Umberto Eco, Granada en la memoria

  • El intelectual italiano, fallecido el pasado 19 de febrero, fue el gran protagonista del Hay Festival de Granada en 2008, donde dejó patente su cultura y su fino humor

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Las enseñanzas que dejaron aquellos recuerdos vuelan a mi pensamiento tras la estancia por Granada del brillante escritor y entrañable ser humano, de cuya compañía y amistad disfrutamos durante los días de abril de 2008, en que se desarrolló uno de los encuentros literarios internacionales más reconocidos e importantes de la ciudad. El Mapfre Hay Festival Alhambra, dirigido por Sheila Cremaschi, y patrocinado por la Fundación Mapfre, con el buen hacer de su director en el Instituto de Cultura, Pablo Jiménez Burillo, y de su director de proyectos, Iñaki González Casasnovas, congregó a numerosos y destacados especialistas y personalidades de la Cultura, en una cita que puso de manifiesto el necesario diálogo cultural entre Oriente y Occidente. El éxito de esta "fiesta de la palabra", como se llegó a denominar al festival en los medios, se basó en la participación de celebridades y figuras de gran relevancia por sus sobresalientes aportaciones al mundo de las Letras y el Arte, como fue el caso del premio Nobel de literatura turco Omar Pamuk, el historiador e hispanista británico Paul Preston, el escritor y filósofo italiano Umberto Eco, a quien se rinde tributo en este homenaje escrito, el profesor de Literatura y escritor granadino Francisco Ayala (al que se le homenajeó durante la celebración del evento en el Carmen de los Mártires) o el poeta libanés Adonis, con la presencia también de escritores españoles como Almudena Grandes, Juan Goytisolo, Luis García Montero y el cantante Joaquín Sabina, además del ya desaparecido cantaor granadino Enrique Morente, que cerró con broche de oro el festival en un emotivo concierto en el Palacio de Carlos V.

Obtuve un singular aprendizaje al compartir unos inolvidables y aleccionadores días en compañía de Umberto Eco, ya que me sugirió con exquisita cortesía que hiciera de guía durante su estancia en Granada. Fue por eso que plasmé durante aquellas jornadas primaverales, con ilusión y de forma fugaz e irrepetible, en mi cuaderno de dibujos y notas, una especie de crónica personal, en la que dar testimonio de las experiencias que aquí relato y que tuvieron su reflejo en forma de breves apuntes añadidos. Paso a citar algunos de ellos, extraídos directamente de comentarios que el mismo Eco hiciera durante aquella visita a la Alhambra, también otros que fui intercalando como recuerdo de la lectura de una de sus obras más conocidas y que transcribí directamente junto con mis dibujos y algunas poesías.

La mañana del 4 de abril visitamos la Sabika, entre un claro despertar de los sentidos -el silbo aflautado de la oropéndola y un aroma violeta y malva evanescente de glicinias en cascada tapizaba muros de adobe en la calle Real-, lo que me hizo recordar los versos de Elena Martín Vivaldi, Glicinias con lluvia: "Puedo mirar y ver, y son ternura. Color tan derramado que pregona, si verde, gris; morado si abandona su cascada de luz…".

Nos encontramos con María del Mar Villafranca, directora de la Alhambra, para recoger los pases de protocolo de Renate Ramge, Umberto Eco, Pablo Jiménez Burillo, Jorge Lozano y el que escribe. Cabría destacar alguno de los momentos compartidos durante el paseo por los jardines y palacios del conjunto nazarí. Nuestra anfitriona ejerció de ilustre guía del monumento, mientras Umberto Eco aportaba su sabiduría y conocimiento de la cultura europea de aquel momento. El instinto literario del Professore Eco dio sus frutos en comentarios inteligentes y observaciones audaces. Se interesó mucho por el sistema hidráulico de abastecimiento al recinto palatino desde la Acequia Real. Ante la portada de Comares hicimos referencia a la traducción de la inscripción árabe que decora el frontispicio de este palacio del rey nazarí Muhammad V: "Mi posición es la de una corona y mi puerta una bifurcación: el Occidente cree que en mí está el Oriente". Muy acertadamente, Umberto Eco trajo a colación uno de LosCuatro Libros de la Medida de Alberto Durero, sobre el tema de aplicar los principios de la geometría a la arquitectura, la ingeniería y la tipografía, como respuesta a mi comentario acerca de la fachada del Cuarto Dorado en relación a las leyes armónicas de la proporción áurea. Renate sonrió levemente con complicidad al oír el nombre de aquel ilustre compatriota suyo mientras, en una esquina del patio, casualmente, unos matemáticos japoneses estudiaban los aciertos y las inexactitudes en las medidas del espacio arquitectónico.

Con posterioridad accedimos al patio de los Arrayanes. Caminamos hacia las sombras dibujadas tras los arcos y celosías que se perfilan en las mudas paredes que contemplan el indescifrable sueño del agua, sultana afable que destrenza su cabello junto al chisporroteo de la fuente de luceros. Los grises y verdes reverberaban en las estancias sustentadas en heridos mármoles por el exceso de abriles. Suspiros del cristal vivo en brillos de colores danzaban entre llantos de inciertos amaneceres. Entramos al Salón del Trono y Eco me hizo recordar mis últimas averiguaciones en referencia al desarrollo de la disposición de las estrellas de ocho puntas, características en los trazados decorativos nazaríes de sus muros y en la cúpula de los Siete Cielos. El firmamento de madera de Yusuf I, resultado de la inspiración artística y de la matemática, nos deleitaba con las más bellas formas, con los más diversos tipos de patrones geométricos, aquellos que a menudo provocan el éxtasis en el espectador a través de sus juegos, series de figuras, líneas y colores.

Los cuatro Árboles del Universo están en perfecta armonía con el trazado preciso de los astros del Salón del trono. La luz celestial -fulgor de la luz etérea en eterna emanación- queda plasmada a través del blanco más puro y radiante de la bóveda que envuelve el trono cósmico.

Umberto Eco, al observar este cosmos alegórico del Salón del Trono, nos comentó la posibilidad de escribir un relato ambientado en la Alhambra. Al ser un gran estudioso de la Italia contemporánea al conjunto monumental de la Fortaleza roja y del trecento italiano de Dante y Giotto, trataría de sumergirse en el mismo periodo histórico a través del Reino Nazarí.

En aquel momento fue como si Eco se transformara en Guillermo de Baskerville y me hiciera sentir como su joven discípulo Adso de Melk, al hacerle partícipe de un hallazgo cromático que fue un fascinante reto para el franciscano y arabista Darío Cabanelas, mientras realizaba su estudio y ordenación del paradisíaco espacio alhambreño; el mismo investigador que trabajó durante décadas en la cúpula y diseccionó las formas y zafates que giran en torno a la sura del reino. La composición geométrica de todas estas piezas tiene su origen en un octógono central en torno al cual giran las esferas de las estrellas fijas, que a su vez se dividen en múltiples círculos que se desplazan de una forma ordenada como si fuera el alma del Universo.

Mientras recordábamos al arabista y erudito Miguel Asín Palacios y su revelador análisis de la cosmovisión de Dante en La escatología musulmana de la Divina Comedia, entramos en el baño de Comares, percibimos un frío lunar, nos detuvimos en apreciar en sus bóvedas esquifadas las constelaciones que muestran los lucernarios de cerámica vidriada. El refinamiento de su caldarium y frigidarium le asombró tan seductoramente como a Borges cuando escribió su audaz poema Alhambra, inspirado en tan mágicos lugares.

Eco reconoció la diferencia entre las obras de restauración antiguas y las más recientes en el Patio de los Leones y comentó la ingeniosa solución de la arquitectura nazarí para que las estancias fueran más frescas y confortables al dotarlas de fuentes y surtidores, además de la singular apoteosis del mocárabe. En el Peinador de la Reina, María del Mar Villafranca nos mostró a su vez los detalles de la restauración destinados a la conservación de tan insigne lugar, que contiene grutescos relativos a pintores italianos de la escuela rafaelesca, quienes decoraron estas estancias imperiales que con el tiempo fueron remodeladas. A todos nos fascinó este espacio tanto por su funcionalidad y rica decoración a la par que como ejemplo destacado de la diversidad cultural que representa la Alhambra. Así mismo, a Eco le interesó el diseño de un paisaje natural recreado con rasgos de la estética y la simbología islámicas, en un tapiz de brotes vegetales y pigmentos multicolores.

Caminamos después todos juntos por los jardines en un tutti orquestal entre abejas y alegres flores, que destilaban un aroma de siglos indiferente a la escalera del tiempo que se entreabre al misterio, donde la luz y la pasión, la naturaleza y el agua se combinan para deleitar los sentidos. Ya en el palacio de Carlos V, el Professore pudo apreciar el buen estado de conservación del magno edificio sin necesidad de comentarios hasta llegar al zaguán, cruzar su patio circular y alcanzar la entrada del conjunto monumental.

Al día siguiente, 5 de abril, nos dirigimos al Carmen de la Fundación Rodríguez Acosta, compañero de las Torres Bermejas y que, con sus blancos volúmenes, destaca por su arquitectura modernista en este paraje excepcional. Allí nos recibió Miguel Rodríguez-Acosta y José María Luna. Esta visita estaba destinada a ser más íntima y nos citamos, a puerta cerrada, con Renate Ramge, Umberto Eco y su colega y gran amigo Jorge Lozano. Visitamos el jardín de Baco, el patio de la alberca de Venus y la sala de exposiciones del Instituto Gómez Moreno, prestando gran atención a la colección de exvotos ibéricos o la escultura de madera del franciscano San Diego de Alcalá, que en su hagiografía relata que, llevando el santo escondidos unos panes bajo el sayo para darlos a los pobres, propició su milagrosa conversión en flores.

Apreciamos la maestría de esta imagen tallada y policromada por Alonso Cano, o la pintura al óleo sobre lienzo de Virgen niña rezando de Francisco de Zurbarán, un tema inspirado en los escritos medievales, donde se afirmaba que la virgen pasó su juventud encerrada en el Templo de Jerusalén, cosiendo y rezando.

Una vez en la biblioteca, al aire de la imaginación danzaba Terpsícore, la que ilustrara Alonso Cano en la antología poética de Francisco de Quevedo Parnaso y Musas, uno de los tesoros de esta rica colección. Se invitó a Umberto Eco a firmar en el Libro de Honor de la Fundación. Ojeó el libro de oro de la principal embajada cultural granadina, donde grandes personalidades del mundo del arte, la cultura y la sociedad han reflejado su paso por el lugar. Miguel Rodríguez-Acosta le fue mostrando las páginas de los personajes más relevantes, y entre todas ellas, Umberto Eco se detuvo ante la firma del Dalai Lama, y en ese momento se le iluminó el rostro con un gesto de gozo. Su frente despejada, los ojos brillantes y rasgados y los largos lóbulos de sus orejas, recordaban la imagen del sabio Buda, que combinaba en sus facciones a Oriente y Occidente.

Mientras tanto, con su fértil barba de filósofo, mordía entre sus labios un pequeño puro toscano sin encender, protegiéndose de inhalar el perjudicial humo. Sus diestras y delicadas manos de hombre de letras trazaron su rúbrica en tan valioso testimonio de Granada en el tiempo. Se me concedió entonces el privilegio de realizar un dibujo a tinta para ilustrar aquella página junto a la firma del docto Professore, y allí quedó en tan magnífica compañía. Fueron unos momentos distendidos y de camaradería entre artistas, escritores y hombres de cultura, que compartimos de forma humilde y con muy buen humor.

Después estuvimos en el casco antiguo de la ciudad y recorrimos la Catedral, el Zacatín y la Plaza de Bibarrambla, lugar donde fueron incinerados tantos libros valiosos tras la toma de Granada. A requerimiento de Umberto Eco fuimos a una conocida librería de antiguo que le aconsejé propiedad de Ignacio Martín Villena. Le complacieron mucho los libros que ojeó y al final de sus indagaciones, dos fueron los ejemplares que se llevó: uno, un tratado del Conde Nolegar Giatamor titulado Assombro elucidado de las Ideas o Arte de Memoria, y el otro, un libro apolillado y muy ajado por el tiempo, regalo del propio Villena: un ejemplar del clásico español El Fénix de Minerva y Arte de Memoria, de Don Iván Velázquez de Azevedo. A Umberto no le importó la patología que padecía aquel volumen y lo aceptó con mucho gusto. Al salir de las callejuelas colindantes a la plaza, oímos a un niño del Albaicín decir a su madre, mientras se llevaba la mano al corazón: «¡Mama, mama, Umberto Eco en Graná!» (sic).

Como era mediodía, Eco quiso que fuéramos a un lugar para almorzar y nos dirigimos a la Plaza de la Pescadería, para beber unos vinos y degustar los deliciosos frutti di mare de litoral granadino. Entre diversas bromas y ocurrencias, pronunciadas desde el italiano más excelso al itañol más desenfadado, el ilustre Professore generosamente nos invitó a comer en el restaurante que regentan Aparicio y Ramón. Vislumbré a un Umberto Eco distinto al que mi mente había configurado a través de la lectura de su obra literaria, y disfrutamos juntos de la buena climatología primaveral que envolvía la terraza.

La conferencia coloquio entre Jorge Lozano y Umberto Eco tuvo lugar la tarde del día 4 de abril en el Auditorio Manuel de Falla. Compartimos asiento junto a Renate Ramge para escuchar aquellas sabias disertaciones de su marido en torno a signos, símbolos, fealdades y falsedades, profundizando tanto en la estética de lo abyecto y horroroso como en la de lo hermoso a través del arte y la literatura. Al final, cuando la conferencia concluyó, Umberto tuvo la amabilidad de dedicar muy cordialmente a Gloria, mi compañera, un volumen de La historia de la belleza.

Nos hallábamos entre el público acompañando a Renate, junto a un grupo de amigos formado por Juan Hita, de Román y Bueno editores, el arquitecto, Alejandro Muñoz Miranda, y el escritor, Francisco Sotomayor. La conversación con ella estaba resultando muy interesante, mientras el patio de butacas se llenaba a rebosar y no cabía un alfiler. Creo recordar también que, a una pregunta de Juan a Renate sobre los posibles estudios o libros que interesaban a Eco en relación a los antiguos árabes españoles, ésta sin dudarlo respondió que se encontraba en aquellos momentos releyendo a Averroes, una auténtica luminaria para la humanidad, de entonces y de ahora, y no nos sorprendió mucho su predilección por el cordobés, ya que en Italia no faltan las referencias directas sobre el autor en numerosas obras y lugares de interés artístico. Un buen ejemplo de ello sería el célebre fresco de Filippino Lippi en el altar de la capilla Caraffa, en la Iglesia de los dominicos de Santa María Sopra Minerva en Roma, donde aparece un Averroes acongojado, o el fresco de la Capilla de los Españoles en Florencia en la iglesia de Santa María Novella, siempre con Santo Tomás por encima, pero en este caso más gallardo frente a su contrario, como para despejar toda duda sobre la preeminencia de sus Comentarios a la obra de Aristóteles en la biblioteca del sabio dominico.

A Umberto Eco probablemente no se le escapara nada de lo que hubiera escrito santo Tomas de Aquino. Y este hecho, tan común en Italia, de unir a Santo Tomás y a Averroes por sus discrepancias, también tuvo una mención en la conversación cuando su mujer nos comentó que ella misma había trabajado durante años en el convento de las monjas ursulinas de Florencia, otra orden conventual muy cercana a los franciscanos. Teniendo en cuenta que Renate había elaborado un trabajo bibliográfico de ordenación en aquel convento, ella misma había tenido entre sus manos algunos de esos volúmenes del Ente y la Esencia que Eco debió haber manejado, o de la Summa Theologica, que en su concepción literaria, de alguna manera, aparecerían más tarde en El nombre de la Rosa, obra destacada que no le había abandonado del todo cuando vino a Granada, como pudo constatar al encontrarse junto a sus lectores, admiradores y amigos.

Por la noche nos quedaba acudir a un concierto en el Palacio de Carlos V a cargo de Enrique Morente, con Pepe el Habichuela a la guitarra. Llegamos con suficiente antelación, ya que Umberto Eco estaba muy interesado en conocer personalmente al gran maestro granadino del flamenco, al que tuve el gusto de presentarle. Nos habían reservado asientos en primera fila, privilegio que Umberto declinó para que nos fuéramos al fondo de butacas, a un lugar más lejano del escenario y al amparo de las cámaras, para gozar así en la más completa intimidad de aquel fantástico concierto.

El escenario se presentó austero y las luces imantaban de poesía el ambiente. Disfrutamos del recital, hubo bises y una aparición cameo del propio hijo de Morente, José Enrique. Ambos encarnaban a la Granada esencial, que es a la vez universal. Morente dijo: "Tengo el vicio de la lectura" y le dedicó, a su admirado maestro Umberto Eco, unas soleares cuyos azulados tonos se trocaron en violeta por medio de su voz. La Andalucía milenaria vibró con uno de los Poemas del Cante Jondo de Lorca.

Al finalizar el concierto, accedimos a los camerinos y Umberto Eco le agradeció a Morente su dedicatoria, y charlaron de diferentes temas acerca del cante y la literatura. La intensidad de la noche invitaba a contemplar desde el oculus imperial ese cielo estrellado e infinito que también nos recordaba lo insignificante del ser humano y su humilde intento por sintetizarlo en las abstracciones geométricas del techo de Comares. Mientras tanto, parpadeaba Venus y navegaba el cinturón de Orión sobre nuestras cabezas; memoria mítica del enamorado cazador de las bellas hijas de Pleione que, transformadas en Palomas, se elevaron hasta las Pléyades, protegidas por Tauro gracias a Zeus.

Ahora el alma luminosa de Umberto Eco vuela hacia la Luz más plena. En ella se habrá encontrado de nuevo con Enrique Morente, cuya incomparable voz lo envolverá en la eternidad con el ancestral velo palpitante del cante jondo.

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