Parlamento europeo

La Phaze. Fecha: martes 29 de marzo. Sala Planta Baja. Aforo: 200 personas.

En la Francia en la que Marine Le Pen le come terreno a Sarkozy, el megalómano dirigente dispuesto a liderar la liberación libia en pos de una grandeza pretérita, napoleónica, que al tiempo le haga recuperar la popularidad perdida de cara a los próximos comicios, en esa misma Francia que exhibe orgullosa a su deseada primera dama, existe también un subsuelo de jóvenes airados y tatuados, subversivos y respondones que gritan su desencanto y su frustración al ritmo enloquecido de las máquinas.

No solo en Francia sino en toda la Europa no sospechosa de insolvencia para las agencias de calificación, se despliega un entramado de salas, asociaciones de jóvenes, bandas y público ávido de experiencias, que conforman un circuito estable y saneado para la juventud. Las salas cumplen con las normas de aislamiento, las bandas cobran cachés dignos y el público puede elegir entre una amplia oferta de conciertos a precios razonables. Y todo ello es posible gracias al apoyo y las subvenciones que reciben de sus respectivos estados. A día de hoy parece una quimera que las instituciones en España presten alguna atención al circuito joven más allá de las sanciones y las persecuciones a las que someten a cualquier manifestación cultural no controlada por ellas. En eso todavía estamos muy lejos del resto de Europa, pero la noche del martes, los dos centenares de entregados asistentes que acudieron a ver el demoledor -y breve- directo de La Phaze, sí cumplieron el papel de público formado y activo al nivel de sus homólogos del norte. Incluso hubo quien pidió la hoja de reclamaciones para quejarse por la brevedad del concierto y por el incumplimiento de la ley antitabaco por parte del cantante del grupo, que encendió un pitillo sobre el escenario a los bises. Va a resultar que los jóvenes antisistema se aferran a las leyes restrictivas con tanta fe como los hosteleros más inmovilistas del sector. Vivir para ver. Al margen de las anécdotas, los franceses, ampliados de trío a cuarteto para afrontar sus intensos directos, pusieron la sala boca abajo con su contundente base de ritmos jungle, convirtiendo sus canciones en auténticos parlamentos de una Europa alternativa a la de los tecnócratas de Bruselas.

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