El ángel atroz

EL ALBATROS

Como un juego, a menudo en los barcos he visto

cómo cazan albatros, grandes aves marinas

que son como indolentes compañeros de viaje

tras el barco que surca los abismos amargos.

Una vez han caído en cubierta, esos reyes

del espacio azulado son torpones y tímidos,

y sus alas tan blancas y tan grandes son como

blandos remos que arrastran lastimosos por tierra.

¡Pobre alado viajero, desmañado e inerte!

¡Él que fue tan hermoso ahora es feo y risible!

Uno acerca a su pico la encendida cachimba,

otro imita cojeando al lisiado con alas.

El Poeta es un príncipe, gran señor de las nubes,

cuya casa es el viento, que no teme al arquero;

desterrado en el suelo, entre el vil griterío,

sus dos alas gigantes no le dejan andar.

CHARLES BAUDELAIRE

l Las flores del mal

Planeta, 1984.

CHARLES BAUDELAIRE (Francia. 1821-1867). A partir de la revolución industrial, las sociedades occidentales se han obsesionado con el progreso tecnológico y el estado de bienestar, y cualquier disidencia, cualquier desviación de esa línea recta del mercantilismo ha quedado inevitablemente abandonada en los márgenes. Así, si la figura del poeta era símbolo de cultura y exquisitez en épocas anteriores, con la instauración del capitalismo queda relegada poco menos que a la holgazanería, puesto que no aporta valores a la cadena de producción. Justo en ese momento de tránsito de los sistemas económicos nace Baudelaire.

A los 6 años queda huérfano de padre (hombre de artes que le enseñó a leer y escribir), y tiene que soportar el inmediato avenimiento de su madre con el general Aupick, la convivencia con el símbolo del poder (adjunto de Napoleón, su brillante carrera política y militar le llevó, peldaño a peldaño, hasta el senado). Ahí comienza a gestarse su rebeldía romántica: abandona sus estudios de derecho, se introduce en los ambientes artísticos de la bohemia parisién, comienza a frecuentar los prostíbulos y las drogas, desafía abiertamente la moral burguesa, etc. Su familia, ante la inminente ruina personal y económica de Baudelaire, intentó en varias ocasiones rehabilitarlo, internándole o apartándole durante largas temporadas de París. Pero fue en vano: él ya había elegido malvivir atormentado, colaborando en prensa, traduciendo esporádicamente e incluso ofreciendo alguna que otra desastrosa conferencia. Estaba, para la sociedad, maldito, tanto que la primera edición de Las flores del mal fue censurada y retirada del mercado por atentar contra las buenas maneras (y él y su editor sancionados).

Enfermo de sífilis, mudo y paralítico, fallece a los 46 años en brazos de su madre -nuevamente viuda-. Esta muerte deshonrosa y su ninguneado funeral pusieron el colofón adecuado al profeta de la poesía moderna.

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