Letras hoy

El deseo y otros demonios

  • La popularidad de la adaptación cinematográfica de 'Expiación' y la prontitud de la traducción de su última novela demuestran que su carrera va viento en popa gracias al soplo conjunto de público y crítica

A propósito del inglés Ian McEwan cabría repetir cuanto se dijo del norteamericano Cormac McCarthy, en estas mismas páginas, hace un par de semanas: su carrera va viento en popa gracias al soplo conjunto de público y de crítica, vientos propicios prácticamente desde el comienzo de su carrera. Un síntoma de su popularidad y prestigio sería la adaptación cinematográfica de la que muchos consideran su Obra Maestra, Expiación (2001); otro, la prontitud con que se ha traducido al español su ultimísima novela, Chesil Beach, un descenso a unas catacumbas ya visitadas por McEwan en libros anteriores: las catacumbas del deseo; aunque, en esta ocasión, para moverse por estos pasadizos de aire apelmazado y cubiertos por un polvo milenario, el escritor se ha servido de las antorchas de una ironía sutil que sorprenderá a más de uno y regocijará a todos sin excepción.

Chesil Beach arranca con un incipit revelador: "Eran jóvenes, instruidos y vírgenes aquella noche, la de su boda, y vivían en un tiempo en que la conversación sobre dificultades sexuales era claramente imposible". Estas líneas se refieren a los dos protagonistas, Edward y Florence, y a la aventura recién emprendida, que no es la de una vida en común, sino la de una primera noche juntos, tan inteligentes los dos, pero tan ignorantes en lo que al otro sexo se refiere, que uno no puede sino sentir compasión por ambos. Él, Edward, no sabe con exactitud qué pedir a su joven esposa (¿será precipitado proponerle ya una felación o es mejor esperar para más adelante?) y teme, por otro lado, no estar a la altura de las circunstancias; ella, Florence, está completamente aterrorizada ante lo que le espera (que si penetración, que si desgarro) y disimula mal que bien el miedo pánico que le produce la simple sudoración del macho. Durante la cena y, luego, en los prolegómenos al achuchón erótico, Edward y Florence se fugan al ayer, cuesta arriba, en busca de los recuerdos en común; Ian McEwan aprovecha estas remembranzas para describir qué sociedad hace posible que dos "jóvenes instruidos" lleguen vírgenes y aterrados a su luna de miel.

No es la primera vez que McEwan presenta al hombre y a la mujer como dos planetas que siguen una órbita paralela, muy cercanos el uno al otro, pero sujetos cada uno al propio centro de gravedad; la pareja como dos soledades refractarias. Sin embargo, aunque no falta la terribilità característica del autor, Chesil Beach se decanta por un registro más distendido de lo habitual, cierta finura que cabalga una sonrisa cruel a la manera de un Oscar Wilde o un George Bernard Shaw. Como estos dos compatriotas suyos, McEwan retrata con precisión, y profusión de detalles, una sociedad burguesa que vive mordiendo el freno de la represión. El escritor habla de la educación sentimental (y sexual) de la generación Made in England previa a la irrupción de los Beatles, anterior a los movimientos contraculturales y al Mayo del 68 (y toda esa martingala), un tiempo en que los anticonceptivos eran algo así como una leyenda urbana en la que no todos creían; una sociedad no tan diferente, al menos en ciertos detalles, a la España que conocimos hasta hace un par de décadas; de ahí, quizás, la compasión de antes.

Así las cosas, la noche de marras no puede ser más desastrosa. No voy a desvelar nada, Dios me libre; diré únicamente que él, Edward, acaba siendo víctima de sus temores más inmediatos y que también ella, Florence, se deja arrastrar por su secreto pavor; la novela se acerca entonces a los despeñaderos, tan caros a McEwan, de la catástrofe. En unas recientes declaraciones, el escritor confesó que la novela surgió de una idea antigua e insistente: "cómo puede cambiar toda tu vida en un solo momento" (Babelia, 1 de marzo de 2008). La novela ilustra estupendamente ese momento fatal con algo tan cotidiano como nuestra actitud ante el sexo. La moraleja de Chesil Beach es la de otras veces: la ignorancia sólo alimenta el miedo.

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