Maternidad versus exterminio

  • La Fundación Euroárabe y la UGR celebran un seminario internacional sobre la Mujer en el Holocausto con expertos en genocidio para "concienciar a la audiencia sobre la necesidad de tener memoria"

De cuántas formas podía comportarse una madre judía en los campos de concentración del régimen nazi. Qué opciones tenían para salvar a sus hijos. O cuáles eran los dilemas a los que se enfrentaban en la clandestinidad. Las respuestas a estas decisiones personales sólo se tomaron una vez en la vida pero marcaron la existencia de las generaciones venideras.

No hay suficiente espacio en este periódico como para describir la conferencia que brindó ayer la historiadora Frumi Schori en la Fundación Euroárabe. Esta institución ha logrado reunir a reputados especialistas en genocidio y discriminación para divulgar (hasta el viernes) sus conocimientos sobre la aplicación del género en los estudios sobre el Holocausto. Una iniciativa promovida por la Universidad de Granada, que ha tomado las riendas de un debate que está muy de actualidad en España, el de la memoria histórica. La finalidad: "concienciar a la audiencia sobre la necesidad de tener memoria".

Frumi, la directora de la Escuela Internacional de Estudios del Holocausto del Museo Yad Vashem de Tel Aviv (Israel), compartió ayer con los asistentes a su charla uno de los legados más valiosos de la historia de la humanidad: los testimonios de supervivientes y de las hijas de mujeres que murieron en un exterminio que acabó con la vida de unos 6 millones de judíos.

Pocos saben que "un 65% de la población que vivió en los guetos nazis eran mujeres, que casi un 25% eran niños y que sólo un 10% eran hombres", revela Frumi.

Para entender algunas de las encrucijadas a las que se enfrentaban las mujeres, la historiadora relató detalles de las condiciones de vida de los guetos, el primero se creó en Polonia en 1939, donde los alemanes llegaron a concentrar casi dos millones de judíos. Según Frumi, para contrarrestar los gastos y el trabajo que generaba esta superpoblación, los alemanes decidieron dejar que murieran de hambre los judíos.

Y el hambre trajo consigo disputas, robos y hasta episodios de canibalismo entre miembros de una misma familia. "Tras leer el testimonio de más de mil mujeres encontramos casos reales de canibalismo", dice Frumi. Vladka Meed relató a la historiadora que una mujer rusa de 70 años le contó hace una década que con 16 años vivió en un campo de concentración en Ucrania. "Sus familiares habían muerto en las cámaras de gas, no tenía dinero ni contactos a los que pedir ayuda, así que el hambre le llevó un día a tomar la determinación de comerse una parte del cuerpo de una mujer que yacía junto a ella. Decidió comerse el pecho de la mujer moribunda".

La experta en genocidio explicó que muchos judíos que fueron enviados a los campos de concentración procedentes de Grecia, Polonia o Hungría no sabían realmente dónde iban. Había rumores pero no sabían cómo afrontar la información que les llegaba sobre la exterminación. Es en este punto cuando las madres tienen que tomar las decisiones más difíciles de sus vidas y cómo actuar para salvar a sus hijos. Frumi enumeró hasta ocho comportamientos.

La mayoría de las madres judías trataron de dejar a sus hijos en algún monasterio (el 8%) o casa particular (80%). Sin embargo, encontrar un lugar para esconder a un niño judío no era fácil. "Había que tener contactos, de ahí que el 80% de los niños ultraortodoxos murieran, pues su aislamiento no les permitió salvarse".

"Si el niño judío era rubio, con ojos azules y sabía algo de polaco no había problemas, pero si era moreno, hablaba sólo el yidish o estaba circuncidado nadie se arriesgaba a quedárselo", detalló la historiadora.

Algunas mujeres decidieron que sus hijos siguieran la misma suerte que ellas. Otras, las menos, optaron por abandonarlos para que, sin cargas familiares, pudieran hacer de mano de obra y salvarse. Muchas se unieron a los niños en su camino hacia la muerte, en la selección (los niños a una fila, a las cámaras de gas, y los hombres a otra, a trabajar) las mujeres podían decidir su suerte. Las hubo que optaron por el suicidio. Otras acabaron estrangulando a sus niños en plenos episodios de terror o estrés. Y las hubo que asesinaron a los niños de otras mujeres por compasión.

Frumi cuenta que, sesenta años después, todos los hijos con los que ha hablado que lograron sobrevivir gracias a la determinación de sus madres tienen la sensación de haber sido abandonados.

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