Los cuentos del Doctor Bacteria

  • Uno de los científicos españoles más eminentes plasmó su inquietud literaria en una serie de cuentos

Imagínense, amigos lectores, un relato en el que un explorador viaja al planeta Júpiter. Allí encuentra seres gigantescos, diez mil veces más grandes que él aunque de estructura anatómica similar; tan inmensos que nuestro intrépido viajero tendría para ellos el tamaño de un microorganismo, resultando totalmente invisible a sus enormes ojos. Armado con toda suerte de aparatos científicos, nuestro héroe logra penetrar en el interior de uno de esos gigantes por una glándula cutánea, viaja por todo su organismo a lomos de uno de sus glóbulos rojos desde donde contempla batallas entre leucocitos y parásitos, desentraña los misterios del funcionamiento de la visión y la audición y descubre los secretos de la transmisión del impulso nervioso e incluso del pensamiento.

Si les preguntásemos por un posible autor para este relato, probablemente pensarían en Isaac Asimov, divulgador científico y autor de obras de ciencia ficción de temática similar como Viaje Alucinante o Viaje alucinante II: destino cerebro. O si son aficionados al cine verían referencias a la película del mismo título o a la posterior El chip prodigioso. Lamento decirles que estarían muy equivocados. El texto corresponde, en palabras de su autor, a una voluminosa novela biológica, de carácter didáctico, escrita entre 1871 y 1873, cuando su autor era estudiante en la Facultad de Medicina. Ese estudiante era Santiago Ramón y Cajal, uno de los científicos más eminentes que ha dado este país, autor de obras tan trascendentales para la Historia de la Ciencia como la Histología del sistema nervioso del hombre y los vertebrados y el primer español en conseguir el premio Nobel de Medicina y Fisiología.

La afición de Cajal por la literatura se inició a una edad muy temprana, en un ambiente familiar en el que no se consentían los libros de recreo para no distraer a los niños de las obligaciones del estudio. En esas circunstancias, el joven Santiago descubrió en el desván de un vecino una amplia biblioteca que le permitió leer a autores como Alejandro Dumas, Daniel Defoe, Víctor Hugo o a los españoles Quevedo y Cervantes. La lectura de esas obras sería tan relevante en la vida de Cajal, que junto a sus imponentes tratados científicos, desarrollaría una faceta literaria quizá poco conocida aunque no por eso menos importante.

En su autobiografía narra cómo siendo aún muy joven, escribió una novela inspirada en Robinson Crusoe. En ella tenía lugar un naufragio, alguien se salvaba asido a un leño y arribaba a una isla desierta donde descubría la fauna, la flora, los pobladores… Él mismo reconocería la influencia de Julio Verne y sus Viajes Extraordinarios, como De la Tierra a la Luna o La vuelta al mundo en ochenta días, en el relato al que hacíamos referencia al principio. Lamentablemente esta obra, pionera en la ciencia ficción e ilustrada por el propio Cajal, no se conserva; él mismo reconoció haberla extraviado en alguno de los viajes que realizó como médico militar entre España y Cuba.

No acabaría aquí la faceta de Cajal como escritor de ficción. Entre 1885 y 1886, cuando desempeñaba la cátedra de Anatomía en la Universidad de Valencia, escribió una serie de relatos cortos, doce en total. No los publicó entonces; probablemente esperó a que su reputación científica estuviese bien consolidada. En 1905 vieron la luz cinco de ellos en una edición limitada que circuló entre conocidos. Los publicó con el pseudónimo de Doctor Bacteria, nombre que ya había utilizado años antes en unas obras de divulgación que aparecieron en la revista La Clínica de Zaragoza.

A secreto agravio, secreta venganza; El fabricante de honradez; La casa maldita; El pesimista corregido y El hombre natural y el hombre artificial son los títulos de esos cinco relatos reunidos bajo el título general de Cuentos de Vacaciones. Narraciones pseudocientíficas. El primero de ellos, homónimo con la obra de Calderón de la Barca, refleja la influencia que sobre Cajal ejercieron los clásicos, aunque su argumento lo acerca más a El médico de su honra, del mismo autor.

Más que relatos de ciencia ficción se trata de narraciones con una trama protagonizada por científicos o un trasfondo en el que fenómenos aparentemente sobrenaturales acaban explicándose desde una perspectiva puramente racional. En algunos casos los personajes muestran elementos propios de la biografía de Cajal, como el médico que vuelve de América, la figura del bacteriólogo o la hipótesis microbiana de la enfermedad -que él defendía en su lucha contra el cólera en la época en que escribía los cuentos-, patologías infecciosas como la malaria o la tuberculosis que también padeció, su faceta como microscopista, el hipnotismo que llegó a practicar con su esposa para mitigar los dolores del parto o la fotografía, de la que también fue pionero y sobre la que publicó un tratado titulado La fotografía de los colores: bases científicas y reglas prácticas.

Del resto, los herederos de Cajal recuperaron hace unos años el titulado La vida en el año 6000. Describe un mundo en el que se crea vida microbiana en el laboratorio, en el que los humanos han desarrollado modificaciones corporales según sus ocupaciones y donde está ya muy próxima la producción de seres humanos artificiales. Seres estos que serán sin prejuicios morales, sin ideas teológicas o históricas; seres perfectos capaces de cultivar la ciencia con éxito extraordinario, en palabras del propio Cajal.

Tras escribir estas ficciones, Cajal comenzó a desarrollar el trabajo que lo hizo mundialmente conocido: los estudios histológicos del sistema nervioso que le hicieron demostrar que las neuronas son células independientes, no elementos constituidos en una red físicamente continua. Estudios por los que en 1906 acabaría siendo galardonado con el premio Nobel de medicina, el primero que conseguiría un español en una época en la que la situación científica en España hacía difícil presagiar que alguien alcanzase tan preciado galardón.

Indudablemente aquellas lecturas clandestinas de juventud contribuyeron a forjar la figura del gran científico y humanista que fue Cajal. Por ello, y desde el espíritu que impregna estas páginas, quizá sea oportuno preguntarnos por qué nuestros estudiantes cada vez leen menos, por qué cada vez la lectura les resulta menos atractiva frente a otros hábitos que desarrollan mucho menos la imaginación. Quizá estemos equivocados al pretender que nuestros jóvenes lean obras ajenas a sus gustos y sea necesario establecer nuevas estrategias que les hagan descubrir lo que los libros esconden. La lectura de aquellos libros prohibidos en absoluto impidió que Cajal llegase a ser uno de los científicos más notables de todos los tiempos; muy al contrario, a buen seguro estimularon tanto su faceta científica como su capacidad de ingeniar obras de ficción como estos Cuentos de vacaciones, tan apropiados para las fechas en las que nos encontramos.

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