Víctima de las odiosas comparaciones

George Clooney, tras la cámara, no tiene el genio de Frank Capra, Howard Hawks o Preston Sturges. Y ante ella, aun teniendo mucho, no tiene el carisma de Clark Gable, Cary Grant o Spencer Tracy. Como tampoco Renée Zellweger tiene el de Claudette Colbert o Katharine Hepburn. El regular resultado de esta amable película se debe al desfase entre estas carencias y las ambiciones de su planteamiento. Sin ser consciente de este desfase Clooney viaja atrás en el tiempo, hasta 1925, para intentar realizar una comedia loca con toques románticos al estilo de los grandes modelos clásicos, ambientada en el mundo deportivo (Clooney, un simpático vivales que quiere triunfar en el naciente fútbol americano profesional) y el periodístico (Zellweger, una reportera que quiere descubrir los secretos del fichaje estrella), y centrada en la pugna entre Clooney y un desvaído John Krasinski (¿le toca ser James Stewart en este revival de los mitos del cine clásico?) por la Zellweger.

Resultado regular, tono amable: lo primero se debe a la comparación con los modelos clásicos a los que alude (desde Sucedió una noche a La impetuosa pasando por La fiera de mi niña), comparación inevitable por voluntad de Clooney y por imperativo de la memoria; lo segundo, lo amable, se debe a la correcta realización, al igualmente correcto (pero no brillante) funcionamiento de la pareja Clooney-Zellweger, a la sugestión ambiental lograda por el magnífico diseño de producción de James D. Bisel (responsable del diseño años 50 de Buenas noches y buena suerte) y -de forma muy especial- a la esplendorosa banda sonora de Randy Newman que, al igual que hizo con la música de 1900 en el Ragtime de Forman, recrea con genio el vértigo jazzístico de los locos años 20. Es decir, lo mejor de esta película es su envoltorio musical y visual.

Sobre las notas de la deliciosa partitura de Newman Ella es el partido se deja llevar, y con ella su espectador, hacia los perdidos pequeños paraísos del digno cine de serie B correctamente interpretado y dirigido. El problema es que el prestigio de su director e intérpretes parecía obligar a más, prometiendo los grandes paraísos de las magníficas comedias a las que Clooney alude tal vez sin conciencia del riesgo que las odiosas comparaciones siempre suponen.

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