E

de Educación

  • De Gustave Flaubert cabría decir lo que Chesterton dijera de Stevenson: que en su obra devolvió al mundo lo que de él había recogido l Con su 'Educación sentimental' aprenderemos del amor

Personalmente prefiero la literatura como sospecha a la literatura como certeza y los autores interrogativos a los afirmativos. En el literato que me hace partícipe de sus dudas sorprendo un alma gemela. Al que prefiere responder a preguntarse, por contra, veo a un guía cuyas credenciales estoy obligado a dar por sobreentendidas, y nada garantiza que sepa llevarme adonde voy. No me malinterpreten, no estoy negando la función educativa de la literatura; lo que sostengo es que no todos cuantos ocupan la cátedra pueden llamarse maestros. Pero haberlos haylos, ¡y de qué talla! Recuerdo el hermoso requiebro de G. K. Chesterton a Robert Louis Stevenson: "Se pasó la vida enseñándole al mundo lo que de él había aprendido". Estoy, por supuesto, de acuerdo. Recuerdo asimismo que Franz Kafka dijo de La educación sentimental (1869) que había sido "un libro que, durante años, me ha interesado mucho, como apenas lo han logrado dos o tres seres humanos". Nada que objetar. Y es que de Gustave Flaubert cabría decir lo que Chesterton dijera de Stevenson: que en su obra, y en especial en esta novela, devolvió al mundo lo que de él había recogido.

La educación sentimental es una historia de amor tejida con mimbres autobiográficos. En el protagonista, Frédéric Moreau, debemos ver un trasunto del propio escritor y en Madame Arnaux uno de Elisa Foucault, de quien se enamoró perdidamente cuando él contaba quince años y ella, veintiocho: Flaubert le confesaría su amor sólo al enviudar la mujer, ¡treinta y cinco años después! Frédéric es un estudiante de vuelta a casa por vacaciones que, en una travesía en barco, descubre a Madame Arnaux. El chico decide enamorarse, y lo hace sin contemplaciones. Aquejado de demasiada juventud y demasiado romanticismo, un amor tal: por una mujer casada, si no imposible, sí arduo, lo hace sentirse heroico. El dibujo de quien quizás fue Flaubert en su juventud es sumamente crítico. En su discurrir hacia la madurez, Frédéric sólo tiene oídos para sí; ésta es una de las lecciones magistrales de Flaubert: advertirnos de los riesgos de esa sordera que nos hace insensibles al ruido de la realidad. Pendiente del péndulo del amor, que va, que viene, que va, que viene, amante de ofuscaciones baldías y proclive al ensimismamiento, Frédéric atraviesa el campo de batalla de la Revolución de 1848 sin percatarse de la trascendencia de unos hechos que están transformando la sociedad francesa.

¿En qué consiste el magisterio de Gustave Flaubert? En agarrarse a esas pocas verdades minúsculas que jamás están de sobra en ningún equipaje y en ilustrar su infalibilidad a través de la ficción. Su personaje, Frédéric Moreau aprenderá del amor (y nosotros con él) a preguntar y a preguntarse, a mirarse dentro, no al ombligo, y a mirar fuera, a la calle, al mundo, y disipar las miasmas del ensueño e intentar discernir qué es aceptablemente cierto, qué definitivamente estéril y embustero. La educación sentimental, un felicísimo ejemplo de Bildungsroman (léase: "novela de aprendizaje"), es la demostración de que, de poner el suficiente empeño, en una novela cabría un aceptable escorzo de vida, con toda su complejidad. Cuando esto se consigue, la lección es preciosa.

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