Cuando los peores son los mejores

Lo peor no es que la política exterior norteamericana pueda depender de un espía borrachín cabreado con los altos mandos de la CIA, de una multimillonaria tejana furibundamente anticomunista y de un corrupto senador tejano al que el tintineo de los hielos en el vaso de güisqui le acompañan de la mañana a la noche como el ruido de las cadenas a los fantasmas, experto en saltar con desenvoltura del Senado a las limusinas horteras y los jacuzzis de Las Vegas adornados con fulanas caras y cocaína, y de allí, previa estación en la mansión de la multimillonaria que además es su amante ocasional, a su despacho de Washington poblado por una legión de secretarias tetudas ("la mecanografía se puede aprender, tener las tetas grandes no" es su lema para la selección de personal). Lo peor no es esto, nos dice Aaron Sorkin (responsable de la espléndida serie El ala oeste de la Casa Blanca) en su vertiginoso y maravillosamente escrito guión -inspirado en un libro del periodista George Crile, porque los hechos son reales- digno en algunos momentos de Billy Wilder por sus diálogos más cortantes que las navajas de Sweeney Todd; lo peor es que el espía borracho, la millonaria tejana y el senador corrupto son quienes actúan con mayor eficacia, sentido de la realidad política y de la compasión humana ante la invasión soviética de Afganistán.

Los hechos, he dicho, son reales por increíbles que parezcan. George Crile, periodista de genio experto en Oriente Próximo y el surgimiento del fundamentalismo fallecido el año pasado tras trabajar para la CBS, el Washington Post y el New York Times, vivió junto al senador Wilson la aventura que contó en su libro Charlie Wilson's War publicado en 2003.

En sus páginas se refleja el caos político, desconcierto diplomático y torpeza táctica que, tras lograr gracias a Charlie Wilson que los soviéticos fueran derrotados en Afganistán, dejó inconclusa la operación haciendo posible que gracias al apoyo norteamericano se fortaleciera el fundamentalismo que se convertiría en su mayor enemigo. La asombrosa operación montada por el increíble trío -que logró hacer confluir los intereses enfrentados de Estados Unidos, Paquistán, Afganistán, Israel y Egipto- se jodió al final, como se dice en la poco elegante frase del propio Charlie Wilson que cierra la película.

Esta idea de que las cosas estén tan mal que los peores puedan ser los mejores es el ácido, brillante y demoledor núcleo de este soberbio guión maravillosamente interpretado por un Tom Hanks pletórico (el senador), una Julia Roberts transfigurada en una Hécuba tejana y hortera (la multimillonaria) y un Philip Seymour Hoffman gordo, borrachín e inteligente (el espía).

Desgraciadamente la realización ha recaído en las sabias pero limitadas manos del anciano Mike Nichols, un director marcado por su origen teatral y con más fracasos que éxitos -aunque estos sean tan brillantes como ¿Quién teme a Virginia Wolf?, El graduado, Lobo o Primary Colors- a sus espaldas, experto en la dirección de actores y las tramas de diálogos e interiores.

Por ello los grandísimos actores que encabezan el reparto hacen tan excelentes interpretaciones y las escenas dialogadas en interiores (clubs, mansiones, despachos, pasillos) están tan brillantemente resueltas. Pero lo que da calidad interpretativa, peso dramático e hiriente mordacidad en estos terrenos que Nichols pisa con firmeza se convierte casi en parodia en las escenas de guerra, que debían haberse evitado.

Queda pese a todo indemne la fuerza del guión, así como su desconcertante habilidad para retratar naturalezas humanas enloquecedoramente contradictorias, el genio con que Tom Hanks, Julia Roberts y Philip Seymour Hoffman las interpretan y el talento de Mike Nichols para plantear duelos de actores en espacios cerrados.

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