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Vida y obra de un artista doliente

  • Acantilado publica en traducción española de Juan Lucas la monumental biografía dedicada a Ludwig van Beethoven por el compositor y profesor estadounidense Jan Swafford

Beethoven con una lira. Retrato de Joseph Willibrod Mähler (c. 1804). Beethoven con una lira. Retrato de Joseph Willibrod Mähler (c. 1804).

Beethoven con una lira. Retrato de Joseph Willibrod Mähler (c. 1804). / d. s.

Per aspera ad astra. La divisa latina de estoicos y senequistas parece creada para él, para el divino sordo. Ya Swafford la insinúa en el título original de su obra (Beethoven: anguish and triumph), que publicara en 2014 y ahora ofrece Acantilado en traducción de Juan Lucas. Beethoven recorrió en efecto un camino plagado de dificultades y sufrimientos para acceder al olimpo de la cultura occidental, y a partir de un determinado momento lo hizo de forma perfectamente consciente. Cuando en los primeros años del siglo XIX se da cuenta de que todos los remedios contra la sordera que venía atormentándolo desde 1798 eran inútiles, entiende que la única vía para cumplir con su elevado destino (ya se sabe que este término es crucial en la recepción histórica de la obra beethoveniana) es el aislamiento social, aun a costa de ser considerado un misántropo, y la resistencia al dolor y al sufrimiento, por severos que estos pudieran ser. Superadas en el verano de 1802 las fantasías suicidas reflejadas en la más famosa carta jamás enviada de la historia de la música (el hoy conocido como Testamento de Heiligenstadt), Beethoven se aprestó a dar el paso definitivo que habría de singularizar su obra artística emprendiendo ese nuevo camino (Swafford se resiste a llamarlo heroico) que hizo temblar los cimientos musicales de su tiempo.

Jan Swafford (Chattanooga, Tennessee, 1946) ha dedicado más de una década a componer esta obra desde una perspectiva objetiva, pues una biografía es "el relato de una vida, no una interpretación de la misma". Construye así minuciosamente el retrato de un hombre que se sabía conocedor de las posibilidades de su talento, primero como virtuoso e improvisador al piano, después cada vez más como compositor, un hombre que fue explorando poco a poco los terrenos más propicios para construir una voz personal que fuera capaz de distinguirse de sus ilustres predecesores, especialmente, Mozart y Haydn. Siguiendo a Swafford, puede afirmarse que el compositor trazó un auténtico plan de actuación para ir generando en su público la suficiente confianza que le permitiera innovar sin el riesgo de verse arrasado e inhabilitado por la incomprensión. Empieza tanteando el terreno en géneros en los que puede dialogar de tú a tú con sus padres artísticos y luego va soltando amarras, primero en las sonatas para piano, luego en la sinfonía. Para llevar adelante esa estrategia Beethoven partió de una considerable confianza en sus medios, pero también fue constante y disciplinado, usando tanto las ocasionales concesiones artísticas como la diplomacia y la terquedad en la negociación y las polémicas con editores y críticos.

En ese proceso, que Swafford trata de desvincular de la idea de una revolución artística, juega un papel esencial la Sonata Patética, publicada en 1799, "no tanto la descripción de la tristeza como la tristeza misma", y que a su modo de ver presenta ya en esencia los caracteres de la sensibilidad romántica, la que elevaría al músico a los altares de la cultura europea, en buena medida impulsado por el juicio de E.T.A. Hoffmann. El paso definitivo en esa senda lo da con la Eroica, la sinfonía que habría de transformar para siempre el género y en la que Swafford se sumerge con todas las armas del historiador y del analista, siguiendo paso a paso, a partir de los cuadernos de esbozos conservados, el proceso de construcción de la obra en la mente de su autor. El camino culmina en la Novena, una "obra de arte universal", con la que Beethoven "nos saluda a cada uno" de nosotros para llamarnos "sus amigos".

Esta fraternidad era parte esencial del programa ilustrado. Desde unos primeros capítulos en los que contextualiza familiar y socialmente al personaje, Swafford entronca a Beethoven con la Ilustración. Por eso, aunque tuviera que hacer frente a un público que se deslizaba cada vez más hacia el universo sentimental del Romanticismo, él siempre mantuvo la capacidad para racionalizar sus éxitos y sus fracasos, también en el terreno personal, incluidos sus amores, siempre frustrados. De tez picada por la viruela y demasiado morena para su entorno (a veces lo llamaban por ello el español), arrastrando desde la adolescencia problemas intestinales que le provocaban diarreas crónicas, descuidado en el vestir y no especialmente preocupado por la higiene, iracundo, arrogante, obligado por la sordera a una reclusión no deseada, Beethoven, enamoradizo y en exceso pudibundo, sufrió también en sus relaciones con las mujeres, y Swafford se centra sobre todo en Josephine Brunsvik y Bettina Brentano, pero aclara igualmente malentendidos, pues su prestigio artístico lo hizo deseable y seductor para un abundante tropel de aficionadas, y al compositor no le faltaron relaciones en Viena, si bien siempre lejanas al ideal familiar y burgués con el que vinculó a la mujer.

Aunque atenta a la anécdota vital, cotidiana, familiar, sentimental y social del biografiado, es ésta una biografía musical, lo que significa que Jan Swafford va ofreciendo puntualmente análisis individualizados de casi todas las obras del compositor. El lector no instruido en la terminología técnica tiene a su disposición un apéndice final sobre formas musicales que debería leer en primer lugar, pues le ayudará a entender referencias y conceptos; si bien también puede eludirlo y hacer en su lectura las elipsis que estime necesarias sin ningún tipo de remordimiento. Al final del recorrido, Beethoven y su música seguirán ahí, esperándolo, aunque quizá ahora empiece a oírla de otro modo.

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