Mecánica de la muerte

  • Boris Pahor describe la culpa del superviviente de los campos de concentración en 'Necrópolis', un libro de un extraño lirismo

Boris Pahor. Anagrama, Barcelona, 2010. 259 páginas, 17,50 euros

En el prólogo a esta Necrópolis, Claudio Magris nos informa de la escondida humanidad de Boris Pahor, triestino de origen esloveno, y cuya obra sobre los campos de exterminio sólo habría conocido muy tardíamente. Sin embargo, es probable que el lector curioso conozca los escritos de otros supervivientes, así como las polémicas habidas entre ellos, a cuenta del modo de afrontar un hecho, en toda su extensión, inafrontable. Así ocurrió entre Primo Levi y Jean Améry; y ése fue también, en última instancia, el motivo que llevó a Paul Celan a exigir una explicación a Martin Heidegger sobre su silencio culposo.

Para Heidegger, los campos de exterminio fueron lo que él llamó, con funesto tecnicismo, Ge-stell, la mecanización de la muerte. Y en esta Necrópolis de Pahor, más cercana al vitalismo de Odette Elina que al desgarro de Améry, queda clara esta utilización del mundo, del ser humano, como vestigio utilitario y combustible. Más tarde, Hannah Arendt nos hablará de la banalización del mal y de la conveniencia o no de fundar un estado judío. Pero antes ocurrió lo indecible; y es esta indecibilidad, la minuciosa reducción de lo humano a partícula exhausta, a materia inflamable, a un cálculo donde el hombre es sólo motivo de predación y olvido, lo que Pahor dice en estas páginas con un extraño y desolador, con un radical lirismo. En efecto, Necrópolis es de una estremecedora profundidad lírica. Pero esta voluntad poética nace del esfuerzo por explicar, quizá con imposible rigor, la paradójica condición del superviviente. Todas las metáforas que utiliza Pahor para definir la muchedumbre ingente de cautivos vienen del reino animal, del vegetal, o del ámbito de la industria. No hay una sola descripción que se circunscriba a lo humano. Al contrario, es el ominoso Ge-stell de Heidegger, la trasvaloración del prisionero en insecto, en colección de astillas, en desfigurado polluelo hambriento, el que traza una insalvable línea divisoria: aquella que delimita lo vivo de lo inerte.

Cuenta Odette Elina en Sin flores ni coronas que en Auschwitz se había olvidado de llorar, hasta que de improviso la besó un niño. Esta intromisión de la vida en la severa geometría de la muerte es la que quizá no exista en Necrópolis. En este sentido, todo el libro de Pahor es un impecable tratado de economía: economía del dolor, del hambre, de las heces; economía de las multitudes, convertidas en carburante, y cuyas llamas calentaban las parvas duchas de los prisioneros. Economía también de la conciencia, reducida a un rutinario avanzar entre cadáveres y fango. Como "un hombre de fuego y ceniza" se define Pahor, después de haber sobrevivido, de haber habitado "allí, donde los seres vivos ya se han convertido en sombras impalpables". La conclusión a la que llega, sin embargo, es doblemente desoladora: para quien regresa de ella, la muerte no se puede nombrar, no se puede expresar, y es imposible inmiscuirla entre lo vivo. A lo cual se añade que el sentimiento natural del superviviente es el remordimiento.

Hay remordimiento en el fatalismo de Levi; como lo hubo en la amargura irrestañable de Améry. En esta Necrópolis de Pahor, es una culpa intelectualizada, digerida, inasumible al cabo, la que vertebra unos recuerdos que son recuerdos de la nada. No otra es la tesis última del libro: los campos de exterminio, Dachau, Bergen, Harzungen, aquéllos por los que pasó, son el ámbito infinito de la nada. Lo novedoso en ellos es un radical despojo de cuanto una vez fue humano.

Así, cuando Pahor recuerde a aquel ejército de sombras, sabrá que todos ellos no formaban parte de este mundo, y que su orilla era la orilla de la muerte. En cierto modo, era el universo al completo, los bosques circundantes, la nieve inmisericorde, los caminos de barro, quienes se conjuraron para incrementar u ocultar su desdicha, en un inesperado drama cósmico. De ahí que cuando rememore su marcha en un tren, camino de Dachau, Pahor escriba: "El humo, que salía con un jadeo pesado, caía sobre la larga cadena de contenedores y ayudaba a la noche a esconder la vergüenza humana".

Es el hombre infinitamente solo, vivo más allá de la muerte, con una inmortalidad aciaga, el que nos mira desde esta Necrópolis. Y no es la piedad, sino una franqueza aterradora, la que dirige estas hirientes y angustiadas páginas.

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