Lo atroz de vuelta a casa

Autor: Harold Pinter. Traducción: Eduardo Mendoza. Compañía: Coproducción del Teatro Español con el Centre d´Arts Escèniques de Reus. Intérpretes: Francesc Lucchetti, Antonio Gil, Ricardo Moya, Julián Ortega, Sergio Otegui y Áurea Márquez. Dirección: Ferrán Madico. Teatro Alhambra. Fecha: 17 de octubre.

Atroz. La experiencia del espectador ante el teatro de Pinter ha de ser atroz. El espectador asiduo al teatro, la clase media, sale de pasar el día en casa para ir al teatro e introducirse en otra, la habitación en la que transcurre la obra de Pinter. El espectador, ávido y a la caza siempre de identificaciones, fácilmente va de casa en casa. Ha de llegar a lo atroz del hogar dulce hogar. Pero ojo, porque no es un drama familiarista ni psicologicista. Es lo humano brutal en el seno de la cotidianidad, el lugar de la verdad que es la casa, como verdad atroz: habitado por seres huérfanos en sentido amplio, pleno de rencor, odio, frustración, rivalidad, desamor y miedo. Seres trágicos que en Pinter abarcan tanto a la clase trabajadora como a la acomodada.

Finales de los 60, en un barrio residencial de trabajadores a las afueras de Londres está la casa del padre, Max, donde tras seis años de ausencia retorna su hijo, Teddy, profesor de filosofía en América, con su mujer, Ruth. Junto al viejo carnicero padre de familia, les esperan, conviven, un chofer privado hermano solterón de Max y sus otros dos hijos; Lenny, un chulo explotador de putas, y el joven Joey, albañil que aspira a triunfar como boxeador.

La puesta en escena del Teatro Español es la tradicional del teatro de texto más convencional. La escenografía es el decorado y atrezzo recreando de forma realista el lugar de la acción; papeles pintados, moquetas y muebles viejos... no sirven bien, no enfatizan plástica ni visualmente el encierro, la asfixia, el ahogo, la mugre, la purulencia moral; todo eso debiera -y no está- en la visual. Eso sí, severo es el concepto de teatro de texto: montaje rigurosamente al servicio del texto, hasta en la más mínima acotación. Parece que la dirección de Ferrán Madico militara a los pies, al servicio un Pinter tratado como clásico, intocable, institucional. Eso sí está en esta puesta en escena. Una puesta en escena que si uno ojea la publicación del año 70 de la obra, a raíz de su estreno en España, traducido y dirigido por Luis Escobar, la encuentra sospechosamente parecida al montaje que se nos ofrece ¡40 años después! Pinter, desde luego que no escribió, actuó ni dirigió para que nada cambie. La traducción de Eduardo Mendoza actualiza la de Luis Escobar. Sobre todo en lo que se refiere al registro vulgar, entre otras cosas porque en los años 70 donde hoy se dice panchamente de Ruth, "calientapollas", entonces había que cuidarse muy mucho, diciendo "coqueta". Con ritmo demasiado lento, estatismo actoral bien marcado, y una buena interpretación coral asoma lo atroz que uno se lleva al salir, de vuelta a casa.

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