Cuestión de ternura

Hablen si quieren de familias desestructuradas, hagan análisis sociológicos, pero al final es tan sólo una cuestión de cariño. Es lo que piden a gritos los dos pequeños protagonistas de esta película llena de vida: una madre desaparecida, un padre que se aísla del mundo y de sus hijos para refugiarse en su trabajo de constructor de maniquíes, barreras idiomáticas entre comunidades, y en medio los niños, que vagabundean, se meten en líos o adoptan un perrillo cochambroso pero que en medio del vacío que les rodea construyen a base de intuición un oasis de racionalidad y responsabilidad, cuidan de sí mismos y de su padre y sólo piden a cambio un poco de cariño, el mismo que le falta al progenitor aunque tarde en darse cuenta.

Flower in the pocket es una de esas películas que, con todas sus imperfecciones, con su amateurismo y su acabado de baja definición, te conquista a la primera. Las diferencias culturales -estamos con una familia de la comunidad china en una Malasia islamizada y los niños tienen serios problemas en el colegio para entender a su maestra- no son ningún obstáculo para que reconozcamos un hogar que se descompone progresivamente pero cuya salvación está en la mano de quienes lo integran.

En esta familia conviven dos universos aislados, que no comparten horarios, que apenas se ven y ni siquiera se entienden: los niños preparan al padre cada día una comida que no le gusta y que acaba en la basura, al padre le sucede lo mismo. Intervienen otros personajes, las maestras, el compañero de trabajo, la amiga, la familia de ésta, pero parecen por completo ajenos a ese barco a la deriva que es la familia protagonista. Los pequeños -arrebatadores estos dos gigantescos actores- son transparentes, nos lo dejan todo bien claro. Lo que siente el padre lo conocemos a través de símbolos obvios pero poderosos: el maniquí en la furgoneta como representación fantasmal de la madre y muro entre padre e hijos, el corazón del que literalmente sale agua -¿llanto?- y el padre a punto de morir atragantado al tragarse la foto de su boda. Son momentos tragicómicos que nos hablan del patetismo y también de la ternura que habita en los personajes y que aguarda la llegada de un pequeño acontecimiento que vuelva a unir a las partes, que les demuestre cuánto se necesitan mutuamente.

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