Saramago y el segundo mandamiento

  • 'In nomine Dei', un retrato del peso de las religiones en el mundo

La obra de José Saramago que lleva por título In nomine Dei, en su versión teatral, la hemos podido disfrutar durante días pasados en nuestra ciudad. La pieza es de gran potencia dramática. Su puesta en escena por el Centro Andaluz de Teatro, con un magnífico plantel de actores y bajo una acertada dirección, da de sí todo lo que el texto de "nuestro" Nobel portugués lleva dentro. No voy a entrar en los pormenores de la interpretación puestos de relieve por la crítica. Sí es mi intención enhebrar algunas reflexiones al hilo de una obra representada en momentos en que la religión vuelve a estar presente en nuestras sociedades de una manera que hace décadas nos habría parecido más que improbable.

Vivimos una época en la que los fundamentalismos religiosos o las manifestaciones integristas de la religión están a la orden del día. Tras el colapso de las ideologías seculares que en el siglo XX sirvieron de marcos de referencia, las religiones han vuelto a hacerse presente en las sociedades contemporáneas. Ha habido quien, como el sociólogo francés Gilles Kepel, ha puesto todo ese renacer religioso, con el consiguiente intento de reocupar los espacios públicos, bajo el rótulo de "la revancha de Dios". No vamos a pensar que en España un dios expulsado por la puerta se nos cuela por la ventana, pero sí hay motivos para estar preocupados ante una Iglesia que en buena parte olvida su último concilio y retoma banderas confesionalistas que se creían aparcadas. Las declaraciones del episcopado en los últimos años lo corroboran. Un último botón de muestra es lo dicho hace poco por un destacado monseñor que ha venido a identificar los polémicos y partidistas posicionamientos de los obispos con la "palabra de Cristo", siendo a todas luces otra reedición del hablar "en nombre de Dios" monopolizando su palabra. Tan insostenible pretensión hace aún más oportuno atender al mensaje transmitido por la obra de Saramago, que gana especial eco desde ese noble rincón del Realejo -antiguo barrio judío de la Granada medieval-que es el teatro Alhambra.

No sorprende que Saramago se ocupe de religión. Desde su "moderado ateísmo", que es fórmula con la que él mismo se presenta, no sólo ha tratado lo religioso, sino que ha abordado con frecuencia la cuestión de Dios, sea a través de declaraciones explícitas, sea a través de sus personajes. Como suelen hacer los ateos, Saramago se toma en serio a Dios. Ya lo hizo con la misma figura de Jesús en su libro El Evangelio según Jesucristo, del cual debía ser de recomendada lectura en las Facultades de Teología -como bien podía representarse In nomine Dei en la sede de la Conferencia Episcopal española-. El caso es que cuando la posición atea se adopta desde un planteamiento crítico por fuerza da que pensar a los creyentes, los cuales no pueden sino dejarse cuestionar por los argumentos de tal ateísmo si a su vez quieren que sus convicciones no queden en la ingenuidad dogmática de la llamada fe del carbonero.

Un ateísmo crítico y una seria convicción religiosa no están tan distantes como normalmente se piensa. Vista la cuestión desde la tradición judeocristiana, buena parte de razón llevaba el filósofo Ernst Bloch cuando en su libro El ateísmo en el cristianismo afirmaba que "sólo un cristiano puede ser un buen ateo, sólo un ateo puede ser un buen cristiano". No en balde a los primeros cristianos los consideraron ateos por su negación de las divinidades del panteón romano y, sobre todo, por su negativa rotunda a la divinización del emperador. Era lo consecuente con el mensaje de un Jesús de Nazaret que, radicalizando el "hilo rojo" de los profetas de Israel, había revolucionado la imagen de Dios de la tradición judía en la que se ubicaba.

La mirada del otro obliga a ver lo que la visión narcisista de lo propio deja en penumbra. La perspectiva de quien desde el ateísmo contempla las guerras de religión que asolaron Europa en el siglo XVI, concentrando el enfoque sobre el virulento conflicto en la ciudad alemana de Münster entre intransigentes católicos, reformistas luteranos y fanatizados anabaptistas, pone de relieve las perversiones de lo religioso que acaban distorsionando la religión hasta el extremo. Ésta nutre desde su ultimidad trascendente las motivaciones humanas más profundas, las cuales pueden apuntar al despliegue de lo mejor del hombre o derivar hacia lo peor de las posibilidades humanas. La gran coartada que se da a sí mismo quien se piensa en posesión de la verdad absoluta y con supuestas credenciales para interpretar la voluntad de Dios ha suministrado históricamente las más fraudulentas justificaciones para la comisión de horrendos crímenes. ¡Ya Caín mató a su hermano movido por celos religiosos! En esa llaga hurga dolorosamente Saramago, con excepcional la finura psicológica al adentrarse en la herida, recordando además a quienes tienen una memoria muy selectiva que los excesos fundamentalistas no se dan sólo entre musulmanes.

Ciertamente, el drama que, bordeando la tragedia, nos ofrece Saramago constituye una apología a favor de la tolerancia, de esa tolerancia que se abrió paso en Europa a través de la Paz de Augsburgo y luego la Paz de Westfalia hasta acabar con las guerras de religión, y también de la que hay que rescatar ahora como virtud cívica -esa "pequeña virtud imprescindible" como la llamó Iring Fetscher-, básica para la convivencia en sociedades plurales que quieren vivir en democracia. Sin embargo, esta obra de nuestro dramaturgo ateo ha de servir además como recordatorio para los creyentes de aquello que decía el considerado segundo mandamiento de la ley mosaica: "No tomarás en falso el nombre de Yahvéh, tu Dios" (Ex 20,7). Tal prescripción, de intención tan anti-idolátrica que advierte contra la tentación de hacer un ídolo más hasta del mismo Dios adorado como verdadero, utilizándolo para encubrir bajo su nombre intereses propios, es la que debe formularse una y otra vez con renovado énfasis. Nombrando a Dios se mató y se sigue matando en el largo y ancho calvario de la historia. ¡Basta ya!, viene a gritar Saramago. Mejor será retomar la práctica judía de la prohibición de toda imagen de Dios, incluida la de su nombre. Como venían a decirse al final dos de los personajes de In nomine Dei: ¿No es todo nombre una cáscara vacía si nombra en falso? ¿Y cuándo no se nombra en falso? Respuesta a estas preguntas ya las dio, "transmutando todos los valores" -por decirlo al modo nietzscheano- quien por ello acabó ajusticiado en el Gólgota. ¡Bendito ateísmo que hace redescubrir estas cosas!

Etiquetas

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios