Fogones anónimos en un 'restaurante' al aire libre

  • Los cocineros de las casetas pueden empezar a trabajar a las 9:30 horas y están en horario ininterrumpido hasta altas horas de la madrugada · Tienen que tener todo listo al minuto, porque en la feria nadie espera.

Como periodistas, como policías, como vendedores de algodones,  cantando números en las tómbolas o como barrenderos, cualquiera que haya tenido que trabajar en feria sabe lo pesada que se puede llegar a hacer. Pero hay una profesión que es especialmente dura: la de cocinero en las casetas. Hay que servir al momento porque nadie está dispuesto a esperar a que se prepare un plato. El horario se lo puede uno imaginar. En los restaurantes son chefs, aquí nadie conozce sus nombres. Y si se pasa calor hablando y bebiendo con los amigos, trabajando sin parar entre las hornillas, las freidoras y las planchas si no se está entrenado puede sufrirse una pájara.

Feriantes profesionales

Los hay que aguantan bien porque tienen muchos años de ferias a sus espaldas. Por ejemplo Magdalena Alejo, de 55 años, que antes fregaba suelos y echaba horas en las casas pero desde hace una década va de pueblo en pueblo con los Hermanos Toro, una empresa que se encarga de llevar el catering de muchas casetas de Andalucía.

Dentro de la cocina no tiene tareas predilectas. "Cuando vienes a trabajar te tiene que gustar todo", comenta estresada antes de regresar rápido a la cocina, porque tiene mucha faena y no puede dejar ni un minuto a solas a sus compañeras de la caseta municipal.

Algunos se dedican a eso desde los catorce años. Por ejemplo, José Antonio Gómez, que con 34 años lleva 20 de caseta en caseta y de pueblo en pueblo desde mayo hasta octubre. Pertenece al catering El Bodegón, una empresa sevillana que se encarga de llevar las casetas. Sólo en el Corpus de Granada lleva seis casetas: la de la Universidad, La Ruiseñora, De Milagro Estamos, Al Compás, La Muela del Juicio y La Polvareda, en la que él está. Es el encargado pero pasa muchas horas dentro cortando jamón, aunque si hace falta echar una mano en la barra también la echa.

Sólo para los casi 70 empleados que la empresa ha traslado en el Corpus a Granada ha alquilado  9 pisos, algunos de hombres y otros de mujeres. Como están muy organizados, hacen turnos de horarios. Él trabaja desde las dos hasta las ocho, se va a descansar a casa y vuelve a las diez de la noche hasta las seis de la madrugada, aproximadamente. "Yo estoy aquí hasta que se quede el último socio", comenta.

Cree que su trabajo no está mal pagado, pero ya no atan los perros con longanizas... "Antes estaban las cosas mejor pero ahora tenemos que adaptar  los precios a lo que nos pueden pagar los caseteros".

Otro profesional de las cocinas de las casetas es Manuel La Rosa, que con 51 años lleva 20 recorriendo recintos feriales. Además de la bolos veraniegos por los recintos feriales, el resto del año trabaja como cocinero en el restaurante de su cuñada, el Ángel III, que está en Ciudad Real.

Todas las mañanas se va a la feria a las nueve y media para empezar a preparar cosas. "Aquí lo tienes que tener todo listo porque la gente si tardas se va a otra caseta". Su ayudante, Antonio Castillo, de 34 años, se va a media mañana. Y desde entonces, los dos, hombro con hombro, empiezan a cocinar hasta las dos y media de la madrugada. Y luego se van al mismo hotel. "Nos pagan 140 euros al día y el alojamiento. Eso es lo bueno, que está bien pagado". Aunque eso sí, no hay más que entrar en la cocina para saber que sudan cada céntimo que les pagan.

Los menos bregados

Otros son nuevos en el tema o directamente voluntarios. Como Miguel Muñoz, que ayer, como todos los años, hizo un arroz de marisco en la caseta donde trabajan Manuel La Rosa y Antonio Castillo: La Excusa. Él es uno de los socios y le gusta hacer esa paella, que según sus fans incondicionales es "espectacular" y que se reparte de forma gratuita.

María Gálvez ejerce de cocinera en la caseta de El Palio de forma desinteresada. Camarera de una hermandad, como el resto de los que trabajan allí son voluntarios que con lo que recauden durante esta semana pagarán el manto nuevo de su virgen. "Aquí todos guisamos, fregamos o servimos en la barra, aunque en la cocina solemos estar entre 5 y 8 mujeres. No se cierra nunca mientras haya gente, pero yo no trabajo con desgana porque lo hago por un motivo muy concreto".

Carlos Jiménez, el cocinero y encargado de La Marimorena, sí que cobra, pero tampoco parece  tan estresado como otros compañeros porque su caseta es pequeña. "Mis padres son socios de la de enfrente y como hice un módulo de cocina me ofrecí a llevar esta", explica el joven, que prepara unas oposiciones a Guardia Civil y es el jefe de sala de la discoteca Ópera 4. En fin, que cada uno habla de la feria según le va.

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