Desalojados 20 'okupas' de un edificio cercano al Paseo del Salón

  • La orden partió de un juzgado y a petición del dueño · Los residentes, que no se resistieron a la Policía, creen que debieron avisarles por lo menos un día antes

En el número 4 de la Cuesta del Pescado, donde el Realejo llega al Paseo del Salón, queda un cartel escrito a mano y probablemente por alguien extranjero: "Aquí se murrió la vida", dice. Pero la persona que dejó esa especie de epitafio ya no está allí. Ni ella ni los aproximadamente veinte compañeros que okupaban ese edificio de tres plantas, al que llegaron hace cinco meses. Llevaba diez años vacío y pensaron en hacer allí actividades culturales. Hasta le pusieron un nombre: La rúa del pescao.

Ahora vuelve a estar vacío. Ayer, poco antes de las nueve de la mañana y cumpliendo una orden del Juzgado de Instrucción número 1, más de veinte policías nacionales se presentaron allí y les comunicaron a los residentes que tenían que abandonar el sitio a la mayor brevedad posible.

Protestaron, pero débilmente. Algunos pusieron unos colchones en la calle tratando de impedir que pasaran los coches, algo pensado muy a la ligera y que no tuvo mayor repercusión. Al final obedecieron. "Era lo mejor, porque nos habrían detenido", se justificó después una de las okupas, que, como los demás, se quejaba fundamentalmente de una cosa: no les había llegado una orden de desalojo, cosa que, al menos antes, sucedía con 24 horas de antelación. "Ha sido de buenas a primeras. Ni siquiera hemos podido hablar con el dueño, por si nos daba ese margen. Ni despedirnos de los vecinos, con los que nos llevábamos bien", cuenta. Y un albañil que llevaba semanas viéndoles lo corrobora: "Son buena gente", sentenció.

En el desalojo sólo hubo un momento de tensión, pero no fue con los policías sino con un cámara de prensa, al que reprocharon que les filmara sin su consentimiento. Él alegó que estaba en la calle y la discusión fue subiendo de tono hasta el punto de que por poco desemboca en agresión.

A las doce y media, cargando con diez colchones y acompañados por media docena de perros, la mayoría de los desalojados llegó a la Plaza del Carmen, donde está el Ayuntamiento. "Nos han dejado sin casa, sin un sitio en el que vivir", argumentaba uno en lo que podía interpretarse como una demanda indirecta de ayuda. "Aunque sabemos que los que nos han desalojado han sido los policías y por orden judicial, en realidad poco nos importa quién haya sido", terció una compañera, para la que todas las instituciones se parecen de forma muy sospechosa y suelen coincidir en su poca sensibilidad hacia las minorías. Un tercero, poco después, aclaraba que la casa, en realidad, sólo les servía esporádicamente como hogar, pero admitía que a veces se quedaba allí gente responsable de talleres o actividades, e incluso amigos que venían de fuera.

En cuestión de minutos, los okupas se vieron rodeados de más de una decena de policías locales, que como primeras decisiones adoptaron las de controlar a los perros y deshacerse de los colchones. Les dieron dos opciones a quienes los pusieron allí: si eran suyos, llevárselos o afrontar una multa por ocupación de vía pública. Y si no, dejar que los recogiera Inagra, que fue lo que sucedió.

A partir de ahí, la protesta fue languideciendo. Dieron varias vueltas a la plaza gritando consignas como "un desalojo, otra okupación" o "casas sin gente, gente sin casas". Incluso, en una suerte de efecto llamada, consiguieron que se les sumaran otros diez amigos que, aunque no estuvieron en el desalojo, prestaron apoyo.

Siempre bajo la mirada de los policías, el grupo continuó en la plaza hasta que, a las cuatro y media de la tarde, los agentes les conminaron a marcharse. Y ellos, viendo que no les quedaba otra, lo hicieron.

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