Una filosofía cañí

De Manolo a Escobar. Con ese nombre presentaba el cantante almeriense su último espectáculo. En los carteles promocionales se anunciaba una muestra del artista "como nunca lo habías visto" y más que un recital al uso, estaba planteado como una confesión en la que sus grandes éxitos se alternaban con las confidencias y las reflexiones de un ser musical, como fue definido. Un Manolo Escobar corregido y aumentado. Pretendía ser un paseo por la memoria sentimental de sus casi 50 años de carrera que iba más allá de la simple sucesión de canciones. No había hermanos con guitarras, ni orquesta de acompañamiento ni coristas. Un escenario limpio y sobrio, unos arreglos desnudos y sólo tres personajes sobre él. El piano del maestro Guillermo Marín, los soliloquios del amanerado Marc Rosich, ejerciendo de narrador y de álter ego del artista y el propio Manolo Escobar.

Un planteamiento audaz que sin embargo no contó con el beneplácito del público que en repetidas ocasiones echó de más al bufonesco personaje y le gritó sin rodeos que se callara y dejara cantar a su ídolo. Él tratando de romper con el tópico de sí mismo y sus seguidores boicoteando el intento. El cantante apostando por la reflexión filosófica sobre su propio significado y el público exigiendo al hombre sencillo que los lleva acompañando toda la vida. Al menos el espectáculo, en contra de lo que pudieran pensar los que se lo perdieron, no resultó predecible. Y así encontramos a un Manolo Escobar reivindicándose tan moderno como tradicionalista o como coleccionista de pintura contemporánea.

Ya antes del comienzo introdujo el elemento posmoderno con una discriminación positiva que no se le habría ocurrido ni a un artista conceptual de la performance: en el hall del teatro se regalaban cintas de casete con la etiqueta del precio en pesetas (claramente un resto de edición bien aprovechado), sólo para las damas. No quedó ahí la cosa. Cuando se disponía a acometer su panegírico a las tres mujeres de su vida, su madre, su hija y su mujer, con tres de sus grandes canciones (Madrecita María del Carmen, Mi pequeña flor, Me gusta mi novia), el cantante las dedicó a la familia, a todas las familias, "incluidas las más modernas, porque nadie tiene la exclusiva del amor", dijo, en claro guiño a ciertas políticas aperturistas. Así fueron sucediéndose retazos de La morena de mi copla, Antonio Vargas Heredia, Mujeres y vino, Ni se compra, La minifalda, El Porompompero, Y viva España, Ay que llueve… Con su garganta todavía clara aunque quizá sin el poderío de su juventud, dejó para el final Mi carro, que durante toda la velada sirvió de excusa para bromear, y un par de muestras más de audacia: su lectura de Y nos dieron las 10 de Sabina, que presentó como su canción favorita, y un injerto entre Viva Almería y Qué bonito es Badalona, con el que homenajeó a las ciudades de su infancia y adolescencia. Habían pasado casi dos horas y de él, nadie se había cansado.

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