De San Petersburgo a Granada, un siglo

Pocas son hoy las compañías capaces de acometer, de forma más o menos literal, los grandes títulos del repertorio clásico y romántico. Por eso es lógico que este Festival, que quiere hacer del Generalife un espacio para la danza, en cualquiera de sus modalidades, haya recurrido también para el género clásico al Staatsballett, que ya demostrara hace dos años, en este mismo lugar, su gran dominio del neoclásico.

Resultado de la unión entre las tres grandes compañías existentes en Berlín, el Staatsballett pudo estrenar esta pieza en 2005, gracias a su plantilla de 88 bailarines -entre los que aparecen ya bastantes orientales y españoles- como una fiel revisitación de la que vio la luz en el Teatro Marinski de San Petersburgo en 1890, con coreografías del maestro indiscutible del género: Marius Petipa. Una versión muy digna y cuidada, además de bien estructurada y, sobre todo, bien bailada gracias a la excelente formación técnica de sus integrantes aunque, si hemos de ser sinceros, no todo lo emocionante que esperábamos.

Es cierto que ya el libreto original, basado en el cuento homónimo de Perrault, deja algo descompensada la historia, deteniendo a menudo la narración para dar ocasión de lucimiento a los bailarines, hecho que se aprecia en el cuarto acto en el que, como un pequeño guiño a Perrault, bailan en la fiesta personajes de sus cuentos como Cenicienta y el Príncipe, Caperucita Roja o El Pájaro Azul y la Princesa Fiorina antes de llegar al famoso paso a dos de los enamorados, con todas sus variaciones coreográficas. Pero también es cierto que pasaron desapercibidos momentos tan importantes como el del beso (por favor, ese beso que todos y todas esperamos desde el principio de los tiempos, ese beso capaz de despertarnos de cualquier letargo y convertirnos en príncipes o princesas de nuestras vidas...).

Toda la velada estuvo marcada por una tibieza expresiva a la que ayudó muy poco la iluminación y menos aún el vestuario, aunque es necesario destacar la expresividad de los momentos de peligro en que aparece en escena el hada mala Carabosse. Probablemente porque el personaje estuvo interpretado por Malakhov -director artístico de la compañía y uno de los mejores bailarines de Europa- con un registro más cercano a la pantomima que a la danza.

Pero siempre es un placer para los amantes de la danza clásica reconocer muchas de las posiciones y figuras que han quedado como modelos y símbolos de uno de los géneros dancísticos más sofisticados, aunque haya que seguir lamentando los problemas del foso que nos impidieron apreciar en directo la intensidad melódica y el brillo instrumental del maestro Chaikovski.

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