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bbc philharmonic

Programa: Obertura de 'Rusian y Liudmila', de Mijail Glinka; 'Concierto para violonchelo y orquesta en si menor, op. 104', de Antonin Dvorák; 'Sinfonía en si menor, op. 74, de Piotr Illich Chaikovski. Violonchelo: Pablo Fernández. Director: Juanjo Mena. Lugar y fecha: Palacio de Carlos V, 24 junio 2016. Aforo: Lleno

El ciclo sinfónico de esta edición ha sido atendido como exige la historia del Festival. Lástima que no se haya aprovechado la presencia de la Filarmónica de Viena que hoy da un concierto en Madrid, con Perianes de solista, para incluirla en el ciclo que, en el capítulo extranjero, se ha reservado a las orquestas inglesas. Bien es verdad que las orquestas británicas, muchas veces en los programas del certamen, tienen calidad incuestionable. Ocurre con la BBC Philharmonic, de Mánchester, que no se debe confundir con la BBC Simphony, con residencia en Londres. Precisamente la creación de la Sinfónica, en 1930, hizo que las orquestas de las radios regionales que tenía la British Broadcasting Corporation se intentasen eliminar. La de Manchester quedó reducida a menos de una decena de miembros, decisión que fue corregida, por fortuna, y el conjunto del norte fue recuperando cuerpo, convertida en Filarmónica, y aunque no compita con la Sinfónica, por la que han pasado las mejores batutas nacionales e internacionales, si ha consolidado un sólido prestigio, en la línea de calidad de los conjuntos ingleses.

Esta orquesta, de las cinco que mantiene la cadena, dio pruebas de su solvencia con un programa muy conocido y de efecto. Y digo 'conocido', en líneas generales, porque todavía avergüenza que parte del público que asiste al Festival, interrumpa con aplausos inoportunos entre los movimientos, sin molestarse, al menos, de mirar el programa de mano, cualquier partitura 'conocida', incluyendo la Patética, de Chaikovski . Y, además, tenía la virtud de unir a músicos británicos -los del conjunto orquestal- y españoles, empezando por su director actual, Juanjo Mena y un joven y extraordinario violonchelista como es el madrileño Pablo Fernández.

De él nos ocupamos más detenidamente porque su técnica es impecable, la riqueza de su sonido y su capacidad de expresividad es capaz de ofrecer todos los matices exigibles en el bellísimo Concierto, de Dvorak, el que los aficionados salen canturreando, al final, el luminoso tema que preside y se repite, con sus variaciones, a lo largo y ancho de la partitura. Esta página del compositor checo, preferida por las grandes figuras, y tantas veces escuchada, exige un intérprete excepcional, no sólo capaz de superar las complejidades técnicas, sino que cada sonido, cada tema, cada instante de diálogo, consígo mismo y con la orquesta, adquiera una dimensión emotiva y trascendente. Virtuosismo, sí, sobre todo en el rondó, pero, especialmente, poder y capacidad para convertir el violonchelo -como tantas veces hemos reconocido en los grandes intérpretes, como Rostropovich, por ejemplo- en un violín alado, o en un bajo dramático, pero también en una voz que llegue a lo más profundo del corazón del oyente.

Es lo que separa una interpretación ordinaria de otra que realmente arranca el alma de la partitura. La calidez del comienzo, tras la larga introducción orquestal, que define el tema a desarrollar e invita al diálogo, la belleza del adagio y ese finale que, como dicen, estaba dedicado a un amor primero del autor -su cuñada-, que acababa de fallecer, fue un compendió de conocimiento y emotividad, en un coloquio apasionado entre el chelo y una orquesta muy bien dibujada por Juanjo Mena. Fue, quizá, el mejor momento de la noche. El violonchelo descubierto, por vez primera, en el Festival, de Pablo Fernández nos puso un nudo en la garganta interpretando, con calidez -de sus dos regalos- el Cant dels ocells, la pieza intimista que armonizó Casals y que se prodiga en los recordatorios a los que no están con nosotros, quizá como prolongación del sentimiento que embargó a Dvorák cuando modificó la partitura para incluir el lamento por un viejo amor desaparecido.

El concierto se había iniciado con una grisácea versión, algo tosca, de la obertura de Glinka, Rusian y Liudmila, la ópera en la que el ruso se deja llevar no sólo por sus referencias nacionalistas, sino por las influencias italianas. Para finalizar con la monumental Sinfonía num. 6, en sí menor, op. 74, 'Patética', de Chaikovski, toda una prueba para orquesta y director. La versión fue correcta para una orquesta sólida e irreprochable en todos sus elementos -cuerda compacta, bella en el sentimiento que en momentos se exige, metales y maderas perfectas, percusión solvente-, en la que destacó el hondo dramatismo con el que se inicia y cierra la partitura.

Entre lamentosa y violenta, se inicia la sinfonía con el sonido siniestro del fagot del primer tiempo o se cierra con un adagio con la coral fúnebre de los trombones -magníficos-, la cuerda que va languideciendo, como si se despidiera del mundo, hasta hacerse imperceptible como el último suspiro. Principio y final fue, a mi parecer, lo más emotivo y logrado por orquesta y director, envolviéndonos en el matiz real del patetismo y la derrota de un final omnipresente. En el centro, la partitura exige demasiado a una orquesta, con sus contrastes, a veces violentos, desde el Allegro con grazia, con su idea de reposo, al triunfo de su allegro molto vivace -que confundió a algún despistado espectador a creer que así acababa la obra-, que da paso al patetismo con el que se cierra, igual que se abre, la mejor y más ambiciosa sinfonía de Chaiskovski. Pablo Fernández resolvió estos contrastes con solvencia, pero sin llegar a la brillantez que han ofrecido otras interpretaciones. En la Patética la corrección o el esfuerzo colectivo pueden no ser suficientes, aunque sean dignos del máximo reconocimiento.

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