Fenómeno urbano

Los jóvenes trasladan el botellón hasta los parkings cercanos a las zonas de marcha

  • os aparcamientos de la ciudad se han convertido en lugares de encuentro para beber ya que permiten resguardarse del frío y evitar las multas por consumir alcohol en la calle

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Ni el botellódromo, ni las plazas públicas, ni los pisos de estudiantes. Los jóvenes de la ciudad se decantan ahora por los parkings públicos para beber durante los fines de semana. El frío que se ha colado ya en la capital es el principal argumento de los jóvenes a la hora de justificar esta nueva ‘moda’ que está desplazando el botellón hasta los parkings cercanos a las zonas de marcha y los aledaños de bares y discotecas.

Además de ahuyentar las bajas temperaturas, los jóvenes eluden con esta práctica las cuantiosas multas que acarrea beber en la calle (hasta 300 euros de sanción) tras la puesta en funcionamiento de la ley antibotellón. Y es que la ilegalidad de la nueva práctica genera tal debate, que ni siquiera desde la Administración local saben cómo se podría actuar en estos casos. Para empezar, la Policía Local no puede entrar en estos recintos salvo que sean requeridos por la empresa que tiene la concesión del aparcamiento público y que estén dispuestos a denunciar la situación registrada.

Por su parte, los jóvenes aprovechan la escasa vigilancia a determinadas horas para beber en este tipo de recintos. Según fuentes policiales la crisis ha llevado a las empresas a recortar en el personal encargado de la vigilancia de estos espacios públicos.

“A veces viene un guarda de seguridad y nos avisa de que no podemos estar aquí, pero nunca han venido policías”, relata uno de los participantes en este peculiar botellón bajo techo en la madrugada del domingo. “Esto es como una especie de Gran Hermano, sabes que hay cámaras por todos lados vigilándote, así que hay que buscar el ángulo donde no hay cámaras y allí nos ponemos”, argumenta otro de los participantes en el improvisado botellón.

Un exhaustivo recorrido por las plantas de los parkings situados en los alrededores de las discotecas saca a la luz la cantidad de adeptos a la nueva modalidad. En pequeños grupos de no más de diez personas, los jóvenes sacan sus botellas, y comienzan a beber. La discrección es la tónica dominante. De hecho ni siquiera se escucha música procedente de los vehículos que permanecen aparcados sólo con el maletero abierto mientras los jóvenes charlan.

“El alcalde de la ciudad nos ha hecho un pedazo de botellódromo pero sin techo, así que hemos visto que aquí no hace viento, ni frío y no nos lo hemos pensado dos veces”, relatan en otro de los grupos dispersos por el recinto.

A lo lejos otro grupo, esta vez de chicas opina sobre la situación. “Ya que pagamos seis euros en el parking por dejar el coche y otro tanto por entrar a la discoteca, tendremos que amortizar el dinero, y aquí tenemos un techo para poder beber tranquilos”, manifiesta la joven.

El ambiente que se genera en los aparcamientos es tal, que hasta se forman colas para entrar en los servicios del parking. Apoyados en la pared, varios jóvenes esperan, copa en mano, a que llegue su turno. Parece que estuvieran en cualquier bar de copas.

Una hora después de la entrada al parking, el centro de control del aparcamiento, en el que debería encontrarse el guardia de seguridad, sigue vacío. Eso sí, hay al menos una decena de cámaras que vigilan mudas que todo transcurra con normalidad dentro del recinto.

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