El drama del trabajo

  • En su última novela, 'La mano invisible' (Seix Barral), el sevillano Isaac Rosa entra de lleno en la problemática humana y social del mundo del trabajo

Para la tradición judeocristiana, el trabajo está empañado por el vaho de la maldición. ¿Recuerdan? Decepcionado por la desobediencia de sus criaturas, que debería haber previsto en su omnisciencia, el Creador expulsó a Adán y Eva del Edén, condenando a ella a parir con dolor y a él a ganarse el pan con el sudor de su frente. Hoy por hoy, la leyenda debe ser revisada sin mayor dilación. Con unos índices de desempleo que oscilan en torno al 20 %, y la impresión generalizada de que la situación sólo mejorará a largo plazo y muy lentamente, quienes tenemos un trabajo sabemos que es un regalo del cielo. Así y todo, la cosa no está para darse con un canto en los dientes, pues ese canto en los dientes nos lo están dando mediante la congelación o reducción del sueldo, el aumento de la temporalidad y precariedad laboral, y los recortes en los derechos de la ciudadanía. Así, a la par que el españolito de a pie perdía poder adquisitivo, el idioma español se ha enriquecido con términos como mileurista (dícese de quien debe apañárselas con un salario de mil euros mensuales) o ceroeurista (dícese de quien estrangula el brazal del sillón cada vez que el gobierno habla de una luz al final del túnel), que son unos indicadores inmejorables de cómo están las cosas.

El drama del trabajo no se agota ahí. Con empleo y todo, unos están más jodidos que otros, según viene siendo norma desde que el Altísimo expulsara a nuestros ancestros del Paraíso. Hay oficios ingratos, mal pagados, además de mal vistos, pues sí, marcados por el estigma de la maldición que decíamos al principio: albañiles, matarifes, mujeres de la limpieza, costureras, teleoperadoras, etc. A ellos brinda Isaac Rosa La mano invisible, una novela nacida del empecinamiento de secundar (o desmentir) unas reflexiones de José Luis Pardo reproducidas al final de la misma: "El trabajo, en sí mismo considerado, parece ser, en efecto, inenarrable, y quizás haya motivos profundos -e irrebasables- para que ello sea así, o sea para que el trabajo sea una parcela de la existencia particularmente inhumana. Ciertamente, hay muchas narraciones que transcurren total o parcialmente en lugares de trabajo, pero lo que estas narraciones relatan es algo que ocurre entre los personajes al margen de su mera actividad laboral, y no esa actividad en cuanto tal, porque su brutalidad o su monotonía parecen señalar un límite a la narratividad (¿cómo contar algo allí donde no hay nadie, donde cada uno deja de ser alguien?)". Fin de la cita.

Es cierto, también cruel, pero las historias de todos los días, las de gente corriente y moliente -como usted y como yo-, esas historias en las que no pasa nada, salvo la vida al pasar, interesan a pocos narradores (¿Quizás porque interesan a muy pocos lectores? No me atrevo a pronunciarme). Y sin embargo, el trabajo es un drama y el drama del trabajo da mucho de sí. Isaac Rosa lo demuestra a través de un insólito artificio: en una especie de teatro, una serie de personas hacen sus respectivas faenas ante el público. Se trata de hacer lo de siempre: el albañil levantar paredes, la costurera coser, el carnicero filetear carne, etc., pero con una diferencia: el esfuerzo tiene una función espectacular, no productiva: el albañil abatirá la pared una vez terminada, la costurera rematará bordados que nadie lucirá y la carne fileteada acabará en la basura… Esto arroja varias cuestiones sobre la mesa: el trabajo es el habitual, pero ¿es trabajo si no tiene un fin? Ahora bien, en nuestra sociedad, el trabajador tampoco accede a los resultados (o beneficios) finales de su esfuerzo, ¿qué diferencia hay entonces entre deslomarse con fines espectaculares o fines productivos?

El experimento de Rosa, no el de la ficción, consiste en dar visibilidad a la invisibilidad, dirigir nuestra atención a esos oficios ignorados por la novela y mostrar, sin paternalismos, a las personas de detrás. En ese escenario cerrado, sobre el escenario, bajo los focos, se representa y reproduce la problemática social y humana inherente al mundo del trabajo. De ese trabajo que supone sudor y fatiga, dolor de espalda o cervicales, de ese trabajo que conlleva explotación, alienación, deshumanización y demás. El trabajo "de verdad", dirán algunos. Isaac Rosa no cree en las legitimaciones habituales: que el trabajo sirva para realizarnos como personas o que sea una manera de participar y contribuir en la sociedad. El escritor sevillano lo resume así: se trabaja por dinero porque el dinero es necesario para vivir. Que ya es mucho, añadiría yo. La crítica de fondo está dirigida contra el sistema, por supuesto. Si queremos que todo cambie, nada puede seguir igual. Lamentablemente, todo apunta a que iremos a peor. España está funcionando, erre que erre, a golpe de regulaciones, restricciones, recortes, reformas, rebajas, etc., y seguirá así en los próximos años.

El drama de hoy es que más de un 20 % de españoles no pueden siquiera agarrarse a esa bendita mentira de que gracias al trabajo encontramos nuestro lugar en el mundo.

Isaac Rosa. Seix Barral, Barcelona, 2011.

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