Saeta, la palabra más apropiada

  • Alfredo Arrebola, Doctor en Filosofía y Letras, Premio Nacional de Flamenco y Saeta de Oro de Sevilla en 1970, describe este cante en su aspecto histórico, literario y musical.

ESTÁ suficientemente probado que el pueblo andaluz es capaz de decir muchas cosas en pocas palabras. Es, simplemente, su forma de ser. A veces pienso que el pueblo andaluz creó el flamenco para "decir cantando" todo lo que ama y aborrece. El lenguaje de los andaluces, sin la menor duda, es corto y directo, gráfico y expresivo; el pueblo andaluz es capaz de meter en tres, cuatro o cinco versos, tratados de filosofía, de estética, de amor o de vida espiritual, tal como lo manifiesta el flamencólogo jerezano Juan de la Plata en su tratado La Saeta (Jerez de la Frontera, 1984).

Para hablar de la saeta hay que tener muy en cuenta cómo el andaluz concibe la Semana Santa, fiesta del amor y fe: "Así el amor lo ordena, amor más poderoso que la muerte". Y siendo así, escribió Agustín Aguilar y Tejera cómo había de permanecer indiferente el pueblo ante el sublime espectáculo que la Iglesia desarrolla ante sus ojos y más si ese pueblo es el andaluz, creyente y poeta por naturaleza. Por eso, este pueblo que sabe recoger y reflejar en sus armoniosas canciones todos los matices de la poesía tiene un tesoro poético compuesto de una numerosa colección de saetas llenas de sentimiento y encanto, como escribe Agustín Aguilar y Tejera en Saetas populares en 1946.

Porque lo que nunca puede olvidarse es que la saeta es "cantar del pueblo" -como dijo Machado-, pero también salido de los pueblos. Es decir, de entre el pueblo que vive en el pueblo. No se puede olvidar, por otra parte, que el pueblo andaluz es rico en tradiciones orales, en comunicación hablada o cantada, en secretos de arte, poesía o música que se transmite de generación en generación, como leemos en Rafael López Fernández (La Saeta, 1981), expresión que Manuel Machado nos dejó sintetizada en aquellos versos: "Tal es la gloria, Guillén,/ de los que escriben cantares:/ oír decir a la gente / que no los ha escrito nadie".

Asimismo, sabemos que la Iglesia se ha servido de la música popular para sus actos litúrgicos; como también está demostrado que el flamenco ha bebido mucho en las fuentes gregorianas, es decir, de la música que usa la Iglesia. Por eso, he defendido siempre que no existe el más mínimo escándalo en servirse del flamenco para "rezar a Dios". Bien lo dejó escrito San Agustín: "Reza dos veces quien bien te canta". Y eso es exactamente la saeta: oración unas veces; conversión pública que expresa arrepentimiento, otras. Pero nunca aquella saeta que espera el ¡Olé! y aplauso de antemano. Así era la saeta antigua, tradicional: oración y catequesis del pueblo al aire libre, en plena calle, sin complejos.

Etimología

La palabra saeta procede del término latino sagitta, que significa "flecha, dardo o arma arrojadiza que se dispara", pero ¿quién dio el nombre de saeta a las coplas que el pueblo canta a Cristo en su agonía, pasión y muerte? Conforme a mi criterio, pienso que no existe ninguna palabra más apropiada que ésta para calificar a estas coplas que van directamente al corazón de la muchedumbre para abrir en él las hondas heridas de la emoción y piedad.

El pueblo da a todas sus expresiones un colorido y una ternura interminables, y jamás podrán los más altos poetas herir las fibras del corazón humano como suele hacerlo la copla que va de labios del hombre; copla que no se sabrá dónde nació pero que jamás morirá. La saeta incluso será torpe en sus palabras, pero muy rica en delicadeza y emociones.

La saeta lleva en su punta (léase intención) un mensaje, bien por su contenido de fe o esperanza, bien una petición afectiva o una manifestación de arrepentimiento y perdón, o simplemente una confesión íntima de amor.

El diccionario de la lengua la define así: "Coplilla que suele cantarse en las iglesias o en la calle", fue dada por la Real Academia de la Lengua a partir de 1803 ya que desde el siglo XVIII los frailes franciscanos-capuchinos de Andalucía comenzaron a llamar saetas a las letrillas de las coplas que ellos empleaban en las procesiones de penitencia.

Religiosidad andaluza en los siglos XVII Y XVIII

Para hacer un estudio objetivo de la saeta es imprescindible ofrecer una brevísima referencia de la vida religiosa en Andalucía a partir de los Reyes Católicos, pero de modo especial de los siglos XVII y XVIII. Si nos ceñimos aún más, sería del siglo XVIII dado que es desde esta época cuando arrancan las primeras noticias escritas de los cantes flamencos.

La historia nos enseña que desde el siglo XVII comienzan a introducirse en la vida religiosa del pueblo llano "nuevas ideas": un laicismo muy acusado e influenciado por el jansenismo y el enciclopedismo de las clases dirigentes. Estas ideas llegarán, incluso, a influenciar los bailes andaluces.

Rafael López Fernández dice que "... estas ideas, aunque si bien no pedían considerarse con rigor una actitud abiertamente herética, sin embargo tampoco se sometían a la interpretación tradicional del catolicismo español, por lo que muy pronto llegaron las polémicas".

Por otra parte, la Iglesia ya no podía contar con los grandes teólogos y místicos del Siglo de Oro, ni tampoco con los jesuitas, expulsados por Carlos III en 1767, que eran los más preparados intelectualmente frente a las ideas de la Ilustración. No le queda más remedio a la Iglesia que acudir a las órdenes religiosas -sobre todo franciscanos, capuchinos y dominicos- quienes sentían en sus carnes los problemas y agitaciones rurales de Andalucía.

Además, en esta época los frailes estaban muy vinculados al pueblo. Estaban, por tanto, preparados para hacer frente a las "ideas ilustradas y afrancesadas". Se entregaron a una decidida labor de evangelización como si de una cruzada misional se tratara. Esto llevó a los predicadores a recorrer todos los pueblos, villas, aldeas y lugares más escondidos.

Larga es la nómina de célebres predicadores, destacando Fray Luis de Oviedo, Fray Isidoro de Sevilla, Fray Diego José de Cádiz (llamado el "Apóstol de Andalucía"), todos ellos religiosos capuchinos. Por los dominicos, hay que señalar a Fray Pedro de Ulloa, que introduce los "Rosarios de la Aurora", que servirán como base de las llamadas "saetas tradicionales".

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