Martillo de herejes, luz de Trento

  • Coincidiendo con el centenario de la muerte de Menéndez Pelayo, Almuzara publica una nueva biografía que recorre la meteórica y controvertida trayectoria del polígrafo santanderino.

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Menéndez Pelayo, un hombre contra su tiempo. Manuel Serrano Véelz. Almuzara. Córdoba, 2012. 472 páginas. 26 euros.

"España evangelizadora de la mitad del orbe; España martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio…; esta es nuestra grandeza y nuestra unidad. No tenemos otra". Procedentes del epílogo a su obra más difundida, la Historia de los heterodoxos españoles, las contundentes palabras de Menéndez Pelayo se convirtieron en un tópico que reflejaba de modo premonitorio la retórica fanática con la que el nacional-catolicismo ensalzó los valores eternos de la patria, pero no cabe ser cicateros con el único título del autor que sigue siendo reeditado, leído y admirado. Se ha dicho con razón que el compendio de don Marcelino -una obra de juventud, combativa y enfebrecida- ha sido durante décadas una de las principales fuentes para el conocimiento de autores de los que apenas se sabía nada. Ya la extensión de los volúmenes desmentía el argumento de que la herejía se había limitado entre nosotros a unos casos aislados, pero es que además el propio Menéndez Pelayo -como no dejaron de ver quienes lo superaban en intransigencia- se mostraba no pocas veces fascinado por las cualidades literarias de los presuntos réprobos, a muchos de los cuales rescató del olvido.

Salvo quizá en la hermosa ciudad de Santander, donde es justamente reverenciado, Menéndez Pelayo ha dejado un rastro equívoco. No es sólo que la mayor parte de su obra, aunque de hecho sentó las bases de la filología moderna, haya quedado relegada al desván de las curiosidades bibliográficas, sino que puede afirmarse que a pesar de su genio proverbial y de sus excelentes cualidades intelectuales el polígrafo por antonomasia de la literatura española fue de hecho un autor malogrado, en el sentido de que no llegó a cumplir las enormes expectativas -en absoluto infundadas- que en él se habían depositado. Con todo, parte de la culpa de su relativo ostracismo se debe menos a las promesas no cumplidas -pues fue mucho lo que dejó- que a la rehabilitación y el encumbramiento póstumos por parte de la derecha autoritaria y las autoridades académicas franquistas, que recurrieron a menudo a Menéndez Pelayo como precursor del discurso de la anti España, lo que si por un lado no puede extrañar a sus lectores, por el otro señala un abuso y un caso evidente de apropiación indebida.

Publicada por Almuzara, la nueva biografía de Manuel Serrano Vélez recorre la meteórica carrera de Menéndez Pelayo desde su infancia de niño prodigio, claramente superdotado, hasta su entronización como sabio por excelencia de una España estable en lo político pero decadente en casi todo lo demás, que pronto perdería sus últimas colonias y donde aún se observaban con recelo las novedades llegadas de Europa. Las anécdotas a propósito de su memoria formidable y su legendaria erudición, la conquista de la cátedra a los 21 años -para lo que hubo de ser rebajada la edad mínima, que eran los 25-, las numerosas distinciones académicas, la famosa polémica de la Ciencia española, el ambiente de las tertulias aristocráticas, sus convicciones políticas y religiosas, su firme e irreparable animadversión hacia el krausismo, la formación de su biblioteca, el decisivo papel de su maestro Laverde o la entrañable amistad con don Juan Valera son algunos de los temas tratados en un libro que también atiende -aunque menos de lo deseable- a la recepción y crítica de sus obras más celebradas, la citada Historia de los heterodoxos en primer lugar, pero también la inconclusa Historia de las ideas estéticas o el valioso y asimismo inacabado Orígenes de la novela, que suplieron el hecho de que Menéndez Pelayo no llegara a abordar una Historia de la Literatura que sin duda -dice con razón Serrano Vélez- habría marcado un hito en la filología española.

Pero no todo fueron triunfos. También asistimos a la amarga deriva de los últimos años de Menéndez Pelayo, en los que su estrella parecía haberse apagado para siempre. Con los autores del 98, salvando a Ganivet y en parte a Unamuno, su relación fue en vida de incomprensión mutua. Deteriorado y prematuramente envejecido, el insigne polígrafo -que nunca había destacado por su aseo personal- se mostraba sucio y despreocupado de su aspecto, vivía casi enclaustrado en su modesta residencia -quienes lo visitaban la calificaban de leonera- de la Academia de la Historia, trasegaba más alcohol de la cuenta -o eso afirmaban muchos de sus contemporáneos- y seguía mostrando una silenciada pero escandalosa predilección por los amores mercenarios. Era sabido que el gran campeón del catolicismo nunca había sido especialmente dado a los oficios religiosos, pero este relativo desinterés y los otros rasgos apuntados no sólo no disminuyen su figura, sino que ayudan a humanizar a un personaje que nunca encajó -pese a sus sólidas convicciones y a una agresividad que fue menguando con los años- en el estrecho molde del integrismo. Los puros de comportamiento irreprochable despiertan siempre una lógica desconfianza, pero frente a ellos, los grandes cristianos han sido muy a menudo grandes pecadores.

El trabajo de Serrano Vélez se lee bien y está correctamente escrito, aunque sin alardes. Si acaso, el lector echará en falta que el biógrafo no vaya mucho más allá de la mera exposición de datos, sin entrar en interpretaciones de calado o elegir entre las distintas opiniones cuando estas -lo que ocurre a menudo- entran en contradicción a propósito de cuestiones controvertidas. Lo que no tiene justificación, pese a tratarse de una obra divulgativa, es que no aporte bibliografía de ninguna clase, cuando es obvio que el autor -profesor y documentalista- ha manejado decenas de títulos cuyas referencias no se ofrecen a los interesados. Puede entenderse que prescinda de las notas, por aquello de no abrumar a los no especialistas, pero no que no relacione las fuentes consultadas, empezando por las obras del propio Menéndez Pelayo. En cualquier caso, el libro cumple parte de su función y tiene la virtud de recordar la paradójica trayectoria de don Marcelino ahora que él mismo, emblema de la catolicidad y el conservadurismo a ultranza, se ha convertido en un heterodoxo.

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