El domador de Kinski doma a Nicolas Cage

Drama, criminal, Estados Unidos, 2009, 122 min. Dirección: Werner Herzog. Guión: William Finkelstein. Fotografía: Peter Zeitlinger. Música: Mark Isham. Intérpretes: Nicolas Cage, Eva Mendes, Val Kilmer, Jennifer Coolidge, Brad Dourif, Fairuza Balk. Cines: Cinema 2000, Kinépolis.

Werner Herzog es uno de los directores favoritos de cuantos creen que el único cine que va en la dirección correcta es el que circula a contramano. Su encuentro con Abel Ferrara -más bien desencuentro, pues el remake de la película que convirtió a Ferrara en un director de culto ha provocado más de una declaración literalmente explosiva entre ellos- es pues una fiesta para los cinéfilos que sólo gozan cuando van (o creen ir) en dirección prohibida. La verdad es que el resultado de este choque entre el (supuesto) outsider norteamericano y el venerado y veterano maestro del Nuevo Cine Alemán es decepcionante, sin que por ello carezca de un cierto interés. Por ejemplo el de ver a Nicolas Cage actuar -actuar de verdad- y a Herzog dominar sus morisquetas y excesos como un domador de fieras para ponerlas al servicio de la creación de un personaje de raro y perverso atractivo, que parece construido sobre el Casanova de Fellini y el Doctor Cordelier de Renoir con unos toques del jorobado de Notre Dame. No es de extrañar: quien trabajó con Klaus Kinski es capaz de domar cualquier cosa (también logra que Val Kilmer actúe, pero tanto esfuerzo debió dejarle agotado para lograr lo mismo con una Eva Mendes insulsa). Este personaje sórdido, deforme, politoxicómano, corrupto y cruel que camina en cámara rápida hacia su autodestrucción es un teniente de la policía de un Nueva Orleáns arrasado por el huracán Katrina que investiga una matanza por ajuste de cuentas entre traficantes de droga.

Herzog maneja con sabiduría y experiencia la sobriedad de unos encuadres en cuyo interior se desata constantemente la locura y se agitan unos personajes que parecen sacudidos por descargas eléctricas. Esta sobriedad adquirida con los años -su barroquismo de cámara llegó a ser delirante en sus años de gloria- beneficia a la película que, salvo algunos guiños surreales y gratuitos a iguanas, caimanes y muertos que bailan, puede ser vista como una película de género rodada por un casi anciano trasgresor tal vez cansado de sus antiguas audacias. También, sobre todo por parte de los herzogianos, puede ser vista como un juego de autor radical con un género al que le va deshaciendo las costuras hasta volverlo del revés. Queda en cualquier caso sin respuesta la pregunta de por qué ha hecho esta película. Nada muestra en ella que ya no se haya mostrado, nada dice que no se haya dicho y nada filma de una forma que no se haya filmado antes. ¿Ejercicio de estilo? No lo sé. El caso es que -aunque ello choque con la habitual sinceridad de Herzog- El teniente corrupto parece algo mil veces visto (hasta en lo que a la relación entre el policía y la prostituta de lujo se refiere) a lo que se hubiera dado algún retoque para hacerlo pasar por nuevo.

Mi consejo sería que se la ahorraran porque, aunque no carece de méritos y aciertos, es algo pesada (aunque no tanto como suelen serlo otras películas de Herzog). Pero he de advertir que se trata de un consejo no imparcial: me salí en su día de Aguirre, la cólera de Dios y de Fitzcarraldo y de lo que he visto de la filmografía de Herzog sólo me ha convencido su remake de Nosferatu, un inteligente y refinado juego con el romanticismo alemán.

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