nada será igual para el chico. La experiencia le ha descubierto facetas de la realidad y de sí mismo que le inquietan.

Con este planteamiento, se ponen las primeras mimbres de una de esas intrigas en las cuales, hasta el final, el narrador deberá ir ofreciendo carnaza suficiente para calmar el hambre, pero no para saciar el apetito. En la segunda parte, sin embargo, en otro típico revés austeriano, la ficción abraza la metaficción. La narración recae en Jim Freeman, un amigo de Adam de los tiempos de la facultad. Adam le confiesa el deseo de terminar, cuarenta años después, su evocación de los sucesos de 1967 antes de que una leucemia lo borre del mapa. Dadas sus dificultades para abordar los hechos, Jim le sugiere ciertas estrategias de distanciamiento y Adam abandona el relato en primera persona para retomarlo sirviéndose de la segunda. El lector, entonces, nota cómo el cambio de perspectiva redimensiona sutilmente la novela que tiene entre manos. Adam sigue siendo el mismo, pero no su historia. No es igual contar unos hechos desde el interior que contarlos desde fuera. En la ficción, tan decisivo como el qué se cuenta es quién lo cuenta, y desde dónde y cuándo y cómo se cuenta.

En la tercera parte, otra vuelta de tuerca. En un manuscrito póstumo, que Jim lee y corrige para nosotros, Adam pasa de la segunda a la tercera persona en unos pocos apuntes sobre su reencuentro en París con Margot y Rudolf Born, ahora separados, a finales de aquel 1967. Margot pasa a su cama y Born a su punto de mira. El joven quiere desquitarse, quiere amargarle la existencia de ese ser prepotente, y se decide por frustrar su matrimonio con una dama de la sociedad bien parisina con el que Born, tal vez, pretende redimirse. No obstante, Adam se dará cuenta demasiado tarde de que Born es un bocado más grande de lo que él puede engullir... La trama se hará aún más enrevesada en la cuarta parte, pero la narración no perderá fluidez. Auster consigue sin esfuerzo aparente lo más difícil, que estos experimentos narrativos, estos continuos reenfoques, se presenten al lector como parte de la ficción y no como imposiciones del novelista.

Invisible consolida los puntos fuertes de la narrativa de Paul Auster, pero también deja al descubierto sus, llamémoslas, "debilidades". El fantasma de la vanagloria aparece de cuando en cuando, con insistencia, en forma de pequeños detalles. Pongamos algún ejemplo: Auster crea unos sutiles vínculos con el protagonista (tanto él como Adam tenían veinte años en 1967, ambos se criaron en Nueva Jersey y estudiaron en la Universidad de Columbia, los dos vivieron en Francia) y lo engalana con una serie de atributos: inteligencia, sensibilidad, belleza, vigor sexual, etc., que, en esta ceremonia de la usurpación, redundarían en beneficio de la imagen que él, el escritor, pretende proyectar en el lector (Si estoy en lo cierto, Auster no destacaría por su modestia, no). Además, hay una tendencia a "complicar" el meollo con tramas aledañas no siempre bien engastadas en el texto, tal como sucede con la aventura incestuosa de Adam con su hermana Gwyn, un relato tangencial que no merecía convertirse en simple equipaje dentro de un viaje que va en otra dirección. En cualquier caso, el balance final es satisfactorio. No se discute, Paul Auster tiene un acusado sello personal y un mundo narrativo harto sugerente.

Paul Auster. Editorial Anagrama Barcelona, 2009.

Paul Auster Anagrama Barcelona, 2009

Paul Auster Anagrama Barcelona, 2009

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