El sendero de la disidencia

  • 'Cahiers du cinéma' edita un libro de gran formato con conversaciones entre Clint Eastwood y Michael Henry Wilson

Frente al siempre sospechoso consenso mediático que ha encumbrado a Clint Eastwood (1930, San Francisco) a un Olimpo permanente e intocable como último bastión del cine clásico norteamericano o como guardián de las esencias del cine verdadero, uno es de la opinión de que sus últimos trabajos, precisamente aquellos que han consolidado y engrandecido su imagen de maestro vertical e incuestionable, no se encuentran precisamente entre sus mayores logros artísticos. Resulta evidente en las recientes El más allá o Invictus, apresuradas dimisiones de rigor (y seriedad) en busca de nuevos públicos, pero también, ay de mí, en cintas como El intercambio o la mismísima Gran Torino, ésta última saludada como gran obra maestra de mensaje humanista y tono crepuscular cuya voluntad didáctico-ejemplarizante dirigía una historia justo por el camino opuesto a toda lógica realista (redimirse a la vejez, salvar a los otros para salvarse a uno mismo y de paso salvar al mundo) a través de una narrativa más efectista que efectiva profundamente lastrada por ese estilo enfático, tan inclinado al subrayado, que ha hecho del último Eastwood un cineasta que no acaba de confiar demasiado en (la inteligencia de) su espectador.

Más allá de nuestras reticencias a esta beatificación en vida, comprensible por otro lado en tiempos de desorientación y falta de referencias, es innegable que entre su filmografía se encuentran algunos de los grandes títulos -El aventurero de medianoche, El jinete pálido, Bird, Sin perdón, Un mundo perfecto, Million dollar baby- del cine norteamericano reciente, filmes aferrados a unos temas, tratamiento, géneros , personajes y estilo emocional que desprenden una nostalgia por el cine clásico como modalidad de un producto de masas capaz también de fabricar obras de arte.

Si su amigo Richard Schickel se ha encargado de magnificar su figura y su obra en varios libros y documentales hagiográficos, y el impertinente Patrick McGilligan ha aireado sus trapos sucios en su reciente biografía (no autorizada) editada por Lumen, el lujoso volumen de gran formato que ahora tenemos entre manos le da voz al propio protagonista a través de una enjundiosa conversación in progress con el historiador y crítico Michael Henry Wilson, quien ya colaborara con Martin Scorsese en su proyecto Un recorrido personal por el cine norteamericano y con el propio Eastwood en el documental A life in film.

Henry Wilson define a Eastwood como un maverick, a saber, como un inconformista y un disidente, para desgranar junto a él una carrera que arrancaba en la serie B de la Universal, despegaba con la serie de TV Rawhide y los spaghetti-westerns de Sergio Leone y alcanzaba el estrellato gracias al controvertido personaje de Harry Callaghan en la saga de Harry el sucio. Desde su debut en la dirección con el thrillerEscalofrío en la noche (1971), y a través de su productora Malpaso, Eastwood se ha fraguado una carrera independiente y constante en los márgenes de los grandes estudios, una carrera a la que han ido a parar algunos de los mejores guiones de la industria y los grandes temas que atraviesan recurrentemente su cine: un idealismo enfrentado a una realidad que no es idílica, el cuestionamiento de la violencia a través de aquellos que la sufren, la simpatía por los outsiders y, ya en sus últimos trabajos, la compasión ante la inocencia interrumpida.

A lo largo de 240 páginas repletas de fotografías, Eastwood dialoga con Wilson sobre todos estos asuntos, sobre el cine y el jazz, sus dos grandes pasiones, pero también sobre sus coqueteos con la política, sobre sus tensas relaciones con Hollywood o sobre su mirada, a veces políticamente incorrecta, al devenir de la historia reciente de los Estados Unidos. El libro nos revela a un Eastwood que trabaja su imagen de hombre sabio pero modesto, a un director autocrítico con su propio trabajo aunque siempre hasta un límite, a un ciudadado comprometido y un autor empeñado en reivindicar más que nadie su propio lugar en la historia del cine junto a sus admirados John Ford, Frank Capra o William Wellman.

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