Una mirada crítica sobre el gran espectáculo del mundo

  • Guy Debord publicó hace cuarenta años 'La sociedad del espectáculo', una obra con una perspicaz capacidad de anticipación que mantiene toda su vigencia

Es una máxima de nuestro tiempo que nada puede estropear un buen espectáculo. Recordemos cómo no hace mucho nos enteramos horrorizados que aquella mujer, que fue puesta en el aprieto de acceder a una reconciliación televisada en directo con el hombre que había sido su pareja, fue asesinada a los pocos días por él; supimos entonces que era el maltratador de quien había intentado alejarse. La obscenidad de un programa conducido sin empacho alguno hacia el corazón de una relación marcada por la violencia para, sin consideración hacia los riesgos de la víctima, convertirlo en espectáculo, tiene su correlato a pie de calle en esas conductas de adolescentes dedicados a grabar en sus móviles las palizas dadas a personas débiles escogidas como objeto de su despiadada diversión, para acabar colgando en Internet los golpes y vejaciones que les infligen. Son ejemplos de la espectacularización cotidiana de la violencia que alberga nuestra sociedad. En ella, los medios de comunicación constantemente suministran imágenes de catástrofes o accidentes en las que el dolor y la muerte quedan reducidos a momentos álgidos del reality show a gran escala en el que estamos inmersos. No falta la publicidad más extravagante que ofrece cosas tales como viajes a los glaciares del hemisferio sur para apreciar en directo su desaparición a cuenta del aumento de temperatura provocado por los humanos de las sociedades desarrolladas. Al fin y al cabo, tal turismo antiecológico revestido de plañidera sensibilidad hacia lo que ocurre en la naturaleza no responde sino a los parámetros del consumo desbocado que retroalimenta la infernal máquina de una economía regida por el principio del máximo beneficio. Todo ello, a lo que tan sucintamente aludimos, son epifenómenos del capitalismo globalizado que estructura mundialmente nuestra realidad como sociedad del espectáculo. Tal fue el diagnóstico que de ella hizo Guy Debord hace cuarenta años, con una perspicacia y capacidad de anticipación que de ninguna manera quedaron agotadas con el Mayo del 68 que tanto acusó su influjo.

En 1967 se publica La sociedad del espectáculo por quien había sido propulsor de la llamada 'Internacional Situacionista', tratando de llegar al fondo de lo que ocurre en una sociedad en lo que todo resulta pervertido por el fetichismo de la mercancía. El arte mismo, hasta en sus formas vanguardistas de impugnación del orden establecido, es engullido como objeto de consumo. Tras proponer "construir situaciones" en las que se hiciera realidad la superación del arte identificándolo con la vida -trasunto de la propuesta marxiana de superación de la filosofía en la praxis-, Debord escribió su principal obra comenzando con palabras que se hacen eco de las que encontramos en El Capital: "La vida entera de las sociedades en las que imperan las condiciones de producción modernas se anuncia como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo directamente experimentado se ha convertido en una representación".

Debord quería poner de relieve no sólo la primacía del espectáculo en una sociedad donde es decisivo el papel de los medios audiovisuales de comunicación, sino además cómo toda ella se organiza espectacularmente en un interminable juego de apariencias. Tal es el requerimiento de un capitalismo que espolea de continuo el consumo de mercancías desplazando el ser al tener y el tener al parecer. Después de todo, "el espectáculo es el reverso del dinero" (capital), presentando la imagen invertida de lo que en verdad ocurre en un mundo donde las relaciones humanas están mercantilizadas. Recubriendo el vacío que tal mercantilización agranda de continuo, que es el del nihilismo que la dinámica capitalista induce, "el espectáculo es la reconstrucción material de la ilusión religiosa", mantenida así en sociedades secularizadas. Con su organización como gran espectáculo que se retroalimenta continuamente la sociedad legitima la dinámica económica sobre la que se apoya y la política que sirve a ella, de manera que el espectáculo -insiste Debord- opera como "discurso ininterrumpido que el orden actual mantiene sobre sí mismo, su monólogo autoelogioso".

Parafraseando a Calderón, podemos decir desde Debord que el gran espectáculo del mundo es el traje a medida con que es revestida la realidad social por el capitalismo de nuestro tiempo. No hay más guión que el que el mercado reescribe a diario para que el espectáculo prosiga en la alocada representación que hace de sí una humanidad alienada que sólo puede librarse de la tragedia de su audestrucción -en vano, si no cambia dicho guión- manteniendo indefinidamente la reproducción del mismo. El gran espectáculo del mundo, para seguir sin término según el imperativo del mercado, lo abarca todo: todo se compra y se vende. Así, se mercantiliza, es decir, se "espectaculariza", desde la política hasta la intimidad de las personas, desde la muerte hasta la vida, desde los logros tecnológicos hasta las catástrofes medioambientales. La obscenidad no tiene límites, ni en las pantallas de televisión, ni en las páginas de Internet. El cinismo del capitalismo contemporáneo, como corresponde al nihilismo que la dinámica del mercado potencia con su efectiva transmutación de todos los valores en valor económico, se instala descaradamente en la mentira, con el agravante, como señalaba Debord, de que "la mentira no contradicha se torna locura".

Hablar al modo calderoniano del "gran espectáculo del mundo" no conlleva un mero exceso retórico. La 'sociedad del espectáculo' -y su locura autodestructiva- es mundial, como ya lo entrevió Debord siguiendo a Marx, antes de que estuviéramos metidos en la globalización de nuestro presente: "Con el desarrollo del capitalismo, el tiempo irreversible se ha unificado mundialmente. La historia universal se ha convertido en realidad porque el mundo entero se ha unido bajo el despliegue de ese tiempo. Pero esta historia, que es la misma en todas partes a la vez, no es aún más que el rechazo intrahistórico de la historia. El tiempo de la producción económica, segmentado en fragmentos abstractos e iguales, es lo que se manifiesta en todo el planeta como uno solo y el mismo día. El tiempo irreversible unificado es el del mercado mundial y, consecuentemente, el del espectáculo mundial".

En la 'sociedad del espectáculo', amnésica en la simultaneidad de su presentismo, la conciencia histórica se ve alienada y, por tanto, la historia no se toma en serio. Sin memoria no hay verdadera esperanza y la ausencia de una y otra son síntomas claros de la pérdida de sentido que socava una cultura donde el vacío se hace presente. La sociedad del espectáculo corresponde al momento en que un "capitalismo cínico" se señorea sobre el mundo que él mismo unifica como "global".

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