El recuerdo del 'New Hollywood'

  • Ángel Comas rememora la "última edad de oro del cine norteamericano"

Scorsese se lleva el Oscar con un poco disimulado remake de un thriller deHonk Kong (Infiltrados) y cubre gastos realizando pulcros trabajos de encargo para viejas glorias del rock'n'roll o una conocida marca de cava. Coppola adapta a Eliade en Rumanía (Youth without youth) pero no encuentra ya quien lo estrene. Bogdanovich apenas aparece como guest director o actor ocasional en series de TV (Los Soprano) o recuperando su faceta de erudito profesor de la historia del cine norteamericano. Brian de Palma alterna los encargos, en los que todavía se permite algunas licencias (Femme fatale), con rejuvenecedores experimentos con vocación de denuncia (Redacted). Eastwood parece vivir de las sobras y la inercia que le ha reportado la etiqueta crítica de "último clásico". Spielberg y Lucas siguen vendiendo entradas en su particular parque de atracciones virtual levantado desde Tiburón y La Guerra de las Galaxias. Woody Allen busca inversores europeos para seguir haciendo turismo con derecho al final cut. Cimino se cambia de sexo (o eso dicen) esperando una rentrée. Schrader sigue buscando (sin éxito) el estilo trascendental (The walker). Polanski, aún vetado en Estados Unidos, se recluye en el europudding (Oliver Twist) y revisita los géneros con diluida identidad visual. El exquisito Malick sigue jugando al escondite mientras anuncia su versión de Moby Dick. A Dennis Hopper se le ve más por fiestas e inauguraciones que delante o detrás de las cámaras. Kubrick, Altman o Cassavetes, tres grandes, tres, se quedaron por el camino.

Son las derivas, los vestigios, unos más honorables que otros, de algunos de los protagonistas del New Hollywood, el de aquella generación de directores que transformó la superficie del sistema de los estudios entre mediados de los 60 y comienzos de los 80 (de Bonnie & Clyde a Corazonada, pasando por el desastre de La puerta del cielo), responsables de un renacido esplendor de la industria en el que se sucedieron unos primeros momentos de independencia y libertad creativa (propiciada por el vacío de poder en los estudios, el final de la censura y los aires renovadores que venían de Europa), instantes que coincidían con la zozobra de un país desencantado, con el desembarco del cine espectáculo basado en el high concept, los efectos especiales y nuevas prácticas de mercado que iba a consolidar al blockbuster y al público infantil como nuevos ejes del negocio (controlado ya por los ejecutivos, los consejos de administración y las todopoderosas agencias artísticas) desde mediados de los reaganianos ochenta.

Peter Biskind dio buena cuenta de los entresijos, ascensos y caídas de esta generación y su contexto en un libro de referencia obligada. Moteros tranquilos, toros salvajes (Anagrama) se adentraba con cierta propensión al morbo (ya saben, sexo, drogas y rock'n'roll) pero mucha enjundia en el día a día, plagado de anécdotas, datos y numerosos testimonios personales, de la gestación del New Hollywood asaltado por unos jóvenes barbudos salidos de las escuelas de cine y dispuestos a comerse el mundo.

Diez años más tarde, este libro de Ángel Comas no viene a alumbrar ninguna zona de sombra al respecto. A lo sumo, su arbitrario planteamiento se antoja divulgativo en su intento de poner en orden etapas, nombres, géneros, temas y rasgos de una época demasiado mitificada que el autor no duda en calificar como "la última edad de oro del cine norteamericano", tal es la buena prensa alcanzada por una serie de directores y títulos a los que una revisión no impregnada de nostalgia tal vez devuelva su justa valía.

De lo que no cabe duda es del enorme prestigio social, emancipado del genio del sistema del Hollywood clásico, cosechado por los directores de esta generación, convertidos en iconos de la autoría en el cine americano contemporáneo y modelos para tantos cineastas de las últimas dos décadas. Tanto que se diría que para muchos el cine americano no parece haber existido antes de Taxi driver o El Padrino.

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