Basura envuelta en celofán de falso cine de autor

Thriller, Francia/Tailandia/Suecia/EEUU, 2013, 90 min. Dirección y guión: Nicolas Winding Refn. Fotografía: Larry Smith. Música: Cliff Martinez. Intérpretes: Ryan Gosling, Luke Evans, Kristin Scott Thomas, Gordon Brown, Tom Burke, Vithaya Pansringarm, Byron Gibson, Sahajak Boonthanakit. Cines: Kinépolis.

El director de la apreciable Drive y de la basura Valhalla Rising se decanta aquí por lo segundo. Tomándose a sí mismo demasiado en serio, confiado en su artificial estilismo de la crueldad y la violencia, hasta el punto de fabricar un sangriento merengue que harta pero no alimenta, atiborra los ojos de imágenes que se pretenden tremendas pero deja vacío el cerebro, creando un disparate que los tontos convertirán en película de culto y los sádicos con coartada estético-cinéfila celebrarán como un ejercicio de audacia fílmica que viaja al lado más oscuro de la naturaleza humana.

Pero nada de ello hay en este sanguinolento y gratuitamente salvaje ejercicio de imágenes tan brillantes como huecas. Un club de boxeo tailandés en Bangkok. Una red de tráfico de drogas. El brutal asesinato de una prostituta. El asesinato del asesino. Y una madre que exige venganza. Mucho colorín, como si se mezclaran los pastelitos multicolores de Wong Kar Wai, los efectos de cámara de Tarantino y el colorido abigarramiento del peor David Lynch. Un preciosismo fotográfico que denuncia la inmoralidad (más bien amoralidad) del uso gratuito, autocomplaciente y sádico de la violencia como espectáculo. Un efectismo de cámara que reproduce lo anterior, sumando ambos -preciosismo y efectismo- una grotesca voluntad autorial. Una exageradamente contenida dirección de actores -sobre todo en el caso de Ryan Gosling, pero también en el resto del reparto- que pretende dar un aire distante, frío y ritual a las disparatadas acciones y lo único que logra es incurrir en el ridículo.

Presentar la pederastia, la violación, la tortura, el asesinato en sus más bestiales versiones o las amputaciones unidas por el montaje a orgasmos, destripamientos con niños discapacitados como testigos, ojos atravesados como pinchitos morunos o cuchillos introducidos por la oreja es una estupidez de sadismo barato de gran superficie (por mucho celofán estilístico y coloreado con que se le envuelva). Un festival, vaya. Al que se suman escenas, como la de la canción en el club nocturno, que resultan en su pretenciosa voluntad de gélida estilización más grotescas que la modernidad made in Spain del ballet de Antonio y Marisol en La nueva Cenicienta. El superficial concepto de modernidad las hermana.

Las heladas decoraciones ultra-posmodernas o hipermodernas abundantes en neones y espacios sin alma dan un toque pedante. Kistin Scott Thomas como furia materna vengadora -ella es la matriarca de la familia dedicada al tráfico de drogas- parece una caricatura de un personaje killbill-tarantiniano. La gran figura enigmática, el policía tailandés de la catana, también parece robotizado y vacío de expresión, porque este director debe de pensar que mirar a la cámara con cara de palo y moverse como si le fallaran las pilas a un muñeco es el no va más de la distancia y la frialdad. Jean Pierre Melville, vaya. La nueva versión de Caín y Abel -el odio y la envidia entre hermanos- fundamentada en el tamaño desmesurado del pene de uno de ellos remata esta basura agravada por su pretensión de ser cine de autor.

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