Liszt, con perfume de Al-Azhar

Recital de Bertrand Chamayou. Recital: Bertrand Chamayou, piano (Nina Presicek, en el estreno de Al-Azhar). Programa: Preludio, coral y fuga, de César Franck; Años de Peregrinaje, Primer Año, Suiza  (Au bord d’une source, Les cloches de Gëneve), de Franz Liszt; Les cloches de Las Palmas, op. 11, num. 4, Étude en forme de valse, op 52, num. 8, de Camille Saint-Saëns; ‘Al-Azhar. El aroma hecho sueño’, de Iluminada Pérez Frutos (estreno, en el marco del proyecto MusMA; Años de Peregrinaje, Segundo año, Italia. Sposalizio, Sonetos 47 y 123 del Petrarca, Después de una lectura de Dante, fantasía casi sonata, de Franz Liszt. Lugar: Patio de los Arrayanes. Fecha: Martes 28 de junio de 2011. Aforo: abundantes claros.

El primer concierto que dentro del ciclo del programa de la radio europea –MusMA– se celebró en torno a la obra de Liszt y los estrenos absolutos programados, tuvo la incidencia de la repentina sustitución –anunciada por la pianista Khatia Buniatishvili a solo pocas horas de celebrarse, lo que demuestra su falta de responsabilidad y de respeto– por otro intérprete, el francés Bertrand Chamayou. Con todo el respeto que merece el proyecto, creo que el Festival tenía que haber incidido más en la obra de Liszt, que no es sólo la de su piano, sino su importante aportación sinfónica: ahí están su Poemas sinfónicos, de los que bebería el propio Richard Strauss y otros muchos, como ya dije en el análisis ‘Liszt: El piano diabólico y revolucionario’, del pasado martes. Por otro lado, el húngaro, en su bicentenario, merece integrales de algunos de los más significativos ciclos creadores –los Años de Peregrinaje, que si están presentes, al menos en parte, los cuadernos de Estudios, la Sonata en si menor, escamoteada del primer programa, que es obra clave del piano más maduro del compositor–, en vez de perderse por los aledaños de obras más o menos relacionadas con la herencia pianística que dejó, como ocurre con César Franck o Rachmaninov, por ejemplo. Recordaremos el éxito clamoroso que obtuvo Barenboim con un programa Liszt, en 1985, en el Palacio de Carlos V. Nunca es malo para el Festival bucear en sus lecciones.

En cualquier caso, Bertrand Chamayou reveló su gran categoría pianística, su poderoso dominio del piano de Liszt, el virtuosista, caso de la quasi sonata Después de una lectura de Dante, donde Chamayou hizo un alarde de ductilidad, elocuencia y magistral dominio de las sonoridades, sólo al alcance de los grandes maestros del teclado. Pero también el meditativo, profundo, lírico de los Sonetos del Petrarca, todos del Segundo cuaderno de Años de peregrinaje, dedicado a Italia, que contrasta con la obra juvenil y un tanto tópica del Primero de ellos, dedicados a Suiza –entre las páginas de los cuadernos hay algunas con 30 años de diferencia–, donde se incluyen en ese segundo volumen, en su completa edición, creaciones inspiradas ante obras de Rafael o Miguel Ángel. De los Sonetos del Petrarca hay hasta tres revisiones. Fue lo mejor del recital, junto a los alardes de los obsequios finales, superando a las versiones un tanto convencionales y frías del Preludio, coral y fuga de César Franck –Liszt siempre quiso que su piano fuese una orquesta y sonara como un órgano- o de Saint-Saëns, aunque tuviese una prueba difícil, superada con brillantez, en el Estudio en forma de vals. Admiró el sonido aterciopelado, la magnificencia de su técnica, su poderío, la cristalina forma de exponer la sucesión, a veces, de endiabladas exigencias mecánicas y, al mismo tiempo, expresivas. Es, en resumidas cuentas, un gran intérprete y un pianista de altos vuelos.

Lástima que la supresión del programa anunciado nos escamoteara la Sonata en si menor que es, para muchos, obra cumbre del piano de Liszt, y en esta idea de concitar recuerdos, Prokofiev y Stravinsky, que tanta influencia recibieron en el sentido voluptuoso de las disonancias y en su creación de la politonalidad que encontraremos, también, en Schönberg y Bartok.

Capítulo muy especial tuvo el estreno de AL-AZHAR. El aroma hecho sueño, de Iluminada Pérez Frutos, profesora del Conservatorio Superior de Música de Granada. La interpretación la realizó la pianista eslovena Nina Presicek, con gran solvencia, teniendo de pasahojas, nada más y nada menos que al propio Chamayou.

La obra, asentada sobre ritmo de polo, tiene encanto, sobre la leyenda de la bella Al-Azhar, en la Granada musulmana, destinada al sultán Alkabul, pero que acabó enamorándose de un artista y, lógicamente, en la leyenda, terminaron trágicamente ambos su historia de amor. Azhar no murió nunca y su aroma lo respiramos, en nuestras noches perfumadas, los granadinos y, además, parece imprescindible en los ramos de novia. Toda esa sugerencia traducida en música –con guiños naturales al Liszt de las leyendas y las impresiones– requería una especial sensibilidad, en una composición iniciada con acordes tenues, sutilezas, para transcurrir en un mosaico de densas y dramáticas sonoridades, envuelto todo el material en un inteligente canto al misterio, a la íntima poesía, a la delicadeza, no exenta de vigor y dramatismo. Una interesante partitura, no liberada de dificultades, que, como las de Liszt, necesita un sólida intérprete, como fue la pianista eslovena. Inmaculada Pérez Frutos contribuyó con su música a la otra sugerencia de los Arrayanes. Liszt no pudo estar mejor acompañado que con el aroma del azahar hecho música de hoy.

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