La poderosa levedad de lo sencillo

  • Alejandro Gorafe nos sitúa, en esta comparecencia en la sala noble del Palacio de los Condes de Gabia, en un universo artístico que plantea varios argumentos

Porque así lo siento, así lo afirmo. Alejandro Gorafe, además de dominador de otras materias, es el escultor más lúcido que hoy uno puede encontrar. No me duelen prendas en decirlo. A su tremenda solvencia como manipulador de cualquier elemento plástico, a su conocimiento y exactitud del poder estructural de las formas plásticas, a sus extraordinarias dotes para dar sentido a los materiales más humildes y de la más variada condición hay que unir su espectacular sentido artístico, sabiendo en todo momento positivar una acción estética de máximos con lo más mínimo y, todo ello, aderezado con un sabio concepto, en el que continente y contenido están perfectamente implicados en un todo lleno de carácter y entusiasmo creativos. Todo esto no es nuevo, lo venimos observando y siendo conscientes de ello desde hace tiempo, desde aquellos años ochenta cuando empezó una carrera artística que llenó de fuerza plástica aquellos ambientes artísticos granadinos que conquistaban, con determinación, una modernidad absolutamente necesaria y por la que se había luchado con verdadera contundencia.

Además, era necesaria una exposición de este importante formato en el que ha sido y deberá seguir siendo referente en la dinámica expositiva de esta ciudad. Esta muestra viene a completar y a continuar la que tuvo lugar en los bellos espacios del Centro Damián Bayón de Santa Fe, en la que ya se atisbaba algo de lo que, ahora, encontramos en la sala noble del Palacio de los Condes de Gabia. Es, también, una comparecencia que llega a la Plaza de los Girones después de aquella que, en 1999, nos mostrara a un artista en el que los objetos cotidianos alcanzaban una absoluta potestad artística y un carácter poético de extremada sensibilidad, frescura y lúcida ironía. Era La utopía de lo cotidiano y de ella se ha rescatado la pieza Clonaciones, en la que tres cajas mágicas difuminan la realidad aplastante de tres frascos de perfume eternizados en otras tantas fotografías.

Alejandro Gorafe nos sitúa, en esta comparecencia, en un universo atístico que plantea varios argumentos muy a tener en cuenta. Por un lado la idea constructiva, la fortaleza material de unas piezas aparentemente frágiles pero llevados a cabo con un potencial conformante fuera de toda duda. El concepto escultórico está en sus obras perfectamente definido. Los materiales sencillos ejercen su suma potestad estructural desde una feliz manipulación en la que todo está suscrito con perfección y justeza para que desarrollen su ilimitada función material y creen los medios seguros para que las piezas posibiliten su poderosa función significativa. El ensamblaje juega un papel definitivo, los escuetos elementos metálicos se funden para crear estamentos compositivos llenos de entusiasmo y carácter.

En la serie Juegos de artificio -una constante a lo largo de su carrera- el artista patrocina su poderosa capacidad creativa. Esos escuetos elementos compositivos, las finas mallas de tela metálica, los muelles, las cadenas, desarrollan un compacto entramado creativo que atrapan la mirada del espectador y la envuelven de una sutil perfección con bellas posiciones simétricas desde las que todo puede ser posible en esa inquietante dualidad que caracteriza la obra de Gorafe con la presencia y la ausencia, lo real y lo ficticio, lo lleno y lo vacío, lo inmediato y lo evocado siempre creando inusitada expectación. Lo más mínimo alcanza posiciones extremas, como esa espectacular, por lo simple, sutil, compacta y tremendamente bella, pieza titulada La Choperilla, un bello bosquecillo, lleno de sensibilidad, exquisitez y sutileza creativa que el artista crea como homenaje a esas parcelas boscosas que dominan el paisaje y que llaman la atención a los que acceden a Granada.

Muy sugestiva y también llena de festiva ironía es la serie Titiritañas, leves arquitecturas con lo etéreo como fórmula desde donde se presienten formas con vocación de imposibles, quizás, posibles. Escuetas estructuras que dan forma a lo inmaterial y que positivan la escenografía del vacío.

Y como eje central de la exposición la serie Atrapavientos, un conjunto de piezas que, ya desde el principio, nos predispone para los más inesperados encuentros. El autor nos presenta una especie de ideal cosmografía -leves ensamblajes de varillas de acero y remaches- que crean ficticias constelaciones donde queda atrapado el tiempo, el espacio, la luz y, por extensión, la esencia de lo que es y, también, de lo que no es. La levedad, lo etéreo, lo simple, lo mágico, lo inestable, el espacio, lo atemporal, lo oculto, lo que se presiente, lo ausente, el vacío... entidades que Alejandro Gorafe descubre desde el pozo sin fondo de su especialísimo alambique conformador.

La exposición del artista granadino nos vuelve a situar en esa escenografía que describe el silencio de los objetos, la inestabilidad de los espacios, la inmaterialidad de la realidad, el discurso creativo total, el guiño cómplice lleno de ironía -no se pierdan esa festiva pieza impregnada del más jocoso sentido en el que el artista eleva a los altares a una festiva Santa Cleta y la coloca en una hipotética basílica abovedada a base de arcos construidos con ruedas de biciletas- ; en definitiva, un importante conjunto de objetos poéticos que nos retrotraen a los caminos imposibles de los ready-made surrealistas.

De nuevo, Alejandro Gorafe nos hace experimentar esa sensación convincente que de él tenemos como artista y que nos plantea que estamos ante uno de nuestros más lúcidos y significativos creadores.

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