Lecciones de periodismo

  • Debate edita 'Diario de Berlín', un clásico de William Shirer sobre el ascenso del nazismo contado con permenores

Si bien es cierto que la Historia, desde primeros del XX, se ha ido acercando a lo cotidiano, a lo minúsculo, a la ignorada intimidad de cada hombre, no es menos cierto que el periodismo, este viejo arte en extinción que alumbraron las luces del XVIII y las revueltas políticas del XIX, es quien ha dado el temblor de la hora y la peripecia humana cuando la Historia aún estaba por hacerse, cuando su inevitable colosalismo es sólo hecho en geminación y atropellado sucederse de escaramuzas y de hombres sobre la faz del globo. Esta urgente necesidad de conocer, la curiosidad por el destino de otro, es lo que encontramos en el magnífico Diario de Berlín de William Shirer, publicado inicialmente en 1941, y donde se cuentan, no sólo los avatares de su oficio en la Europa del nazismo, sino también la creciente desazón, el ominoso silencio de las masas, cuando aquel oscuro cabo austriaco trajo el fuego y la ira sobre el mundo.

Para aquellos que aún crean en la generación espontánea, en la inocencia de las poblaciones inducidas a la violencia y al oprobio, es muy recomendable pasear la vista por estas páginas, donde ya se da cuenta (año de 1934), de las cotidianas torturas infligidas a los judíos en edificios públicos, y cuya existencia era conocida incluso por los corresponsales de prensa extranjeros. No es necesario, pues, recurrir a Erich Fromm o a La barbarie: guía del usuario del centenario historiador Eric Hobsbawm; basta con asomarnos a la trémula agitación, a la verídica melancolía, al renovado espanto de William Shirer, para conocer el alegre atavismo y la profundidad mística que movilizó a todo un pueblo en aras de la raza, de la supremacía, y un ideal de muerte que mezclaba el viejo paganismo con la última y mortífera tecnología. Tampoco salen bien parados los embajadores ingleses, claramente pro-nazis, que transitaron el Berlín de aquella hora, o la temerosa actitud de Chamberlain en el asunto de Renania o los Sudetes.

Shirer no deja de ver en este ápice del militarismo la profunda raíz religiosa, el pavoroso trascendentalismo, que aquellas multitudes irradiaban, contemplando en éxtasis el gesto enérgico, el verbo insuperable y colérico de Adolf Hitler: "Fue más que un espectáculo espléndido: tuvo también algo del misticismo y del fervor religioso de una misa de Pascua o de Navidad en una gran catedral gótica".

No obstante, los avatares radiofónicos de William Shirer y el legendario Edward Murrow por aquella Europa, contados aquí con pormenor y escrúpulo, nos hablan no sólo de un modo heroico y honesto de entender el periodismo, de transmitir una verdad siniestra, sino de otra guerra paralela, la cual no es otra que la guerra de la información, de la propaganda, del silencio impuesto al enemigo.

Decía Barthes que censura no es obligarte a callar, sino hacerte decir lo que no quieres. El Reich milenario, no solamente aplicó la censura Barthiana; también aquella otra más pedestre, más inmediata y visible, de cortar las comunicaciones, de impedir la trasmisión radiofónica, y de inventar, en suma, noticias que justificaran su violencia. En el Diario de Berlín se cuenta también esta batalla; la batalla de un oficio tan fugaz y tan frágil como honroso: perseguir la verdad, denunciar lo execrable, defender lo humano, ay, cuando lo humano falta.

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